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| Sin la frente marchita. Hace unos días este periódico publicó un artículo del escritor Benigno Neto titulado Volver o no volver (Lunes, 24 de enero) que adivinó la sensibilidad de muchas personas. Nieto refiere que hacia 1990 celebró en el exilio la caída del comunismo en Europa del Este, donde la gente apostaba a una casi segura caída de Castro. En ese tiempo yo estaba en Cuba y compartí en la distancia el mismo júbilo que describe el escritor cuando nos enteramos (jamás vimos) de la caída del muro de Berlín, mas nunca nos pareció que ese eventos implicara la caída de Castro. Explico mi vivencia. Ni los artistas, ni los deportistas, militares o intelectuales cubanos vieron en el derrumbe del este comunista la oportunidad para que se cayera Castro. Yo diría que todo lo contrario. En Cuba se confiaba en que la Perestroika daría precisamente la oportunidad de reformar el socialismo cubano. Es decir, se apostaba aún por la posibilidad de un déspota ilustrado que supiera escuchar los reclamos de una nueva clase revolucionaria que refrescara la base social del castrismo. En política fue Roberto Robaina el más visible ejemplo de ese afán renovador, pero hubo símbolos de lo mismo entre las artes plásticas, los profesores, diplomáticos y demás estratos del país. Curiosamente no fueron ellos sino el propio Fidel Castro quien se percató de que el socialismo real era, por definición, irreformable, y que un cambio en la parte llevaría a la perdición del todo. Lo cree aún. Por esta razón, aunque muestran bondad en lo moral, son fútiles las propuestas de un diálogo a Fidel Castro para que conduzca la isla hacia una salida democrática. Fidel Castro sabe muy bien lo que hay que hacer para elevar el nivel de vida en la isla, para dar más felicidad y libertad a los cubanos. No se trata de un error: el subdesarrollo es necesario en la fórmula castrista de ejercer la dominación, el atraso económico es autoimpuesto. Como dice un eminente empresario y pensador político del exilio, el castrismo prefiere un mínimo de libertad en la pobreza a un máximo de libertad en la prosperidad. Ya una vez en el exilio, muchos de aquellos reformistas del socialismo cubano aseguraron que ellos no eran tontos y que de entrada sabían que las reformas que pedían a Castro llevaban a la desaparición del mismo. Lo importante es que Castro no lo permitió y que, a diferencia de lo que pensaba mucha gente, en ese período de caída del comunismo en el este europeo, jamás fue tema básico de discusión en la isla el poder de Fidel Castro. Le confieso al amigo y maestro Benigno Nieto que yo mismo no me recuerdo participando en algún plan de derrocamiento a Fidel Castro. Creía, junto a otros profesores, que en nuestra Facultad de Filosofía e Historia la mediocridad había triunfado y que teníamos nosotros capacidad para hacer mejor las cosas. Y para ello ni siquiera aspiraba a que me escuchara San Fidel, sino un santo menor, San Juan Vela, que era y es el Rector de la Universidad de La Habana.Ganó en fin de cuentas la mediocridad, porque también la libertad es mala para el castrismo. Entonces volver, volver amigo Benigno Nieto, pero sin la frente marchita y el futuro anclado. |