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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Silvio Rodríguez: la cacofonía de la moral.

“mira que yo lloro” (SR).

“De nosotros, los poetas, el único que canta”, se atrevió a decir Mario Benedetti de Silvio
Rodríguez en una urgente antología de la poesía latinoamericana. Su juicio provocó una
reacción inesperada: “¿y quién le dijo a Benedetti que él era poeta?”. Se puso en entredicho la
condición poética del repartidor de prestigio, la de su “invitado”, el Silvio trovador, sin embargo,
no.

No es el gran público sino los profesionales del verso quienes se resisten a aceptar que Silvio
es un poeta de primera línea. Cierto que ya se le archiva en originales y no solo en copias, y
que ha entrado en los mercados grandes de la palabra; pero el problema ahora es distinto, no
de cantidad sino de selectividad, de altura: una estética democrática lo acepta, la aristocracia
poética lo rechaza. Y no lo asume por las grandes concesiones que Silvio ha hecho a un
consumidor que él mismo ha vulgarizado (“en mi sábana blanca vertieron hollín”), por ceder a
un capitalismo que formalmente ha criticado o por plegarse al poder.

El profesor Alexis Jardines solía citar una frase que atribuía a Hegel: “Lo que fue revolucionario,
se vuelve conservador”: es lo que ha pasado con Silvio: él es ahora un representante de la
corriente dominante, comparte y disfruta el poder; por estatus socioecómico (el rasero es de
Marx) pertenece a un estrato de “lo burgués” y extrae plusvalía a los proletarios del arte en
calidad de empresarios. ¿Que “ayuda” a gentes? Es cierto, como cualquier filántropo burgués
que, de paso, solventa problemas impositivos y se gana favores de las instituciones.

Silvio fue un abogado de la rebeldía, ahora es su juez, o su notario. No ha renunciado a ella,
sin embargo, pues la “rebeldía” es un capital muy importante en el comercio de su imagen.

El mercado, pero ante todo su propio “ego”, quiere un Silvio contestatario, revolucionario, y se
fabrica ese icono con frialdad. Se inventa un falso héroe desinteresado, “ligero de equipaje” (lo
que no aprendió en Vallejo sino en Nino Bravo); se renta un supuesto desafío al poder
transnacional pasando por alto el servilismo a la política local. No existe ningún mérito en
criticar un poder que no nos puede perjudicar, y eso aplica incluso para los creadores cubanos
del exilio con inclinaciones “izquierdistas”. Silvio critica al imperialismo porque “imperialismo”,
como “norteamericanos”, es una entidad inasible, diría que inexistente.

No enfrenta al poder real, a ese autoritarismo “microfísico” que sí puede castigarlo. En el exilio,
con lógica análoga, se critica a Bush, al capitalismo desenfrenado, pero se obedece
complacientemente al director del periódico, al jefe de departamento o al editor del libro.

La rebeldía es una etiqueta muy difícil de ganar; para obtenerla es necesario algo más que la
necesidad de alquilar una pose.

Como parte del regimiento de los protagonistas de la propaganda oficial castrista Silvio, el
gran Silvio de los álbumes Mujeres y Días y flores, empieza a compartir el kitsch castrista, el
revolucionarismo meloso, ese paternalismo que es una versión senequista del autoritarismo
católico .

Los “santos inocentes” de Miguel Delibes fueron sustituidos en Cuba por los “santos pícaros”,
esos que combinan adecuadamente una prédica sacrificial y una práctica de máximo rigor
hedonista. Silvio, a quien el poder y la ambición, la soberbia y el egocentrismo han llegado a
enmudecer, se da el lujo de mover el más ridículo apostolado en el marco de una “política de
la flor”. Esa cursilería, que traiciona incluso aquel voto otorgado una vez por Mario Benedetti,
nuestro “bardo alemán”, puede constatarse en una entrevista de 100 ítems que se encuentra
en las corrientes ediciones de La Jiribilla (ver, por ejemplo, la edición No. 149).

Al parecer todos concuerdan en las palabras; es decir, la demagogia es la misma. Fidel
Castro y George Bush, Saramago y Coeetze, Silvio Rodríguez y Alejandro Sanz, manipulan los
mismos tópicos: edulcoración de la humildad, piedad ambiental, defensa de la libertad, guerra
en nombre de la paz, autoritarismo como paso inevitable en la consecución de la democracia,
etc. Salirse de ese discurso es una temeridad política, una falta grave en la diplomacia del
saber. Esta regla es muy clara, por ejemplo, en los ardides de nuestro “canciller de la
cubanología”, cuya biografía preparo en silencio.

Ante la usurpación política del discurso de la bondad, los buenos han quedado mudos. En la
única amistad que se debe confiar hoy es en la silente; y pido disculpas desde ya porque esta
sola insinuación le pone un poco de sonido al silencio.

Es realmente doloroso comprobar que hasta personas tan severas como Silvio Rodríguez, un
artista que es capaz de ofender a sus propios admiradores (¿cierto “mariposas”?, ¿verdad
Consuelito?, ¿verdad Amaury?), puede manipular una fraseología que antes hasta los cínicos
más descarados respetaban como patrimonio de la gente noble.

Casi rozando la corazonada, le responde Silvio a una admiradora en la citada entrevista: “qué
bueno que tú también sientes que un mundo mejor es posible”.

Es realmente desconcertante la manera en que el trovador comprende el amor materno. Es
“inconcebible”, como él mismo dice, que compare a su madre con Fidel, quien a partir de
ahora no es solo el padre, sino el andrógino:  “… yo pensaba que prefería lo inconcebible,
antes de enfrentarme a la realidad de que mi madre me faltara. Fidel pudiera inspirar algo
parecido.”

Pero el archivo continúa con la conversión del dogma político en destino: “… prefiero correr la
suerte de la Revolución que apostó por los desposeídos”. Y más adelante el kitsch ecologista,
“verde” que te vendo “verde”, verde dólar, verde olivo: “Muchos besos para ti, …, y para ese
animalito que anda contigo. Cuídalo bien para que no te pase como a mí”.

Y a la manera del famoso policía que aseguraba querer a los niños: “… me siento tu amigo. Y
más: soy tu deudor, porque gracias a ti, a otros como tú, mi existencia cobró un sentido mejor
del que pensaba”.

Lo que más me duele de las palabras de Silvio Rodríguez es el bochorno que me causan;  a la
vez, el despojo que siento al verme casi imposibilitado de usar ya, por pudor, algunas
oraciones que aprendí en un seminario con los santos de Ávila.

Habla en nombre de la tolerancia el exterminador de sueños: “Lo que más me gusta es el
ejercicio de la libertad y la tolerancia…”, el gran odiador recurre a la historia y retoza con lo
sagrado: “Lo mejor será, creo yo, cumplir el sueño de Bolívar y Martí…”


Quien tanto dice amar se olvida de querer a sus compatriotas: ¿cómo puede odiar a otros
cubanos solamente porque creen que Castro es un cretino?, ¿no sabe Silvio que el desafío al
poder, al poder real, ese poder que puede partirte el alma, es un gesto poético practicado por
los más elevados rebeldes del mundo, empezando por Prometeo, Eva y Adán?. Su odio, ese
desprecio real que esconde su discurso, se alcanza a ver tras la grandilocuencia de frases
como esta: “… todas las etnias que forman una nación tienen que quererse”. Pero Silvio,
quererse sin trampas, con sinceridad, sin cambiar las reglas de juego.

Un gran pintor cubano me contaba que le había dado vergüenza escuchar, mientras
atravesaba la llanura castellana en un ómnibus de “Auto Res”, esta rara indagación: “?quién
se comió la africana?”.

La manipulada cursilería de esa vieja generación de artistas “revolucionarios” está más cerca
de las pensadas campañas publicitarias de la Coca-Cola que de la espontaneidad redentora
de un discurso de Rosa Luxemburgo o Gustavo Aldereguía. Esa inautenticidad me autoriza a
parafrasear a Brecht: “Más dañino que un mentiroso, es un mentiroso con razón”.
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Abril 2004