
| |
|
|||
| |
|
|||
| |
|
|||
| |
|
|||
| |
|
|||
| |
|
|||
| |
|
|||
| |
|
|||
| |
|
|||
| |
|
|||
| |
|
| Los "amigos" de "Cuba". La ideología alemana de mediados del siglo XIX solía cotejarse con el espíritu de Francia, esa misma Francia que humillaron militarmente en 1871 y en cuanta escaramuza emprendieron en el siglo XX. Escritores como Bruno Bauer, Arnold Ruge, Ludwig Feuerbach y Carlos Marx sentían que eran contemporáneos intelectuales de los franceses, pero no históricos; según creِían, Alemania vivía en aquel momento el pasado de las demás naciones de Europa. Si descontamos la obvias distancias, puede decirse algo parecido de la Cuba de hoy: el presente de Cuba es el pasado de otros países; en ese presente, algunos ciudadanos adultos de Europa, Asia y toda América pueden volver a vivir los entornos civiles, la arquitectura y hasta la psicología de su juventud. No digo "juventud perdida" a propósito, porque La Habana permite precisamente eso, una recuperación de dicha edad. En ella los sesentistas nostálgicos pueden encontrar gente afímera y crédula; cerdos y gallinas caminando por los restaurantes; aventureros de la cotidianidad, mambos, radionovelas, cadillacs, chevrolets y dodges de los años `40 circulando por la ciudad con fines muy prácticos, sin intención museable. Ese desfase histórico explica una buena parte del éxito de los "viejitos" de Buena Vista Social Club, y de paso el de Fidel Castro, una suerte de Compay Segundo de la política. Los "amigos" de "Cuba" son románticos en el sentido estético del término: gente maravillada con el pasado, gozadores de una medievalidad caribeña que tiene en Castro una suerte de señor feudal de verdeolivo, un falso cruzado contra la globalización. De ese romanticismo emerge también el kitsch revolucionario, esa cháchara melosa acerca de la justicia, la igualdad, la humildad, la solidaridad. No hay más que conocer a los sevidores nacionales de Castro para comprobar su ordinariedad y carencia de escrúpulos. Fidel Castro en persona es un tipo indecente, para no hablar ya de los móviles de su revolución. La escritora norteamericana Alice Walker ha hecho votos por esa "amistad" en un discurso pronunciado en La Habana y que publicó el número 145 de La jiribilla con el título de "Un homenaje a los amantes revolucionarios". Ciertamente, el "amor" ha sido también objeto de la propaganda política del castrismo. La versión más ortodoxa del credo castrobolchevista excluía la posibilidad de que un revolucionario verdadero, un comunista de verdad, se pudiera enamorar de una persona que no lo fuera. En los límites del problema se llegó a aceptar que un acercamiento de ese tipo podía existir ocasionalmente, solo a nivel de "atracción", siempre que al final venciera la pasión revolucionaria. Alternativas más suaves a la ortodoxia afectiva de la revolución pueden apreciarse en algunas obras de arte; por ejemplo, en el filme soviético El 41, o en la novela de Manuel Cofiño La última mujer y el próximo combate. Si algo ha de agradecerse a la novela La consagración de la primavera es haber abierto, por la autoridad que gozaba Alejo Carpentier como escritor cortesano, un diálogo de interpretación pública sobre el eje amor-ideología. En la Universidad de La Habana fue el profesor Jorge de la Fuente a quien primero le escuché una exégesis libertaria de esa relación. En varios momentos el discurso de Alice Walker en La Habana alcanzó las cumbres de lo cursi y rebosó ingenuidad. El uso de la primera persona del plural, tan frecuente entre camaradas, llegó a ser patético. Walker aseguró que en Estados Unidos ("mi país") fue víctima de severas críticas y de un hostigamiento tal que "me llevaron a sentir que verdaderamente corría peligro". La escritora, de cualquier modo, tiene un país, muy buen país por cierto, capaz de acoger en su seno a distintas culturas, incluso muchos franceses e italianos, para no hablar ya de españoles, darían cualquier cosa por una "green card" de residencia permanente. Por demás, el hostigamiento es algo que un escritor puede llegar a disfrutar mucho, y un ciudadano denunciar y recibir protección o dinero si demuestra el hecho. Junto a Walker estaban precisamente los elementos hostigadores de la política cubana, los ostentadores del poder. Una estadística visual y auditiva le podría hablar de una Cuba que padece lo mismo que sus personajes, y si pregunta por personas ilustres como Walterio Carbonell u Oscar Elías Biscet, se enteraría que son personas de raza negra castigadas severamente por la propia revolución de sus sueños: uno condenado a la locura, el otro, a la cárcel. Los lectores de su libro Meridiana están en las cárceles cubanas y no en la Feria de La Habana, ni en sus hoteles, ni en sus cabarets. Walker escribió esa obra en Mississipi, cuando decidió casarse con un hombre blanco; acción que entonces prohibían las leyes de ese estado. El libro es apropiado para Cuba pues la isla sigue siendo una peculiar plantación, un maltratado jardín donde se cultiva la caña antes que el algodón. Es verdad, yo he surcado el Mississipi y atravesado la Lousiana en todas direcciones y también me produce un gran recuerdo de Cuba. Twain, Faulkner y Kennedy Tule hablan de alguna manera en cubano. "Amistad", "amor" y "Cuba" son palabras que siempre deben ponerse entre comillas cuando se refiere el país diseñado por Fidel Castro. Cuando haya entierro en La Habana me gustaría tirar una rosa amarilla sobre el féretro, aunque tenga que soportar el fango a la altura de los sudorosos caminos de Yoknapatawpha. (En próximo artículo consideraré el artículo de Luis García Montero titulado "La izquierda nunca lo ha tenido fácil", publicado en el No. 147 de La jiribilla). . |