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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Fernando Rojas: la ideología como destino.


                 "... poseía un daimón muy irritado para ser un ciudadano del   mundo."
                                   (J. Lezama Lima).

Escritor, editor y tribuno, inscrito en el linaje de esos que llamamos "picos de oro" (ejemplares
extraordinarios fuera de una democracia de inspiración senequista), conocedor y actor de la
política cultural cubana a niveles prácticos, Fernando Rojas es también un ideólogo de la
revolución.

Esa condición es bastante movible en el espectro de la política cubana, donde podemos
reconocer esperpentos ideológicos tales como un "guevarismo de oposición" o un
"mussolinismo de izquierda" al amparo de bibliografía gramsciana. Es precisamente en ese
rol, en el de ideólogo, que Rojas publica un homenaje a Lenin en el No. 142 de la revista
electrónica La Jiribilla, titulado "Herejía y agonía de un genio". Intento algunos comentarios
sobre ese trabajo.

Reconozco que es un gesto de lealtad intentar hoy un homenaje a Lenin (Rojas lo evoca el 21
de enero, día de su muerte), pues entre camaradas existe la mala costumbre de obviar todo
aquello que resulta incómodo o pasado de moda. Lo hicieron con Federico Engels, a quien
negaron para limpiar al marxismo de ciertas ingenuidades intelectuales contenidas en libros
como Antiduhring o esa recopilación de materialismo ingenuo aparecida en los predios
marxistas regionales con el título de Dialéctica de la naturaleza.

Es cierto, como afirma Rojas, que Lenin fue un genio; pero en el campo de la actividad política.
Ni fue un gran filósofo, ni estaba pletórico de amor por la nación rusa. Hay, es cierto,
intuiciones metafísicas muy originales en los llamados Cuadernos filosóficos (1914), pero eso
no basta para equipararlo a las cumbres de la filosofía Occidental como se ha pretendido.

A Lenin se le escapó la revolución rusa de 1905, pero conspiró con genialidad para apropiarse
la de 1917. Cuando esta se incubó, en el contexto de la I Guerra Mundial, Lenin ni siquiera
estaba en Rusia, y eso sin dudas es genial en política: máximo resultado con esfuerzo
mínimo. Lo sabe Rojas que estudió en la escuela del Konsomol leninista.

No estoy de acuerdo, sin embargo, en que fuera un "hereje". A los revolucionarios les gusta
esa condición, el sentirse parte de una minoría justiciera que como Guillermo Tell, Robin Hood
o el Zorro, es capaz de ponerse del lado de los oprimidos. Lenin no fue un hereje porque
sencillamente formaba parte de la clase política dominante, para no decir ya opresora; por
supuesto, tampoco lo fueron Trotsky o Stalin. Herejes en esa revolución fueron Lunacharsky,
Maiakovsky o Bujarin, o el viejo Plejanov, desconsiderado por una gran parte de la
socialdemocracia rusa.

Tampoco son herejes, en el contexto de la Cuba contemporánea, ideólogos de la clase
dominante como el propio Rojas, o Enrique Ubieta o Rubén Zardoya. Es algo muy fácil de
examinar con solo repasar la posición burocrática que ocupan. Y creo que todos ellos lo
saben, por eso suplen el vacío carismático que para un revolucionario implica el formar parte
del poder (?lo hubiera resistido el Ché Guevara), con la ficción centrífuga de que forman parte
de una supuesta fuerza opositora a la globalización dominante. Siento decir lo siguiente: el
castrismo (incluyendo los escritos leninistas de Rojas) es perfectamente funcional en el
esquema general del capitalismo mundial. De alguna manera, es ese mismo capitalismo
quien hace posible esa disidencia.

Lo que sí puede ser reconocido a Lenin en este campo es que, si bien planificó una política
cultural represiva, resolvió en persona muchos casos de represión intelectual que rebasaban
en jurisdicción la propia ley o decreto firmado. Gente célebre como Eisenstein o Kandinsky se
beneficiaría de este dualismo que, por demás, trae aparejado una gran ventaja política para el
líder, que afirma:  "Los malos son mengano y fulano, el partido y yo somos inocentes."

De igual manera, en la solución de algunos problemas de política cultural en Cuba, el Ministro
de Cultura o algún Decano o Director de galería ha quedado como represor de facto, mientras
Fidel Castro y la revolición han posado como grandes inocentes. Procesalmente hablando
será difícil culpar a Fidel de reprimir la cultura; de hecho, casi nadie ha tenido el privilegio de
que el Comandante en persona le censure un trabajo o una conducta.

En cuanto a Lenin, son dudosos algunos de los términos que Rojas utiliza para signar su
personalidad. En verdad, no creo que fuera "humilde", ni que haya sido "exquisita" su
sensibilidad. Lenin se curtió en la vida política rusa, en varios exilios, y eso endurece mucho a
la persona, a veces hasta la envilece.

Rojas quiere darle alguna racionalidad leninista a la actual situación en Cuba y lee en
términos rusos la historia cubana. Aclaro que se trata de un ejercicio lógico de comparación,
no tiene, en su caso, implicaciones políticas. Todo lo contrario, Rojas pertenece a ese grupo
que ha hecho del nacionalismo una moral, y no solo ejerce formalmente la cubanía, sino que
hasta la monopoliza y sanciona en su nombre. Eso lo acerca más al exilio tradicional cubano
de Miami que lo que él mismo supone; pero bueno, Miami es una parte gustosa de la
cubanidad que a Rojas le está prohibido disfrutar, al menos por ahora.

Rojas pretende justificar el terror de la revolución bolchevique y la cólera de la personalidad de
Lenin en el afamado "acoso" por parte de las potencias extranjeras de Europa; de paso, ofrece
una coartada para legitimar la violencia de la revolución verdeolivo y el iracundo
comportamiento de Fidel Castro. Los excesos de Castro se desconocen en la isla, y se
ignorarán por un buen tiempo, ya que Rojas defiende en última instancia una Perestroika sin
Glásnost.

Los llamados "excesos inevitables" del castrismo se parecen mucho a lo que en otros lugares
se denomina "daños colaterales", pero la llamada izquierda es alérgica a la comprobación de
esa parentela.

Hay por demás algunos errores en el panegírico de Rojas. Si se revisa la obra El desarrollo
del capitalismo en Rusia, del propio Lenin, se comprenderá que Rusia no era una país feudal
sino en plena expansión capitalista. Los bolcheviques frenaron, repitieron y atrasaron muchos
elementos capitalistas que la sociedad zarista de fines del XIX e inicios del XX venía
implementando. En ese sentido, si seguimos los argumentos ofrecidos por Albert Hirschman
en su libro Retóricas de la intransigencia, tenemos que esa revolución no solo fue perversa,
sino en lo que respecta al despotismo político también fútil, lo que se aproxima a algunas de
las tesis presentadas por Tockeville en su libro El antiguo régimen y la revolución.

Es falso además que la forma conspirativa de conducir una revolución la haya inventado Stalin.
Marx y Engels no adoctrinaron en una universidad alemana sino en la afamada Liga de los
Comunistas, que había heredado algunas cuestionables maneras de la Liga de los Justos.
Fue conspirando que Lenin se apoderó de la revolución, y fue de esa misma manera que Fidel
Castro, y ahora también Hugo Chávez, atiza el odio y la envidia nacional que viabiliza el
ejercicio del poder.

Es posible ser marxista y ser nacionalista a la vez, como lo es Rojas, pero es un error decir
que fue nacionalista el pensamiento de Carlos Marx. No hay mas que leerse las primeras
páginas de El manifiesto comunista para darse cuenta de que Marx era "inter-nacionalista",
para decirlo en los términos actuales, un partidario de la globalización. Nadie ha dicho nunca
que hay que mantenerse fiel a la letra de una inspiración intelectual, pero hay que tener
valentía y no solapar las inconsecuencias y hasta los propios errores.

Yo no dudo de que se pueda argumentar que el castrismo sea una suerte de nacionalismo,
pero el imperialismo contemporáneo, particularmente el norteamericano, es nacionalista
también. De esa manera, Rojas y los ideólogos castristas no están discrepando, sino
compartiendo un mismo sistema de valores con el imperialismo actual.

Al hablar de la biografía política de los fundadores del marxismo, Rojas olvida una tesis
importante para comprender esas vidas: Marx y Engels (pero sobre todo el primero) fracasaron
en  la política. Eso los diferencia de Lenin o el mismo Castro. Marx era un científico; él sí fue un
genio en el campo del pensamiento social y dejó como obra maestra el tomo primero de Das
kapital, obra que, como sabe el mismo Rojas y el Dr. Rubén Zardoya, Decano de la Facultad
de Filosofía e Historia de la Universidad de la Habana, apenas ha interesado a la ideología
cubana de la revolución. Los ideólogos del castrismo prefieren obras menores del legado
marxista, como el el manipulado capítulo primero de La ideología alemana, y la versión
subjetivista de los mal llamados Cuadernos económicos y filosóficos de 1844.

Lo que hicieron Marx y Engels en política no fue importante. Ya en 1838, mientras estudiaba en
Berlín, el padre le alertaba al primero: "Sueles ser más apasionado que equitativo." De esa
dimensión caracterológica emergió la soledad política de este genio del pensamiento, quien
no fue simpático a muchos líderes políticos e intelectuales de su tiempo. La unidad alemana
no se logró "por debajo", como él aspiraba, sino que la inventó Bismarck "desde arriba". Aduló
a Feuerbach y apenas le brindó atención; le dedicó inicialmente su Das Kapital a Darwin y este
lo rechazó. Se peleó con Proudhon, líder de la clase obrera francesa( los descamisados), y con
su discípulo Paul Lafargue; quien, a pesar de ser yerno de Marx, prefirió seguir al líder francés.
Contestó la obra de Proudhon Filosofía de la miseria con un agresivo texto titulado Miseria de
la filosofía, (1846) una traición a la amistad que les unía por culpa de ese fundamentalismo
cientificista que atormentaba su mente; hizo esta réplica desde Bélgica, cuando ya no
necesitaba al amigo en París, y la escribió en un dudoso francés.

No entendió a Flora Tristán ni al naciente "feminismo" e intentó demolerlo en coautoría con
Engels en su libro La sagrada familia (1844). Cuando la Liga de los Comunistas le encargó la
redacción del Manifiesto Programático que ellos adjetivaron como "comunista", se descuidaron
de su entrega y fueron sancionados por la sede de la Liga en Bruselas. En la I Internacional
Marx se querelló con los grandes anarquistas y Bakunin casi lo estropea por crear divisiones
innecesarias en política pretendiendo un acatamiento intelectual entonces inmerecido. Lo que
se conoce hoy como Crítica al programa de Gotha, que son marginalias al proyecto de
programa de unificación de la socialdemocracia alemana en el año 1875, fue desobedecido
por los líderes de los trabajadores alemanes, donde el marxismo apenas tenía influencia;
ellos se unieron a pesar de todo lo objetado por Marx y el propio Engels a esa unión, y
prefirieron las ideas de Ferdinand Lassalle, ya fallecido al momento de la unificación. Por si
fuera poco Engels extendió la antipatía del marxismo al criticar con insolencia a Eugenio
Duhring, profesor en Berlín casi adorado por sus alumnos y muy respetado por la
socialmemocracia. Correligionarios de juventud como Arnold Ruge, Bruno Bauer y Edgar
Bauer fueron sometidos a críticas formuladas en muy malos términos. Una esposa y un amigo
incondicional fue lo único que quedó en pie en esta personalidad recia para la ciencia pero,
quizás por lo mismo, torpe para la política.

Yo creo que Rojas debe ser más fiel a la historia al momento de vertebrar su aporte ideológico
al proceso político que defiende y que, contra muchas evidencias, insiste en llamar
revolucionario. En política hay muy poco que defender en el castrismo, a no ser que la
racionalidad en este campus se mida por el tiempo de permanencia en el poder.

En el plano teórico el marxismo puede adelantar en el terreno de las investigaciones concretas
como la historia; digan lo que digan, Raúl Cepero Bonilla, Manuel Moreno Fraginals (a quien
ningún académico le molestaría reconocerlo como marxista) y otros forman parte ineludibled
de nuestra tradición intelectual.

En el plano teórico tiene el marxismo ciertamente algunos retos; uno muy importante está en
reconocer el genetismo del que hablan las ciencias contemporáneas, algo altamente
cuestionador para un "historicismo" como el marxista. El reto no está solo en aceptar esa
evidencia científica, sino en sacar, a diferencia del siglo XIX, conclusiones políticas no
discriminatorias o racistas.
Creo que esto debiera interesar también a Rojas, aunque en muchos aspectos la búsqueda
de la verdad se sitúa más allá de la ideología.
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Enero-Febrero, 2004