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| ¿Por la vía de Desmond Tutu?. En la noche del jueves 3 de marzo compareció en el programa “A mano limpia” (que conduce para el canal 41 de Miami el periodista de origen dominicano Oscar Haza) el General José Quevedo Pérez, quien reside en Miami desde el año 2003. El General es autor de un libro titulado La batalla del Jigue (La Habana, Edit. Arte y Literatura, 1976). No se trata, como apunta el Catálogo de la Biblioteca Cervantes de Tánger, de una novela, sino de una suerte de ejercicio testimonial donde el alto militar castrista reconstruye la escaramuza que definiera su vida. En El Jigue, el entonces capitán de Batista prefirió hacer carrera en las filas de Castro. Le fue bastante bien. En la década del 70, cuando Leonid Brezhnev y Fidel Castro hicieron una guerra en África, Quevedo Pérez era el agregado militar cubano en Moscú. El entrevistado hizo revelaciones interesantes; y otras, que no lo fueron tanto, despertaron por lo menos el morbo de los espectadores. Entre todo lo que dijo hay por lo menos tres puntos que constituyen un hito en el comienzo de este complicado proceso de esclarecimiento de la memoria; para usar una frase elusiva. En primer lugar, el General admitió haber presenciado personalmente al menos un fusilamiento. Consideró la acción injusta y muy dolorosa en lo personal, pues el fusilado era un condiscípulo suyo: “mi amigo”, concluyó. Confesó además que, efectivamente, vio una filmación del fusilamiento del General Arnaldo Ochoa; evento que hasta entonces no formaba parte de la historia sino de la mitología nacional. En tercer lugar, Quevedo Pérez señaló al General Abelardo “Furry” Colomé Ibarra, actual Ministro del Interior, por haber dirigido regularmente pelotones de fusilamientos al principio de la revolución. Como se sabe, el proceso de “Reconciliación y verdad” (Truth and Reconciliation Commission) llevado a cabo en Sudáfrica contenía un capítulo legal que contemplaba la confesión de “victimario” como un paso importante para conseguir la amnistía. En este sentido, para los cubanos pudiera ser interesante el fime Red Dust (Tom Hooper, 2004), que muestra cómo se desenvolvía en la práctica esta alternativa. El General José Quevedo Pérez, que ahora emula al General Rafael Del Pino, ha decidido escribir unas memorias y hacer confesiones comprometedoras aún sin leyes que le garanticen que las mismas pueden ser un atenuante en un hipotético proceso de “verdad y reconciliación” entre cubanos. De cualquier modo uno le agradece sus palabras: los streep tease morales son necesarios en esta historia demasiado pudorosa. . |