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La simpatía adversa
Ventana Mágica
El cartel de La Habana.

El amigo Alexander Domínguez, escritor y  musicólogo cubano, ha sugerido que la guerra de
los carteles desatada en La Habana entre la Oficina de Intereses de Estados Unidos y el
gobierno cubano (fatal protagonista de todos los temas), pudiera tener una exégesis
interesante.

No sé lo que tiene en mente, pero su sospecha me sirve para recordar que la primera vez que
supe que las querellas políticas podían tener, además de sus veladas apetencias
económicas, una correlación con las guerras en el imaginario cultural, fue en una charla del
profesor Sergio Guerra Vilaboy acerca del rol de los artesanos en las revoluciones
latinoamericanas.

Por la misma época, a fines de los años `80, la profesora Velia Cecilia Bobes esgrimía una
"definición cultural" de clase social que se había sacado en esa rifa de la heterodoxia marxista
que es El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Para un ambiente como el que reinaba en la
Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, aquello representaba un
"libertinismo" (liberalismo es ya una palabra demasiado ambigua) teórico importante.

Después renació mi interés en este aspecto simbólico de los diferendos ideológicos cuando
el profesor Arcadio Díaz Quiñonez llevó a La Habana el libro de Angel Rama La ciudad letrada.
En esa obra Rama refería el diálogo de carteles que se produjo en los blancos muros que
tenía la Casa de Cortéz en Coyoacán, que terminó con una abrupta y radical censura del
diálogo por parte del jerarca.

En tono menor anoto que encontré un brillante diálogo de carteles en un baño de la Facultad
de Letras, en la época en que hacía trabajo de campo, y algunos otros en aquella meca del
graffitti habanero que fue el monumento a José Miguel Gómez en la calle G de El Vedado.
Refiero además que los artistas Glexis Novoa y Carlos Cárdenas trabajaron con esta manera
pública de crear sentido, gesto que he visto repetido recientemenete en una muestra en Miami
de la artista Tania Bruguera. Por demás, significo que hay agudísimos chistes populares
cubanos que se sirven a mansalva de los clisés de la propaganda ideológica castrista.

Cuentan que cuando la columna invasora llegó al campamento La Matilde de Simoni, en
Camaguey, un día 15 de noviembre de 1895, Enrique Loynaz del Castillo se encontró en la
hoja de una ventana un panegírico al valor del partido militar español. Inspirado por el reto,
dibujó en la hoja de al lado una bandera cubana y las estrofas, supongo que las primeras en
borrador, del  Himno Invasor.

Recuerdo que el escritor Abilio Estévez solía citar ese pasaje como un paradigma de lo que
era el respeto a la opinión del contrario y el derecho positivo de ejercer el criterio propio. Loynaz
del Castillo, en lugar de romper la madera que servía de continente a la escritura del
adversario, optó por el ejerccio limpio de un punto de vista diferente.

Vistas así las cosas, por esta vez  hay que reconocer que el gobierno cubano se ha portado
bastante bien en la "guerra de carteles" con la Oficina de Intereses Norteamericana en La
Habana. Ni aterrizó "casualmente" un papalote (un coronel con gigantes guines vietnamitas)
sobre el arbolito de navidad de los norteamericanos, ni una gaviota de plomo se desvaneció
sobre el transformador o la planta eléctrica de la Oficina de Intereses, ni un "gusano" que
solicitaba visa se internó hasta los predios del nacimiento indignado por una negativa de visa
destrozando todo aquello. Al menos por esta vez se mantuvieron en los estrictos límites de la
batalla de ideas.

Ahora bien, el problema, a primera vista, es que parece haber una gran incomunicación entre
las partes. Los norteamericanos le pusieron en la copita del "pino" el número 75, que
sumados dan doce, el número de apósteles que tendría aquel cuyo nacimiento se representa.
Muy bien. 75 es además el número de cubanos  que el gobierno llevó a la cárcel de forma
escandalosa el año pasado. Cubanos que el propio gobierno cubano enjaula por ejercer sus
ideas o defender un tipo de derecho social que el castrismo considera fuera de regla.

Lo que correspondía a cambio era poner unas vallas con la imagen, o la sumatoria numérica,
de prisioneros norteamericanos presos en los Estados Unidos, o, en todo caso, aprovechar
para poner un cinco, que es el número de los espías condenados por espionaje por la justicia
norteamericana y que el gobierno de Castro califica como héroes. En lugar de esto, las vallas
cubanas muestran fotos de la cárcel iraquí de Abu Ghraib junto al lema de "Fascistas made in
USA".

Sería interesante imaginar qué pondrían los norteamericanos si decidieran ejercer el derecho
a la contrarréplica; y qué devolvería la parte cubana depués.

Interesante diálogo de sordos que no sé hasta cuando se extendería. Imagino que la paciencia
del Hernán Cortez de verdeolivo no duraría mucho.
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Diciembre 2004