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| Con Carlos en la distancia. (Entre Darío Fo y Carlos Victoria: el homenaje como respiro) He conocido mucha gente en Miami. Gente buena y gente “ya tú sabes”. Uno le entra a esto con bastante espontaneidad, un poco “naifmente”, olvidando que los líos de convivencia sobrepasan cualquier solidaridad política. La solidaridad es un nexo exterior y no deben sustentarse en ella ni el amor ni la amistad. Uno es solidario, por ejemplo, con quien tiene parecidas ideas políticas, con quien comparte una geografía, una raza, una nación, cualquier ficción o afición. Pero eso no basta para sostener una simpatía de interior, “de gandinga”. De modo que la “amistad” que se muestra en los espacios públicos entre personas que se califican como castristas, es tan ilusoria como esa camaradería que se piensa encontrar entre no-castristas o anti-castristas. Criticar a Castro en Miami es una experiencia y es, también, algo más que una pasión: es un trabajo; de modo que quien se incorpora a la faena, respecto a quienes venían haciéndola, representa “la competencia” además del correligionario. Nunca he conocido tanta gente como en Miami. Y jamás me he peleado de forma tan rencorosa, sin chance para la reconciliación accidental en una guagua, un cine o una calle. La semana pasada una amiga acabó por desenterrar del archivo linguístico una vieja frase, ya en desuso, con un énfasis que el renacimiento acabará por inmortalizar: “!!!Qué jíña (gíña) le tengo!!!”. Así se ama y se odia en Miami: !Con jíña!. Cada fin de año, en esas mañanas relajadas donde se fragua la fiesta de la noche (es decir, en tiempos como estos), suelo entretenerme pasando direcciones y teléfonos de la agenda vieja a un cuaderno nuevo. !Cuánto dato inútil!, !cuánta información desechada! Acabo transcribiendo un 7% de los nombres que tenía a mano; ilusiones perdidas, pasiones apagadas, e-mails bloqueados… Sin embargo, desde el primer día en que empecé a escribir hay un nombre selecto que brilla por su presencia en todas las mudadas. Un nombre con “consistencia” (“consistency”, palabra de moda gracias a la yunta Bush-Kerry), que no cambia, firme ahí en su convicción: Carlos Victoria. No soy, lo que se dice, “un su amigo”, como rumoraba Juan Ramón Jiménez. No frecuento su vida, ni somos vecinos (nuestros teléfonos, a pesar de compartir el código “305”, exigen marcar el “1” de la distancia para entrar en contacto), ni conozco su tiempo, ni es mi jefe ni mi subordinado; pero hemos sido cómplices ocasionales y conversado sobre Shakespeare y algunos de sus trabajos de amor perdidos. Así que puedo hablar con cierta templanza y compromiso sobre el asunto; del asunto Carlos, quiero decir. Carlos Victoria es un escritor. Pertenece a la llamada “generación Mariel” (no digo “mal llamada” porque es un tópico, lo es incluso decir “llamada” a secas), un grupo muy coherente en su programa literario y político. Entre todos los que lo hacen hoy, Carlos Victoria es a quien prefiero en esa ardua tarea que significa ejercer recuerdo sobre Reinaldo Arenas. Su obra literaria, en calidad y extensión, es de las más sobresalientes en el panorama de las letras hispánicas. Es prolífico, sin dejar de ser profundo. Su trabajo ha sido traducido a varias lenguas. Su escritura es auténtica, no hay trampas ni pasajes biográficos inventados como se han apresurado a certificar algunos de nuestros escritores a quienes el mercado exige, por lo menos, una pizquita de carisma. Carlos es intenso, y así es su obra. Yo supongo que se sitúa en el mismo nivel de dureza que Pedro Juan Gutiérrez; uno muestra la podredumbre del cuerpo, el otro, preferentemente, la descomposición del alma. En una reciente entrevista con el editor y bibliófilo Juan Manuel Salvat, donde le comenté la idea titular de Carlos Barral acerca de que “lo peor no son los autores”, terminó afirmando: “Carlos Victoria es de los mejores”. Casi todo lo que yo he elucubrado en vigilias e inspiraciones no le dura a Carlos Victoria una frase: “Nadie sabe nada”, es una de ellas. Una frase que escrita es una basura pero que dicha, y además mirada y sonreída por él, es como un cataclismo. Todo lo que he escrito cabe en una nota de su novela La travesía secreta. Por si fuera poco, esta novela alcanza a dar una clave muy importante de la vida en el pueblo de Bauta; exégesis que a nosotros, habitantes desesperados por la velocidad, nos pasa por alto. Carlos Victoria es un gran escritor, una buena persona y, para rematar, alcanzó a ser un correcto ciudadano. Sería entonces demasiado aceptar, al menos para mí, ese exceso que sus amigos se han apresurado a divulgar: la leyenda del escritor humilde ajeno a la vanidad literaria. Insatisfechos con la biografía, se han entregado al mito. Ahí discrepo o si quieren envidio: sería humillante tanta virtud, un exceso antropológico de Dios. Es cierto, como se dice, que Carlos Victoria no se regocija con los premios ni es dado a las felicitaciones y homenajes públicos; pero es falso que no los acepte, o que no les gusten, o que jamás se los ofrecieran. De hecho los ha disfrutado con creces: creo que hasta los invoca con su exigente humildad. Estamos entonces en presencia de una cuestión de grados, no de calidades. Se trata… a ver cómo lo digo… de un escritor que comparte con decencia la psicología del gremio. Pero hasta ahi. Carlos Victoria sabe muy bien lo que merece la pena y administra con cuidado sus compromisos públicos. No faltaba más… La historia puede ser una locomotora, un tren, pero no la vida. No estamos aspirando siempre a alcanzar La Habana desde Camaguey con la esperanza bajo el brazo. Como dijo Darío Fo cuando le insinuaron que lo más lógico era rechazar el Premio Nobel: “Son otros tiempos”. La vanidad literaria es biológica, natural: es como respirar. A Carlos Victoria le será ofrecido un homenaje en Cádiz próximamente. Merecido homenaje que, por lo mismo, dicen que ha provocado un jelengue en La Habana. Yo no sé mucho del acontecimiento (protestar, hacer un evento alternativo… lo de siempre: puro resentimiento castrista ante el éxito logrado sin su consentimiento), pero lo cierto es que el gobierno cubano ya tiene dos cosas a su favor: la certeza de que el homenaje estuvo planificado y aceptado, más la posibilidad de armar una tensión alrededor del mismo. Del lado de acá hay también ganancias, independientemente del rumbo que tomen las cosas: ya confirmamos que aceptar premios y compromisos es algo digno hasta de los dioses del gremio, por lo que podemos relajarnos un poco en nuestras miserias; además, un escándalo político en torno al homenaje a Carlos Victoria pudiera dar otra oportunidad para que su obra literaria (y la del exilio) resuene singularmente en la isla. Y de paso aquí en Miami. Conozco dos libros cubanos cuyos títulos se pueden emplear como símbolos de nuestros gestos laudatorios. Uno pertenece a Bachiller y Morales y se titula Galería de hombres útiles, el otro fue escritor por De la Cruz y se titula Cromitos cubanos. El “cromito cubano” es el clásico “ejemplo” (de la familia, del aula, de la patria, etc.), ese hombre que es elogiado por sus virtudes morales y que como descendiente de Adán está siempre en peligro de desinflarse; el “hombre útil” es aquel que ofrece, es quien presta un servicio, quien genera algo. Y punto. Creo en el homenaje a Carlos Victoria porque es un hombre útil, no me interesa si es un “cromito cubano” o no; algunos dicen que sí, que lo es, y de verdad lo felicito. Por estas razones me he apresurado a dudar de la suspicacia de algunos amigos de Carlos Victoria que aseguran que La Habana le prepara un boicot a su homenaje en Cádiz, pretendiendo fabricar una suerte de frente de oposición. Y, por supuesto, me he negado rotundamente a validar la frase con que tratan de cerrar su argumento: “Por su modestia y humildad, si alguien se merece este homenaje es Carlos Victoria”. Dije lo que pienso del moralismo hiperbólico con que nuestra crítica artística, literaria y política parece suplir sus carencia de sensibilidad (no digo ya de estudio e imaginación). Solo resalto su obra y me atrevo a complementar, en el otro sentido, destacando que homenajes van mereciendo ya otros escritores cubanos del exilio como Pío Serrano, Reinaldo García Ramos, Felipe Lázaro, Antonio Vera León, Reinaldo Bragado, Juan Abreu, Benigno Nieto, Vicente Echerri y un largo etcétera. Carlos Victoria también, es lo que he dicho. |