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| Orlando Bosh-Fidel Castro: vidas diagonales. Aunque fue considerada uno de los cuatro elementos fundamentales, los filósofos antiguos se abstuvieron de avalar a la tierra como el principio sustentador del cosmos. En esto el agua, el aire y hasta el mismo fuego le emularon con ventaja. Pero la tierra estuvo siempre en los mejunjes de los magos de Agrigento; en las “cerebraciones” de los sabios. Los geómetras generaron también una antropología a partir de la imaginación terrestre; incluso la agrimensura, esa forma concreta en que existe la geometría, contiene una codificada índole de poyesis. De ahí que desde entonces la vida se haya señalado paramétrica y vectorialmente, según un archivo referencial que más que metafórico trata de ser científico. Se habla, por ejemplo, de personas “cuadradas”, “puntuales”; de conductas “desviadas”; de salir “por la tangente”; de vidas “largas”, “cortas”, “redondas”, “rectas”. Con mucha suerte Plutarco empleó este recurso mezclando título y método en su conocido libro Vidas paralelas. Pero además del “paralelismo”, existen vidas enlazadas diagonalmente; existencias que avanzan en el tiempo con una motivación vecinal hasta encontrarse en un punto. Es esa misma confluencia la que acaba funcionando como un vórtice de discordia. Y es entonces cuando esas vidas, que se precipitaron hacia un lazo descolgándose de sus respectivos ángulos, corren hacia finales contrapuestos que se sustentan en una complicidad remota. Es así, en diagonalidad (diagonalismo), que imagino las vidas de Fidel Castro y Orlando Bosh; un desencuentro biográfico entre personas que comparten, de alguna manera, una misma visión general del mundo. Tanto Orlando Bosh como Fidel Castro pertenecen al grupo de los “doctores” cubanos; no son, según la división simbólica establecida por Carlos Loveira en Generales y doctores, gente que viene directamente del mundo de las armas. Son “desertores profesionales”, es decir, personas que decidieron no ejercer sus carreras por una u otra razón, lo que los introduce a un mundo de rectificación vocacional que implica cierta inestabilidad intelectual. En todo caso, no son lo que se dice “militares de carrera”, por lo que se han formado al margen de la “microética” de las academias de armas. Moralidad gremial que implica también un sistema de prejuicios de contención que a ellos les falta. Bosh es doctor en medicina, con una especialidad en pediatría; Castro es doctor en derecho, o en leyes, como antes se decía. Ambos se graduaron por la Universidad de La Habana y coincidieron en la percepción de la institución docente no solo como un centro educativo, sino como un nicho desde el que era posible acceder a la vida política republicana. Castro pretendió infructuosamente la dirección estudiantil de la Facultad de Derecho (según algunos la verdadera “cuna de la revolución”), Bosh llegó a ganar las elecciones estudiantiles de la Facultad de Medicina. Desde el punto de vista político Bosh empezó con ventaja; cuestión que disfruta con cierto orgullo. Hace poco decía que Fidel Castro había sido un “ganster” notable, pero fuera de la Universidad: “…en la Universidad no”. Tanto Castro como Bosh fueron, y son, críticos de la herencia republicana; específicamente del desenvolvimiento político de Fulgencio Batista. Fueron (y son) enfáticos antibatistianos. Castro dirigió un movimiento armado contra Batista que culminó en una revolución triunfante el 1ro de enero de 1959. Orlando Bosh fue dirigente del Movimiento 26 de Julio, !el propio movimiento de Castro!, en la provincia de Las Villas, con derecho a ejercer como gobernador en el momento del triunfo según las reglas de juego establecidas de antemano. Tanto Castro como Bosh son revolucionarios, y tienen en muy alta estima (en la estima más alta) la lucha armada. De ahí que ambos sean fieles seguidores del ideario independentista cubano, especialmente de la hagiografía militar. Pero más que en la guerra, en la noción de frente desplegado, Castro y Bosh creen desde hace mucho tiempo en el golpe puntual, en la guerrilla, en la escaramuza, en la emboscada y especialmente en la “celada”. Y esto es así porque en el fondo ambos comparten una misma filosofía de la historia (muy distante del marxismo, por cierto): no hay leyes, estructuras ni tendencias históricas objetivas; la “historia” es apenas un grupo de gentes con iniciativa y con poder que dispone de otro grupo de personas a quienes se les da vida o se les mata según el programa trazado. Basados en esa concepción general, han orientado por igual su lucha política en un triple sentido: 1-La diplomacia entendida como cabildeo personal. 2-El periodismo entendido como propaganda. 3-La guerra entendida como operación conspirativa (Castro ha hecho leyenda por el uso de un fusil con mira telescópica, Bosh por el uso de un cañón personal, o de un “bazuka”). Bosh y Castro son personas convencidas de que tienen una misión histórica que llevar a cabo de cualquier manera. Curiosamente la misión es la misma: “salvar a Cuba”; darle un lugar preponderante en la historia mundial (?en la “humanidad moderna”?), llevar la isla por los caminos supremos de la historia. Podrá decirse de ellos cualquier cosa, pero hay que reconocer que han dedicado con mucha consecuencia su vida a lo que creen su destino. Ambos son nacionalistas radicales. Entienden a Cuba como “patria” extrema e inalienable, “independiente”, como una isla rodeada de enemigos por todas partes. Para ambos el principal de esos enemigos es Estados Unidos; pero igual son capaces de gozar los beneficios del imperio, ya sea la solvencia económica, la relación con su mundo político, sus visas o permisos de estancia en su territorio. Ni Castro ni Bosh se deciden a hacer una interpretación del enfrentamiento armado en Bahía de Cochinos, Playa Girón, en términos de “guerra civil” entre cubanos. Ambos consideran que se trató de un evento (“invasión”) preparado por los norteamericanos para derrotar a la revolución socialista o para abortar la insurrección interna que se había conformado en el Escambray. Orlando Bosh está convencido de que el desembarco en Playa Girón fue un error, que se confió demasiado en los norteamericanos que a la larga traicionaron; de hecho, Bosh siempre cabildeó por una opción diferente, donde la sublevación anticastrista nacional, dentro de la isla, fuera el eje principal de la resistencia; punto de vista que lo distanció de algunos dirigentes cubanos del exilio como Varona y Artime. Castro y Bosh han conseguido entonces una lectura muy similar de la historia cubana y latinoamericana; ambos gustan de citar a Martí, a Bolívar, y están convencidos de que los sueños de ambos próceres están aún por realizar. Según creen, sus acciones no hacen más que pujar en ese sentido. La vida les ha condenado a tener vivencias compartidas; vivencias que han afrontado a veces como amigos, a veces como enemigos: la actividad universitaria, la lucha contra Batista, Playa Girón, el Escambray, el crimen de Barbados, la guerra en Angola y, finalmente, la suerte de Luis Posada Carriles. Ambos está obsesionados con Posada Carriles, un “condottieri” más atrevido que ellos dos y que con seguridad les seduce. Uno sueña con fusilarlo, otro con martirizarlo. Pero aquí hay un punto importante: como han dicho algunos amigos de Posada Carriles a la prensa, a diferencia del caso Elián, el exilio parece esta vez demasiado cauteloso, hasta indiferente al asunto. Es que el exilio aprende. Por el momento la jugada le ha salido también mal a Castro: la gente no le ha hecho mucho “swing” a la celada, y el show se está dando de una sola parte. |