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La simpatía adversa
Ventana Mágica
La política cubana y el 10 de marzo.

El profesor Raúl Miranda, lector minucioso de “On Tiranny” de Leo Strauss, acierta al insistir en
que tanto los gobiernos cesaristas como las tiranías entran en una relación de dependencia
respecto a la propia condición política que buscan superar.

La biografía política de Fulgencio Batista contiene ese momento. La de Fidel Castro, también.
El 4 de septiembre de 1933 Batista termina el día encabezando un movimiento militar que
obliga a firmar la renuncia al Presidente Carlos Manuel de Céspedes. La historiografía cubana
ha sido indulgente con este hecho histórico. A pesar de constituir un golpe de estado
técnicamente muy similar al que el propio Batista diera años después, el 10 de marzo de 1952,
ha preferido llamarlo “revolución”. Un vocablo que en la historia de Cuba aplica ya entre las
supersticiones.

Sucede que los eventos del 4 de septiembre cuentan con un pasado enaltecedor. No sólo son
leídos como un golpe militar que elimina definitivamente las rémoras del “machadato”, sino
que incluyen un importante capítulo de “antiplattismo” o “antinjerencismo”, toda vez que el
Presidente Céspedes ha sido considerado (no sé si con toda justicia) un instrumento de los
norteamericanos. Como quiera que sea, y gracias a ese movimiento lidereado por Batista, el
10 de septiembre puede Ramón Grau desconocer la Emienda Platt a través del uso de nuevos
estatutos jurídicos; terminando el día 20 de septiembre por disolver los tres partidos
fundamentales que apoyaron a Machado: Popular, Conservador y Liberal.

El movimiento del 4 de septiembre contenía entonces grandes emblemas de la mística política
cubana: independentismo, antiplattismo, revolución y antimachadismo. El General Fulgencio
Batista siempre se sintió orgulloso de esa fecha; años después, en el exilio, la recordaba de
esta manera: “La del Cuatro de Septiembre es la única revolución que se ha hecho en Cuba
sin intervención extranjera, y la única que ha destituído un gobierno impuesto por la Enmienda
Platt, interpretando la soberana voluntad del pueblo”.

El golpe de estado del 10 de marzo de 1952, sin embargo, ha sido profundamente
cuestionado. La historia le hizo una mala jugada: no le dio un pasado suficientemente malo, ni
un futuro suficientemente bueno. Prío y Castro entran en relación a través de Batista;
curiosamente, todos los argumentos que se puedan manejar en contra de la gestión de Prío
se desvanecen ante el desastre del castrismo. Con Batista pasa otro tanto, pero en sentido
contrario: todos los elogios posibles palidecen cuando se piensa en el motivo fundamental del
castrismo: que su revolución totalitaria está justificada por su golpe de estado; que su tiranía
verdeolivo era la respuesta a la dictadura pentacolor.

Son eventos que deben ser estudiados con serenidad pues el debate político los ha manejado
más como moral que como historia. En cualquier caso una cosa debe ser aclarada: el golpe
de estado del 10 de marzo fue una iniciativa de Batista (que por cierto, no era el único que
conspiraba militarmente contra Prío), de ningún modo un manejo de la diplomacia
norteamericana. Se han desclasificado las comunicaciones de la Embajada al Departamento
de Estado a raíz del suceso, casi minuto a minuto se reportan los hechos desde La Habana al
gobierno norteamericano, y en cada página se percibe la sorpresa. Incluso cuando Burke
Hedges transmite el primer mensaje confidencial de Batista (Mrs.Beaulac llama
telefónicamente al respecto desde su residencia el 13 de marzo a las 10:45 am), la respuesta
norteamaricana es muy clara: “Haremos lo que hacemos en estos casos: esperar”.
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