Víctor Varela: pintar en el tiempo
A los creadores cubanos que deciden vivir en el exilio se les suele advertir lo siguiente: “No harán algo nuevo.
Se van a secar. Apenas les quedará talento para recrear lo que una vez hicieron en Cuba”. Al principio creí
que se trataba solamente de una amenaza, pero después comprendí que no: era un reto. Mantener, fuera del
locus domiciliar, más allá del jardín fecundo, un nivel de inconformidad creativa que conduzca, una y otra vez,
a la obra de arte, requiere una energía descomunal.
Es cierto, algunos han optado por las declaraciones de turno tan bienvenidas en el recién llegado; por reeditar
sus libros, publicar viejos inéditos o incursionar en el género autobiográfico. Pero otros, desesperados y
fecundos, pisotean lo hecho salvándolo en una suerte de resurrección; renacen a la par de su obra y se
incorporan a la exégesis crítica de la nueva realidad.
El dramaturgo Víctor Varela aplica para este segundo grupo de alucinados; es casi un demiurgo que se alza
desde sí mismo sin necesidad de pretender el contraste y la confrontación. No repite, sino que resucita. Sus
pasados trabajos se rectifican ahora desde un nuevo contexto sociocultural y se inscriben en una nueva
estética. Si antes increpaba las tranquilas fronteras del comisariado ideológico, hoy desafía los límites de un
mercado que, desde lo obvio, ha pasado él mismo a redefinirse. Si la calidad del arte de Varela doblegó al
aparato ideológico del partido (“Bueno, esto es también revolucionario”), hoy se apresta a un tenso diálogo con
la empresa (“Bueno, esto también se vende”). Entre el ideologema y la mercancía la única certeza que nos
queda es la obra, la verdadera obra de arte.
Pero además de redefinirse Varela hace crecer una escuela, escribe un libro y dicta conferencias. Para
entender la significación de todo esto es pertinente la lectura del libro El Arbol del Pan (Impresin, Argentina,
2001), una suerte de programa cultural que el autor denomina “Teatro obstáculo”. El libro se divide en dos
partes fundamentales:
1-Un segmento de interés biográfico y teórico donde el autor habla de sí mismo y expone algunas de las
nociones centrales de su quehacer: “…encontrarme,…ver quién era, qué tenía que decir”. (op. cit. p. 49).
2-Una segunda parte dedicada a las técnicas de consumación del propio acto teatral: dominio corporal,
proyección vocal, improvisación, etc. Es una parte muy importante en el proceso de redefinición del trabajo
pues, tal y como alcanzo a ver, puede acceder a zonas de realización ubicadas más allá de lo estrictamente
artístico.
El teatro, como nos cuenta Varela, le adviene como una suerte de consolación: es una forma de representar
que se le dió mejor que la pintura, su primera pretensión dentro del arte. Esa vocación frustrada con el lienzo
y el pincel logra al fín canalizarse en el trabajo dramatúrgico; transferencia que nos revela algunas de las
razones de la sorprendente plasticidad de las puestas de Varela donde cada escena, cada gesto, cada
figuración es un epifenómeno artístico con valor en sí mismo. Su teatro es infinito, crece hacia dentro
semejando un aleph.
Varela debe también mucho a la música, elemento que, junto al color, le resulta esencial. Se formó, tal como
revela, de manera independiente, aunque debe mucho a importantes dramaturgos de nivel internacional con
los que tuvo trato; entre ellos destaco a los cubanos Vicente Revuelta y Bertha Martínez, conocidos por su
profesionalidad y exigencia.
El trabajo de Varela se mueve en un plano casi total, que es lo que el autor considera su “materia prima”:
1-Texto escrito.
2-Actor.
3-Escenario.
4-Espectador.
En el presente libro asoma el “osbtáculo” como categoría dadora de sentido: es algo que el autor seguramente
trabajará en el futuro con mayor meticulosidad. De esta condición “pre matura” nos habla él mismo:
1-El gesto de “convertir el obstáculo en creación”, al que llama “aurora” (p. 50).
2-La “estética de la dificultad”, que reporta como “amanecer” (ibid.).
3-Y la “puesta en suspensión”, que afirma como “resplandor” (ibid.), lo que no implica necesariamente un alba,
pero sí remite a lo aparecido con necesidad de constancia. Ha de tenerse en cuenta que Víctor Varela es un
creador aún muy joven y que su formación autodidacta le puso abruptamente en el epicentro de la creación,
cierto que evitándole, pero también negándole, la ritualidad sedimentadora de la “escolástica”. Un dogma que,
como casi todo, es bueno y malo a la vez.
Desde el punto de vista axiológico la disquisición acerca del obstáculo reporta cierto sabor a victimización,
pero es, en el caso de un creador tan celoso como Varela, una puerta ardua hacia el más selecto de los
nacimientos: la aparición a veces inefable de la obra de arte. La verdadera: esa que adviene tras la discreta
llamada de la voluntad y de la gracia.
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Varela, Víctor. El Arbol del Pan. Impresin, Argentina, 2001.
ISBN: 987-98529-0-7.
198 pp.