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Más allá de las profesiones: poesía cubana en París.
(“Insulas al Pairo”. Edit. Aduana Vieja, España, 2004).


El cruce entre el postmodernismo y el desbordamiento de la propaganda  patriótica con que el gobierno cubano
atajó ese subcapítulo de la “perestroika” que fue el descrédito del marxismo, generó en buena parte de la
intelectualidad cubana de los años `90 un hastío de nacionalismo. Se convirtió incluso en un antivalor espiritual: una
obra podía ser objetada sencillamente porque era “demasiado cubana”.  

El patriotismo fue objetado también desde la sensiblería machista como un sentimiento de debilidad; en el exilio
rebotó este evento con el desprestigio del sentimiento de “nostalgia”, que por momentos fue inducido desde los
círculos oficiales de la isla para acomplejar el recuerdo. Todavía un joven escritor, en la recién finalizada Feria del
Libro de Miami, se disculpó ante la audiencia tras hacer  un ejercicio de evocación: “Pero bueno, esto no lo hago por
nostalgia.” (Un señor bastante enérgico le (co)respondió en un aparte en perfecto machismo: “Yo soy nostálgico
porque me sale de la c. de la p.”).  

A pesar de todo el nacionalismo cubano siempre ha estado pujando en nuestra cultura. Recientemente hemos visto
una de sus más sorprendentes restituciones generacionales en el libro de Alexis Jardines “Filosofía cubana in
nuce” (Edit. Colibrí, España, 2005), donde el pensador cubano intenta concientemente la producción de un linaje
nacional para afincar su esfuerzo especulativo.

Por demás, el último exilio ha legitimado su errancia con un nacionalismo levitativo muy interesante: cada quien
cree que está exiliado en el mejor lugar del mundo. Es decir, cada cubano ha acabado por creer que ha suplido
leibnizianamente a la isla con la mejor de las islas posibles.

Confieso que bajo los efectos de esta certeza, un tanto pedante, me puse a leer el libro “Insulas al pairo. Poesía
cubana en París” (Edit. Aduana Vieja, España, 2004), seleccionado y prologado por William Navarrete. Imaginé una
antología llena de galicismos, de topónimos e íconos gastronómicos de la Francia; un libro, en fin, aquejado por los
tópicos nacionalistas de siempre, ahora aderezados por una metamorfosis exiliar. Pero no hubo nada de eso.

“Insulas al pairo” es un libro que viene naturalmente, en su momento; un libro maduro que no parece agitado por
otro recurso que la necesidad de dar a conocer el propio fenómeno que anuncia en su título: la existencia de un
núcleo de poesía cubana escrita en (o traducida al) idioma español en el país europeo. Confieso que la “Oda a
París”, poema de Regina Avila Behrens que prejuzqué bajo los efectos de los anunciados estereotipos, me generó
alguna sospecha, pero es de una finura inmejorable; un texto amable que juega con la rima incluso al interior de un
mismo verso. Para la poeta París es algo vivo y tratable: un amor. Pero todavía un poco más allá va la poesía de
Nivaria Tejera, quien ya accede a las visiones no-idílicas de la gran ciudad, y llega después a la misma crítica. En su
poema “?Dónde están...?” experimenta la soledad y se cuestiona el destino:

“De pronto
Todo París desaparece
No bajo la niebla sino bajo los hombres
No bajo el crecimiento del río Sena, sino en la oscuridad de
los hombres.
Yo me pregunto dónde está el dolor y dónde está la alegría
de París.”

En la pieza “Champs de Mars” la poeta añade un temblor de íconos de la “ciudad lechuza”, siente un páramo y un
“esqueleto de sal”; y  añade al final el texto titulado “Cada hombre”, que es el poema que personalmente prefiero
leer en la antología.

Navarrete incluye además poemas de Gina Pellón. “Luz de madrugada”, de buen tono, donde brilla el oxímoron; o
ese otro titulado “La noche de los hombres solos”, que se vuelve más bello en la medida en que se torna más
personal.  Algunos poemas de Pellón alcanzan también eso que llamamos  “lo social”, como “Ser solo”, donde hay
un cuestionamiento a la guerra desde el sentimiento de exilio. Quizás mejor, hay en “Ser solo” una suerte de canto
al desamparo:

“Sin nada
ni nadie
sin cosa, ni casa
sin nadie”

La antología cuenta además con media decena de composiciones de Eduardo Manet traducidas por Navarrete. Son
textos cinemáticos, llenos de poesía visual. Son los de Manet poemas para ser mirados, con texturas, colores,
movimientos:

“Quédate inmóvil cuando el blanco se encienda.
Rojo. Verde. Blanco. Rojo. Verde. Blanco.”

Y después:

“Rostro-paisaje. Muerte del alma. Rodaje.
Perfil hastiado. Mirada espectral.”

No la imagen del amor sino el amor como imagen:

“?Qué nos queda del amor?
Míralo, ese rostro allá.”

Valen también los poemas de Gilda Alfonso, aunque les cueste superar el peso (la gravedad) de las dedicatorias y
el afán cientificista. La humanidad de Eyda Machín, poeta ya en la misma organización que preside, y muy honda en
el poema autodefinitorio “Soy mucho más”:

“Soy la vida que surge a cada instante.”
Soy la muerte que a cada paso acecha.
Soy el canto interminable de la alondra.”

Son directos, y son fuertes los textos de Miguel Sales; y son más fuertes, poderosos, los de Lira Campoamor (que
tiene otro desmesurado nombre de poeta, como mis amigos Sidfredo Ariel y Julián del Casal). Los de Campoamor
son desafíos textuales, evocaciones referencialistas donde a veces uno se siente como en casa.

Es muy sereno, aún más en comparación, Carlos Alberto Casanova. Incluso su poema “Desequilibrio”, a pesar de
su título, triunfa por el ritmo bueno y el uso justo de los recursos. Junto a los demás es culto Fernando Núñez y
definitivo el propio Navarrete.

La antología “Insulas al pairo” cubre un capítulo esencial de la cultura cubana. De la cultura. La he disfrutado y he
disfrutado también escribiendo unas simples impresiones. Espero que los amigos y lectores la disfruten también.

“Insulas al pairo. Poesía cubana contemporánea en París”. Edit. Aduana Vieja. España, 2004.
ISBN: 84-933455-4-7
107 pp.

Emilio Ichikawa.
Miami. Diciembre-2005.


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