Perromundo: el destierro en lo moral.

Si pensáramos lo moral como territorio, como “locus”, tendríamos la posibilidad de entender como destierro
algunos de sus movimientos. Esa es una de las alternativas que ofrece la novela Perromundo (Ediciones G.P.,
Barcelona, 1976), de Carlos Alberto Montaner, aparecida en primera edición en el año 1974.

Cuando el lector tardío (lector como uno) se enfrenta a la crítica que esta obra recibió, queda perplejo ante el
asunto que se ofrece como eje de la trama: el terrorismo. La inusitada actualidad de la novela se completa cuando
propone, sin hacerlo explícito, el gran problema moral de la relación entre la revolución y el terror. Un problema
que se hace aún más complejo en los contextos donde el uso de la violencia está acoplado a una batería de
prejuicios que hacen del crimen y la “guapería” un valor cultural.

Perromundo no tiene tiempo ni espacio. Es difícil ubicarla de manera exacta. De frente a una historia nacional
concreta, por ejemplo la cubana, puede leerse por igual como un episodio de los años 20s, 50s o de los 60s.
Narra la historia de unos revolucionarios (¿terroristas?) que son apresados por combatir los excesos de las
fuerzas policiales de un tirano (¿Machado, Batista, Castro?).Ya en la cárcel el mundo se les torna aún más perro,
tanto, que algunos acceden a ser “reeducados” para poder recuperar lo que previamente ha sido considerado
como realidad revolucionable.

Esta continuidad histórica que da la novela, el “siempre”, queda certificada en un breve parlamento al inicio de la
obra:

“-¿Acusación?.
-Está escrito en el auto de procesamiento que tiene en la mano: terrorismo, sabotaje, asociación ilícita con fines
conspirativos, atentar contra los poderes del Estado, e intento fallido de cometer asesinato. Lo de siempre.”(p.20.
Subrayado-EI)

El exilio moral sucede aquí cuando son desterrados al otro país, la cárcel, y nuevos códigos comienzan a regir la
vida. Se trata ahora de una moral cruel, de la inmersión en un mundo de valores y antivalores teratológicos, pero
que igual se ha de satisfacer porque en efecto, como se ha dicho, ni preso ni moribundo el hombre pierde su
dignidad y precisa sumarse al mismo pugilato de realización y fracaso que regía su vida natural. Ahora, para los
personajes, los códigos son nuevos, pero lo mismo son códigos que existen, que rigen: “El que sabe tragarse los
gritos, y morderse los labios a tiempo, y soportar los dolores de pie, ocupa una garita especial en la complejísima
estructura valorativa de los hombres.” (p.57) De estos nuevos hombres.

Entre muchas historias, algunas desesperadas, otras simpáticas (todas al borde de lo cruel y del abismo),
Perromundo se centra en la suerte del revolucionario Ernesto Carrillo, quien fue enjuiciado a los 27 años, después
del también joven justiciero Mario Ordaz (25 años), quien con menos suerte fue fusilado y solo se salva con
algunas incursiones en la novela en forma de espectro. Son jóvenes revolucionarios, jóvenes que asesinan según
su razón: “Tenía entonces veinte años y un odio furioso contra la opresión y el abuso entronizados.” (p.124) Por
demás, Perromundo llega incluso a “humanizar” la violencia revolucionaria al presentar el mundo autorreflexivo de
Ernesto: “No lo odio, no puedo odiarlo y hasta en un rincón que no debería existir en el alma de nadie, ha
empezado a brotar un poco de compasión, un poco de afecto por aquel bárbaro.” (p.129)

La coexistencia entre varios tipos de presidios en una misma cárcel se da en Perromundo a través de Musiú, un
criminal, y el propio Ernesto, un revolucionario con formación intelectual y cabal sentido de la moral política. En
cuanto a la cárcel hay que decir que su “mismidad” es también relativa, pues hay un momento de interesante
metamorfosis en la institución que la novela introduce con la llegada de Horacio Barniol. Se trata del instante de
racionalización científica (¿otra revolución pero institucional?) del presidio que inicia este nuevo alcaide. Una
“ciencia” inmunda que, como descubren Eddy Puig y Carrillo en un diálogo, no busca matar sino rendir al
adversario.

Como lector que llega a Perromundo habiéndose formado algunos (pre)juicios críticos, he sentido alguna lesión
durante la lectura. He llegado a estas páginas habiendo fijado, e incluso postulado públicamente, que
Instantáneas al borde del abismo es esa pequeña obra maestra capaz de sostener la carrera literaria de cualquier
escritor, y no solo de Carlos Alberto Montaner. Había defendido un lugar muy singular para Pócker de brujas y
considerado que Trama, además de ser una “aventura histórica” tan hipotética como entretenida, tenía más
méritos que Perromundo para ser llevada al cine. Y esta predisposición fue un error, porque incomprendí  algunos
lances cultos de la escritura, así como el planteamiento de la relación amorosa entre Ernesto y Marcia, quien se
diseña de manera abstracta, como la mujer ideal, culta y rebelde, que aspira tener todo revolucionario machista.

De cualquier manera Perromundo está ahí, ocupando su puesto, debiéndole fama a sus hermanas de estante y
prestigiando, sin duda alguna, la carrera del escritor.

Emilio Ichikawa.
Julio-2005.
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