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Naomi Harris: Haddon Hall en Carnival Evening.


                                     Para Frank Kalero,
                                     porque habrán otros intentos.

La vejez es una forma temporal de exilio. Es la segregación de un transcurrir natural por la desesperada
acumulación del tiempo. Preocupó bastante a Platón en el diseño de su República, y a casi todos los pensadores
romanos, particularmente al estoico Cicerón, quien escribió un famoso texto latino tiutulado “De Senectute”.

Cicerón era un estoico, igual que el vendedor de “hot dogs” de la novela “A Confederacy of Dunces”, de John
Kennedy O`Toole.  El romano escribió sobre el exilio del tiempo mientras estaba exiliado en el espacio y creyó que
la suerte era inexorable. El personaje sureño de O`Toole repetía a Boecio mientras inyectaba ketsup y mostaza a las
salchicas: la vida es como una rueda, y su eje es fatal.

Cuando la Polis entró en crisis, la batería intelectual helenística fabricó tres eticidades que todavía hoy constituyen la
reserva moral de Occidente: el epicureísmo, que es una filosofía joven; el escepticismo, que es una filosofía adulta;
el estoicismo, que es una filosofía del anochecer.

Sin embargo, la colección de fotografías “Haddon Hall” de Naomi Harris ha alterado esta clásica distribución
epistémica.

A través de más de veinte fotos tomadas en la residencia de ancianos del mismo nombre, en la hipermoderna
ciudad de Miami Beach entre los años 1999 y 2002, la artista nos muestra una vejez “insiliar” que ha centrado su
vida en “el placer”, como proponía Epicuro, y no en “la resignación”, como sugerían los estoicos.

Las fotos de Harris nos ofrecen una ancianidad que continúa activa en un mundo asumido con un alto contenido
hedonista. Se trata aquí de una vejez de (por) la vivencia, no de la sobrevivencia. El colorido, la sensualidad y hasta
la irreverencia de “los viejos de Harris” hablan de una disposición para el placer situado al nivel de las juventudes
de cualquier tiempo. Hay entonces disloque cronográfico de la pirámide, no disloque cronológico. El tiempo es una
energía, no una escala.

Harris ha descubierto que no solo ha envejecido la representación sacrificial del mundo; ha envejecido también la
representación de la vejez en este mundo del post-martirio en sí mismo representacional.

La artista, desde el punto de vista de quien escribe, ha confirmado dos visiones lúdicas de la vejez que había
conocido en los filmes “Vitamina-Vitamina” (2003), trabajo del cineasta Nick Calzada para New York University, y
“Viaje de ida y vuelta” (1985) de Oscar Alcalde, premiado en el XXIX Festival de Cortometrajes de Leipzig. Tanto en
Calzada como en Alcalde la vejez es una estación donde la ironía se confunde con el buen humor; el desamparo
con el reto; la compasión con la pasión.

Naomi Harris agrega a todo esto la belleza y la sensualidad de sus ancianos. Pieles doradas y adornadas por
jeroglíficos que recuerdan a trazos de Van Gogth con “texturas lisas” de Rembrandt; es decir, surcos sin rugosidad,
relieves finos.

En “Marie and Sonja By Poll” (Miami Beach, 2002) hay paz, y hay clase.  Pedegree. El bronce de la piel ocupa un
primer plano y brilla entonces el azul intenso de la piscina y el otro más débil de la cuña de cielo sobre el muro. La
vejez como reconciliación, como estado de justicia interior radicado en los ojos.

En “Ida Lifting Weights” (Miami Beach, 1999) la decencia se traslada al agarre de las piezas, mientras la fuerza se
desplaza a la mirada. Y ya en “Evelyn at the Hairdresser” (Miami Beach, 2000) aparece la coquetería, el afán
sostenido de belleza en una de las instituciones de la vida  postmoderna: la peluquería. No por gusto los tiranos,
además de las universidades, donde se estira o se corta el pensamiento, tratan de controlar los salones de
peinado, donde se corta o se extiende la voluntad. Según la mitología el cabello es la fuente del  golpe. Sorprende
aquí también el trabajo “Eveling Having Her Hair Washed” (Miami Beach, 2000), donde el predominio del negro
dificulta percibir en primera instancia la naturaleza de la actividad que se capta. Parece enfermedad y es salud. Imita
lesión y es ansia.

Los trabajos “Gina Drunk With Henry in Lobby” (Miami Beach, 2000), así como “Leigh Smoking” (Miami Beach, 1999),
rebasan los límites de lo erótico. Pienso que igual que en esta colección, Harris pudiera haberlos ubicados con
legitimidad en su otra muestra “Dirty Pictures”.

“Haddom Hall” es una suma en movimiento. Lo trascendental, que es la vejez misma y los problemas liminales que
plantea, se presenta adornado de incidente, de fugacidad. Está la arqueología de los cuerpos junto a la moda; la
fuerza; la espera de Sam; la ternura; la fragilidad; el paisaje; el candor de unas sandalias con cartones de Disney
que coronan unas piernas fatigadas. Todo está aquí: el concepto y el evento.

“Carnival Evening” (1886) está en el Philadelphia Museum of Art. Es un óleo de Rouseeau que muestra a dos
arlequines abandonando un lugar. Exiliándose. Han vivido. Saben que han vivido. Y quizás quieran expresarlo. Así
son los viejos de Harris: criaturas en acción, no sabemos si felices; pero en cualquier caso dispuestas para habitar
otra fiesta en la noche. La fiesta de siempre.


Emilio Ichikawa.
Homestead, Fl.
Dic-2005.


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