Jorge Ángel Pérez: un girasol para Supervielle


Ya no se trata de un merecido premio aquí, de un premio notable adjudicado allá, de un gran
premio que le roza la suerte en otro lado. Ya no se trata de premios sino de una obra literaria
vertiginosa que exige una biografía inaudita para convertirse en leyenda; para que sea obra el
mismo autor.  

Los escritores cubanos reclaman que no se juzgue su obra, ni su persona, a la luz del
avasallador contexto político que las condiciona. Lo reclama Jorge Ángel Pérez. Es dudoso que
esto pueda concederse tratándose de una sociedad donde hasta la falsedad es falsa
conciencia, pero sin dudas es justo como reclamo. Lo que sí no podrá suceder, quizás por la
inercia de no haber sucedido jamás, es que la obra literaria brille al margen de un mito autoral.
Digo esto porque me gustaría fechar (y fichar) la riqueza anecdótica que recogen los textos de
Jorge Ángel.  

Jorge Angel Pérez ha ganado recientemente el Premio de Cuento Julio Cortázar. Lo ha
merecido entre medio millar de concursantes con una historia poética titulada En una estrofa
de agua. El cuento comienza con una evocación helénica que se incorpora a toda esa tradición
sensitiva grecolatina de nuestros escritores -Electra Garrigó ( Piñera), Los siete contra Tebas
(Arrufat), Medea (Montero)-.

Jorge Angel cuenta sobre Esteban, quien mira a su padre desaparecer en una corriente
indefinida. Habla del mal por exceso y por defecto de agua. Un agua bella que el escritor, en
una táctica obscena, hace adoptar la lista más prosaica de una ictiología posible: tilapia, jurel,
tiburón, sardina. En ese efímero bestiario está contenida, no hace falta más, la historia cubana
del último medio siglo.

A la “estrofa” de Jorge Ángel no se le escapa ninguno de los signos esenciales del topo
insular, y desliza con más interés poético que científico la premisa de un génesis: “a fin de
cuentas los hombres venían de los peces y en ocasiones volvían a ellos.”  

Si en sus novelas hay vértigo, unas ráfagas referenciales que solo el pudor impide renombrar
como “barrocas”, en el cuento el tono es desesperado, asfixiante, “atosigador”. En medio del
torbellino, consigue por igual tinos teológicos que paisajes bíblicos que  subliman absurdos
habaneros.  

En una estrofa de agua Jorge Ángel es el artista que retrotrae el pecado criollo al goce de
Corinto; es un Pablo más descriptivo que moralizador. Es el poeta que sublima en palabras
bellas los cimientos de una realidad fea. Casi nos convence de que una lata de sardinas,
estúpida y funcional, es de hecho un mundo infinito: “Desde hace años guarda una lata de
sardinas, que, según dice, está revestida de estaño y por eso brilla cuando la pule… En cada
cruce de las líneas horizontales con sus contrarias, abre un hueco bien pequeño y lima sus
bordes, redondea el agujero que espera por el agua. Una ducha es su mayor deseo… Una
ducha, para mirar hacia ella y que el agua le salpique la cara, y untarse jabón con las dos
manos, y hasta cantar.”

Por supuesto que este cuento es factible de una lectura pecaminosa; incluso de una lectura
política bastante crítica con la vida cotidiana de la isla, con esa precariedad existencial que
haría trizas el falaz concepto de “felicidad doméstica” que una vez García Márquez ofrendara a
los insípidos ideólogos del castrismo. Pero se trata de una lectura que no voy a hacer porque,
aunque no considero a la política una profesión vergonzante, sé que el autor de Una estrofa de
agua sí.

“Nadie puede tener agua si no excava”, ¿cuánto insurgente ambidextro no verá en esa frase
una confirmación de su programa?

 

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