Dogma navideño
La libertad en Occidente ha tenido un fundamento, digamos que un pretexto cristiano. Porque de lo que se trata no
es de ser cristiano sino de ser libre. Si Cristo lleva al ser humano por el camino de la libertad, pues es bueno Cristo.
Como si lo lleva Mahoma, Buda, Lao Tsé, la profesora racionalista, la madre laica, incluso el dictador ateo. Entonces
ellos también son buenos, tan buenos como Cristo.
Incluso si puede ir el hombre hacia los espacios libres sin una guía, sin una estrella que le adjunte sentido y
contención, pues halagado sea ese hombre de soledad fértil que encuentra en sí mismo los contornos de la
amistad, la locura del amor, la fuente del respeto a los padres, la reconciliación con la muerte. Ese hombre solo y
eterno es el angel efímero que vive sus andanzas con ansias de infinitud.
Pero de este lado ha sido Cristo el gran propiciador. Un hombre sin Dios es como un Cristo sin cruz que no sabe
dónde poner los ojos.
Como decía en una carta desde París el amigo William Navarrete, hay dos cristianismos. Uno que tiene una
motivación teocrática y busca una alianza beneficiosa con el poder. Es, para entendernos, una suerte de
“cristianismo académico”, burocrático. El otro es un cristianismo de fundamento pagano, que admite junto a sus
santos a Dionisio, junto a su catecismo El Cantar de los Cantares y al lado de sus misas el Carnaval. Es el
cristianismo de la risa junto a la lágrima, de la carne junto al espíritu, de la sombra junto a la luz.
Existe un cuadro de Zurbarán titulado “San Buenaventura muestra a Santo Tomás la fuente de su fe”. La obra está
compuesta de manera audaz; en el lado izquierdo se encuentra el Doctor Angelicus acompañado por una multitud
de seguidores. Respecto al foco de la tela, que es la fuente de la fe, el Aquinate está receloso, de medio lado, un
poco encorvado y mostrando su calva cara. A la derecha está San Buenaventura solo, orgulloso de su nombre y
lleno de fuerzas, aseguro que hermoso y puede decirse que hasta teatral. Sabe que ha ganado el agón. El
cristianismo libresco se ve ridículo ante el cristianismo carnal, ante la fe de amor. San Buenaventura descorre la tela
y le muestra a Santo Tomás un Cristo. Su fe no tiene versiones ni mediadores; su pasión viene de una
experimentación directa.
Pero todavía más allá de San Buenaventura está la posibilidad de entender al mismo libro como el objeto de una
relación erótica; después de la celda, la capilla y el aula está la pornosofía: una relación corporal con el salmo. Y
queda también la calle, la plaza y la cama, que son otros altares de Dios.
La libertad y su propio concepto no son ajenos a los pueblos orientales. En sus prolegómenos a su “Filosofía de la
Historia” y a las “Lecciones de Historia de la Filosofía” Hegel lo apuntaba: la libertad no es ajena al este, lo que
sucede es que allí solo Uno es libre; en el mejor de los casos “algunos”. Es Occidente, es Cristo, quien imagina
que todos los hombres son o merecen ser libres. Esa virtualidad es la que hoy rige lo mejor de nuestras vidas.
La experiencia de libertad es muy diversa. Hemos podido compartir con gente libre en las universidades
Occidentales, en los aeropuertos, en las salas de recreo. Hace unos días tuve la oportunidad de amanecer en
Bongo`s Café, una conocida discoteca del Down Town de Miami. Más de un centenar de jóvenes se abandonaban
al cuerpo, no se veía a nadie débil, no se veía a nadie triste, no se veía a nadie feo. Eran libres. Cristianamente
libres. Una forma de libertad condenada por los líderes del Islam en Irán, por ejemplo; pero también por los
enemigos occidentales de la libertad Occidental. Allí con ellos seguramente estaba Cristo, celebrando su
cumpleaños, con todo derecho, en plena igualdad. Supongo, no estoy completamente seguro, que como hombre
Cristo era también un poco egoísta y quería para sí mismo lo que buscó para los demás hombres.
Así que su nacimiento no debe disgustar a nadie, menos a sus amigos. “Feliz navidad” entonces, que venga el
deber y que venga el goce; el “bien” en su doble sentido, como cualidad moral y como posesión material concreta.
Como dice una amiga con mucho humor: “El dinero es lo importante: la salud va y viene”.