Arístides Falcón: Aché pa` Cuba
¿Cómo se puede interesar a una comunidad como la de Miami, obsedida por el tema político, en las
revelaciones que acerca de Cuba hace un guión cinematográfico recientemente escrito por Arístides Falcón
bajo el título Aché Obanilú?. ?Cómo se puede convencer a unos lectores que se consideran situados en el
epicentro de la historia de que la reelaboración de los mitos de la cultura afroantillana tiene valor práctico?
Parece una cuestión complicada, aún más cuando esos mitos, como suele destacar el artista Geandy Pavón
cuando reconsidera a Ovidio, se mezclan con otros mitos, y estos a su vez con porciones imprecisas de
realidad.
Pero el propio Falcón nos convence cuando refiere a Miguelito Valdés, quien creía que la política estaba en
nuestro interés a la altura de la pelota y la música. Cuba no es solamente su música, pero se dió a conocer a
través de ella. Martí, ciertamente, ya se conocía en la China a principios del siglo XX, pero el baile siempre
será más veloz que la moral.
Arítides Falcón reinventa un mito donde Chano, Miguel, María Teresa se mezclan con Shangó, Oshún,
Yemayá; lo político emerge buscando paridad, a veces justicia. El hombre más allá de la raza: “Sangre son
colorá”, decía Miguelito Valdés. Ni blanca ni negra ni azul: sencillamente “colorá”.
Postular esta “política cubana” desde lo universal, más allá de las estrecheces de las llamadas “ciudadanías
culturales”, es un gesto de mucho valor intelectual de Arístides Falcón, quien como académico conoce que la
sensiblidad dominante en el medio es otra. En las universidades norteamericanas cunde el activismo
relativista.
La política cubana tiene varias traducciones musicales. A veces uno piensa que la historia republicana fue
una suerte de son, mientras que el castrismo es un himno grave donde se improvisa como un jazz y al final
se disfruta como una conga.
Disfrute en la desgracia o incapacidad para sufrir. Si en la historia de la Revolución cubana no existiera una
lista de muertos y prisioneros tan considerable, me decidiría a hecer una crónica cómica de lo que algunos
consideran “vida amarga bajo una dictadura”.
Los momentos hedónicos del castrismo alcanzan la miserable vida en las becas, las marchas de reafirmación
revolucionaria y la salida en balsa de la isla. Pregúntesele a cualquier balsero cómo es la noche antes de
tirarse al mar o cómo se gozan las primeras diez millas, y se verá cuán ligera puede ser también esta parte
oscura de nuestra historia. Se entenderá de paso por qué razón es tan difícil considerar la tragedia del
pueblo judío al mismo nivel de la nuestra; y se constatará que nuestros intelectuales están más preocupados
por el ansia de reverdecer laureles en el exilio que por expresar sinceramente las desgracias de la gente.
Por esta razón le pregunté a Falcón por la ridiculización del sentimiento de la nostalgia entre cubanos.
Recordar las “palmitas” y las “playas” parece ya un ejercicio pasado de moda, una debilidad sentimental
increpada por un machismo que se reproduce aún entre los poetas sutiles. El escritor respondió: “Las
palmitas pueden ser ridículas, pero de cualquier modo están ahí”. Y hablando de palmas: me gustaría que el
amigo Luis Soler acabara de entregarnos esa iconografía de palmas heridas, en proceso de trasplante, que
se mueven por Krome, desde Homestead hasta Miami, mostrando el mejor emblema de nuestro anómalo
nacionalismo.
En el nuevo pensamiento de los exiliados insulares hay “aché pa` Cuba”; optimismo sincero, a veces cierto
desasociego, pero expresado sin demasiada “nostragia”. Nuestra melancolía alcanza a veces a ser
productiva, hasta desafiante. Arístides Falcón está orgulloso de ser un cubano que sobrevive en medio de
Manhattan y que ya es libre a su manera. Por eso le pidió cuentas al canciller cubano acerca del tamaño del
bistec que se comía en un Smith&Wolensky de la ciudad, después de haber expresado hipócritamente en un
importante foro neoyorquino que la pobreza era una de las virtudes más grandes del pueblo cubano.