Nicolás Abreu: la novela como raíles de punta.
El día 29 de julio el escritor Nicolás Abreu presentó en Miami su novela La mujer sin tetas
(Editorial El Almendro, República Dominicana, 2005); aseguró que varios amigos le habían
desaconsejado el título y que incluso él mismo había podido tener algunas dudas al respecto:
“Pero fundé mi propia editorial para no hacer concesiones…”, así que la bautizó como le dio la
gana.
La mujer sin tetas acaba siendo, sin embargo, un título significativo. Es como una emboscada,
una trampa; no quiere indicar una narración pornográfica o erótica sino un viaje cruel y
morboso, a veces obsceno, por un territorio minado por el cáncer. Se trata pues de una odisea
liminal, literaria y existencialmente hablando.
La mujer sin tetas, como novela, soporta una “tumoración literaria” titulada La perlana. Un libro
que contiene otro libro; un término competente que rebasa la insuficiencia de un par de
incompletitudes. Como Miami y La Habana, que son dos espacios literarios intercalados que
se exigen y mutuamente se rechazan. Una ciudad que se abandona por unas razones. Una
ciudad que abandona, que se va, por otras: “Ojalá tenga suerte y no haya caído en Cuba ni en
La Florida -susurré a Dora.” (p.128)
Nicolás Abreu no es complaciente consigo mismo. No lo es con su mapa recorrido y por
recorrer, con La Habana, con Miami, con el universo teta (un mundo sin salida) que conquista
cayendo, despeñándose siempre al interior.
Lleno de maldiciones extraordinarias, me atrevería a decir que Abreu satisface todos los ítems
del (consecuente) “programa Mariel”: la ideología Mariel, la temática Mariel, el vocabulario
Mariel y hasta el carácter Mariel. Muy enfático, retador y malediciente a veces, por cierto.
La literatura de Abreu existe aquí como una protesta dichosa, como una playa mortal donde
nada (no flota) el escritor, donde naufragan con sentido sus personajes. La mujer sin tetas es
la historia fragmentaria de un buceo asqueroso; La perlana, que la contiene, una travesía en
tareco: “Pero ahora vaya al carajo la muerte, que yo quiero seguir mi viaje tranquilo sobre este
tareco que no cesa de moverse.” (p.39)
La charla de Nicolás Abreu no se estanca en culteranismos; más bien se autoimpone un
desenfado que vela con pudor un mundo de intensas lecturas, de méritos literarios hechos a
batalla limpia. Tampoco es su libro una coloratura de referencias librescas. Solo escribe, a
veces cuenta, y entre las palabras brotan sorpresivamente evocaciones a Huidobro y Vallejo,
parodias de Martí o de Neruda.
La mujer sin tetas es finalmente un ensayo sobre el amor; el amor que se siente al interior de
Dora. Es la confesión de un cariño doloroso, de una fidelidad cruel que un amante persistente
salva entre el pus y el pasmo de un pecado inevitable: el pecado de estar enfermo, de ser
mortal.
El eje de este libro pudiera ser el dolor. La lastimadura que provoca permite entender el gesto
extremo que como autor hace Nicolás Abreu en la cresta de su libro: una paradójica incitación
a la renuncia, a poner el libro a un lado por lo cruel que puede resultar la consumación de esta
lectura.