William Navarrete: el jardín y el abandono
El poeta es el hombre sin impedimento. Emerson.
William Navarrete nació en el norte de la provincia oriental de la isla cubana; zona donde encontraron un pretexto para la
plenitud los temedores de la vaciedad mitológica. Estuvo por allí, suponemos, el cacicazgo más enfático de la
protohistoria criolla. Evento imaginario que nos sirve para (al menos) ilustrar la convergencia espacial del nacimiento de
caracteres personalísimos de la historia: Castro y Batista entre los políticos; Cabrera Infante y Reinaldo Arenas entre los
escritores, para decantar ejemplos.
Incluso William Navarrete, el artista, sin ser otra de nuestras variantes modernas del “fraile”, es una de las
personalidades de más consecuentes contornos que muestra hoy la cultura cubana. Pensador político sin temor a la
acción; demócrata convencido; profesor, editor y crítico exigente; conversador brillante e ironista implacable. Narrador.
Investigador. Periodista.
Es además poeta. Y lo es sin afección: creo que en su caso la poesía es otro de los canales con que nos saluda su
mundo interior. No está a la vista solo la persona que manipula el medio sino, como querían Schiller y Emerson, el
genio que tiene que expresarse por una cuestión de biología, de sobrevivencia. Es decir, que en su caso no hay
alternativa: o explota o implota. La poesía es ahora la creadora de la paz transitoria; la paz, solo la tregua hacia un nuevo
surgimiento.
Edad de miedo al frío (Edit. Aduana Vieja, Cádiz, 2005) es el (su) libro de poemas que viene a resolvernos el otoño. Esta
edición, sin ser necesario, cuenta con dos adiciones. La primera se indica como “Otros poemas”; son unas piezas que
constituyen una suerte de juntas de historia. Nexos que reclaman, que cantan, a la multicefalidad de los tiempos: a la
metamorfosis de María de Heredia, a los servicios estéticos bicontinentales de María Martínez o a los movimientos de
Robert Baal. La segunda adición se titula “Divertimentos sonados” donde por alguna razón le sale un (que me lastima)
sarcasmo quevediano al poeta; o no le sale el verde acostumbrado en sus retoños (hablaba del otoño).
He despachado con rapidez estas dos circunstancias porque Edad de miedo al frío es un broche que abre y cierra en sí
mismo con exactitud matemática. Es un canto al viaje, de viaje, para viajar, con una ruta espiritual y arquitectónica exacta.
Los poemas de este libro no se están quietos, existen para ser releídos en su sensibilidad, en su belleza, en su
hondura. Es también un libro doblemente púdico. Quien quiera hacer una lectura erótica, muy erótica del texto, puede
conseguirlo; lo mismo que quienes desean hacerle una exploración de tesis, digamos que filosófica. Solo que esos dos
niveles, el sexual y el neuronal, no se encuentran en superficie: ni hay obscenidades estimulantes; ni hay citas o
referencias librescas. El libro, como uno de sus personajes, está “abandonado” en el jardín del amor.
Edad de miedo al frío canta a casi todo; incluso lo celebra, sin llegar a ser meloso en el lenguaje ni babosear algunos
de los tópicos de la sensiblería contemporánea. Hay amor, hay cuerpo, hay mujer, hay naturaleza y muchísimo mar. Y
hay infancia. Una infancia que no se elogia ni se ataca; que no se interpreta ni se considera delatora de nada. Hay solo
una grafía, un registro, una múltiple aprehensión poética que nos atrevemos a fragmentar analíticamente. En el poema
que da título al libro, “Edad de miedo al frío”, el poeta conversa con la infancia y le dice, en su propia frialdad, lo que ella
misma es: 1-sonrisa inútil de ultramar/2-espuma alegre/3-disfraz de arena/4-alga mojada que enreda...en pura dicha/5-
edad de miedo al frío/6-canción que se enmudece/7-milagro repentino en el vacío/8-feria lejana/9-halago en vano/10-
caricia devolviéndome la calma.
Este poema tiene un lema de Gastón Baquero referente al olvido (“El niño olvidado en el parque por su padre”) que
introduce también al siguiente gran poema del libro. Lo hace porque el olvido del niño es a la vez el abandono del padre.
Me refiero al poema “Boabdil abandonado en el jardín del amor”, dedicado a la ciudad de Granada “doblemente
coronada”; es decir, en sus dos historias, en sus dos geogrefías, en sus dos arquitecturas. El poema describe la sierra
y encuentra los signos del misterio. Estira la mano de Irwing y abre las puertas para que el agua, que es poder, corra
hasta los más lejanos lugares; quizás hasta Castilla. ¿Es la isla cubana el lugar más distante o más cercano a la
Granada?.
El poeta no se entiende y llena de preguntas su texto. Le indaga a la ciudad por el mal, por los dioses que la atormentan;
le pregunta por él mismo: si ha equivocado el castigo, si ha sido ingrato o ha disgregado sus rezos. El poeta se
abandona en el jardín, que es un “locus” esencial de la imaginación poética de Occidente: el jardín de Epicuro, de Calixto
y Melibea o el jardín de Dulce María Loynaz, otra de las voces con quien intenta charlar, con un saldo más emocional que
retórico.
William Navarrete acepta inscribirse en el linaje de Reinaldo Arenas, con quien intenta una relación astral. Solos los tres,
el poeta, la luna y el sol, buscan tras la muerte una reducción de distancias. Dice en el poema “Eclipse de sol”:
astro pendenciero interpuesto entre él y yo
El poeta, “Yo”, es decir la tierra, el camino.
Edad de miedo al frío es él mismo un libro isla, un libro tierra rodeado de agua:
Me he mirado en el espejo
de tus aguas al paso de las barcas
y te he visto en la onda
que se quiebra antes de acariciarte.
Es una ruta de viaje que ensarta ciudades; urbes habitadas y urbes vacías, sitios de amor y dolor:
Debes morir ahora
espectro disfrazado,
silencio sordo,
polvo estelar,
fruta seca,
extinguido aroma,
perla
Habana.
Ciudades que se pierden hasta reaparecer como encarnaciones de la ciudad vestal:
Esta ciudad, islas habitadas
de un mundo extraño,
oprimido silencio
es mi casa.
Cuando se recupere la edad de los poetas, cuando el poema vaya más acá del juicio del jurado, de la “doxa” del
periodista o de la pizarra de disecciones del profesor; es decir, cuando los poetas vuelvan a llenar plazas, teatros y el
dorso de las fotos donde se eternizan los enamorados, Edad de miedo al frío recuperará su ciudad, atrevámonos a decir
que su patria. Otra patria, además del camino. Tendrá este libro del poeta William Navarrete toda la dignidad de una
obra de amor; eso, aunque sea un texto perseguido y perseguidor del abandono:
Fruto sin nombre, para qué
nombrarte si en ti reposa
la alegría del hombre dormido,
sonríe el fláccido abandono,
vibran las furias del embate,
destello último de tu aguda daga.
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Navarrete, W. Edad de miedo al frío. Edit. Aduana Vieja, Cádiz, 2005.
ISBN: 84-934095-3-7.
71 pp.