SOBRE EL ROCK EN CUBA. (I).
Lo que se ha llamado “globalización” no es solo un asunto económico: es un proceso civilizatorio cuyo signo
mas visible es la “norteamericanización” del mundo de la vida. Lo había visto Alexis de Tocqueville ya en el siglo
XIX, cuando en su libro LA DEMOCRACIA EN AMERICA alertaba sobre una dicotomía destinal aun no
superada: la espada o el trabajo; es decir: Rusia a Los EE.UU. Después lo ratifico Norbert Elias al implicar a las
culturas en los tránsitos de civilización, metamorfosis que incluía lo mismo la cocina, un modelo corporal, un
corte de pelo, o esa selecta zona que Jorge Mañach llamaba “alta cultura”.

La “globalización” asigna “funciones” políticas y productivas a las naciones en la red “postnacional”; pero
también hace una repartición casi turística de los estereotipos. A los cubanos, por ejemplo, nos ha tocado ser
imaginativos, escandalosos y pobres. De ahí que el país semibárbaro y ajado de Fidel Castro, que “con” y “sin”
embargo baila y enloquece, sea más coherente con el mapa exótico transnacional que una Cuba prospera y
democrática. A la isla se la necesita, como diría Orestes Ferrara, peleando gallos y tomando café con leche; y
por mucho que se haga para rebasar el estereotipo, las fuerzas simbólicas empujaran nuevamente hacia el.
Es lo que ha pasado con el exilio cubano: a la primera oportunidad, se le incorpora a un sistema de prejuicios
que es más importante que la realidad, o que es la realidad misma.

De ahí el doble desafío que implica hacer música rock en Cuba. Primero, hay que enfrentarse al prejuicio
general de los tambores, la clave y las maracas, que es lo que se espera de un sonero o “sonador” cubano;
además,  hay que resistir a la censura castrista pues, desde el punto de vista de la canción, su parte textual es
naturalmente contestataria. Es casi un contrasentido un “rock” complaciente; el “rock” es “anti-stablishment” y
en Cuba el “stablishment” lo marca clase política de Fidel Castro.

Infelizmente, en el caso del arte, como en la academia y la defensa de los derechos civiles en los EE.UU. se dan
paradójicas combinatorias con respecto a Cuba: sus pares en la actitud, no suelen coincidir en asuntos de
doctrina. Es decir, cuando los rockeros norteamericanos se lanzan contra la Casa Blanca, símbolo de un
“stablishment” que responsabilizan con la desigualdad social, la guerra o el desastre ideológico, sintonizan de
alguna manera con la propaganda del régimen castrista que se vende (sin serlo, claro esta) como
antimperialista, heroico en la defensa de los desposeídos, contracultural y “pop”. Aquí funciona aquel axioma
según el cual el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Sin embargo, si nos centramos en lo que es el estilo
contestatario, en la actitud, quienes se rebelan contra el poder tienen sus iguales en quienes a su vez
contestan el poder político de Fidel Castro. En este caso pudiera decirse: el enemigo de mi enemigo tiene a su
vez otro enemigo que se parece mucho a mi.

La música “rock” que se hace en Cuba, en ingles y en español, cuenta con un público y unos autores muy
insurgentes. En una época en que el nacionalismo mas conservador ha reemplazado a la versión soviética del
marxismo; en que se sirven en bandeja turística símbolos de la “criollidad” como la guayabera, el guarapo y el
bohío, el proyecto artístico-musical del rock cubano es ya en si mismo, desde la propia perspectiva estética,
muy cuestionador. Hereda así el inconformismo de esa tradición silenciada  de la música cubana de las
ultimas décadas que registra nombres de músicos y agrupaciones imprescindibles como Mike Pourcel, Pedro
Luis Ferrer, Los Magnéticos, Los Barba o  Almas Vertiginosas, uno de cuyos sonidistas, por cierto, me encontré
de portero en el fétido baño del Cine Yara.
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