Reinaldo Bragado: cuarenta y medio

                                SOFIA: Y este mundo, ¿ha sido hecho otra vez?.
                                FILON: Quizás sí, como ellos dicen.
                                                        (León Hebreo. Diálogos de amor).



40 y ½ grados es la temperatura que anuncia la muerte a los habitantes de la Ciudad de los Contrastes,
registrada en el mapa de la novela de Reinaldo Bragado La muerte sin remitente (Arteidea Editores, Perú,
2003), finalista del Premio Internacional de Novela “La ciudad y los perros”.

La “fiebre parlante” es una epidemia caracterizada por un vómito ácido y amarillento, una fiebre muy alta y
un malestar retórico tras el que, inevitablemente, mueren los contagiados. Esta enfermedad tiene al menos
dos señas que la hacen radicalmente atípica:

1-Al llegar el instante del desvarío, la gente alcanza a decir cosas sorprendentes, a veces muy interesantes, lo
que significa que entre el “sano” discurso, y el discurso “enfermo”, es a veces imposible ejercer discernimiento.

2-Esta enfermedad ataca solamente a los ricos, preferentemente a ellos. Con esto Bragado hace posible una
inédita relación entre disciplinas muy distantes en los campus universitarios: la Patología, las Finanzas y la
Economía Política.

Esta novela puede ser disfrutada por varias razones: contiene pasajes de gran sentido del humor (me reí a
carcajadas cuando introdujo el concepto de “nuevo pobre” p.101), también, de gran sentido del horror. Roza
el suspenso y, aunque falta una historia de amor, sobresalen enredos vinculados a la amistad, la lealtad
personal y la aventura humana. Es decir, no solo los “temas de nuestro tiempo”, como decía un Ortega
sensacionalista, sino de los tiempos de siempre.

Pero además de disfrutada, es una novela que amerita también ser comprendida; es un texto que provoca de
inmediato esos pedantes deseos de pensar y filosofar sobre el arte (espero que el autor sepa disculparme). Al
lector, a este lector, le vienen los variados temas en que puede ser utilizada esta novela para introducir una
especulación filosófica, o planterar un problema de sociología general.

Refiriéndose a Orwell, Milán Kundera expresó lo que al parecer sería su gran hallazgo: Orwell comprendió que
escribir un ensayo, un tratado, incluso un artículo o algún otro “género de tesis” contra el totalitarismo caía en
la trampa de reproducir la lógica autoritaria; que por lo general tiene forma de círculo, la figura más
“consecuente” del espectro geométrico, aunque algunos prefieran asociar al totalitarismo a un cuadrado.

Los “géneros de tesis” intentan describir, aportar hechos, datos, números. Buscan público tratando de
convencer, de “cerrar” (cerrarse sobre sí mismos), de demostrar una verdad que se abre paso por entre todas
las vidas e imaginaciones. Es por eso que prefirió escribir una novela, un género libertario donde el autor, al
menos él, no puede ser sometido.

Eso ha hecho Reinaldo Bragado al escribir La muerte sin remitente. No es un texto que trabaja con tesis, no
hay denuncias, ni quejas, ni teorías alternativas; por demás, la presencia del elemento autobiográfico, tan
reiterativo (!está bien “testificar”, pero un artista es un demiurgo y debe también “inventar”!) en la literatura
contemporánea, es muy mediado en esta obra de Bragado. Y sin embargo, es la mejor enseñanza ( y si se
quiere “deconstrucción”) de los mecanismos de funcionamiento del totalitarismo que he leído en los últimos
tiempos.

No tengo dudas: Bragado ha comprendido a cabalidad la esencia de la dominación totalitaria y todo ese
amasijo de epifenómenos que trae consigo: la envidia, la vanidad, la revolución, el populismo, la delación, la
deslealtad, la violencia, la vulgocracia.

Pero esta novela puede entenderse también como una pieza inscrita en una de las claves fundamentales del
Siglo de Oro de la literatura y el teatro español; Bragado juega con los ritmos de Lope y de Calderón, pero
usando el género de Cervantes. Es admirable la forma en que vira el mundo, en que pone “el orbe al revés”. Y
después, cuando muestra la lógica de lo irracional, esa irresistible permanencia del Ser incluso en la Nada,
vuelve a restituir el orden.

Al tergiversar la realidad como única forma de exhibirla en derechura, Reinaldo Bragado nos da una de las
más grandes noticias: ambos, verso y reverso, luz y tinieblas, ricos y pobres, están regidos por las mismas
reglas, subordinados a iguales instintos.

Por demás, La muerte sin remitente está todo el tiempo amenazando con convertirse al género utopía. Pudo
haber sido, sin duda alguna, una de las más sorprendentes utopías literarias. Bragado juega, entra y sale del
género utópico, seduce con una revolución en su Ciudad de los Contrastes, hasta que accede y radicaliza esa
enfermedad que mata a los ricos, solamente a los ricos, permitiendo que los pobres tomen el poder. Todo el
poder.

En la obra de Bragado los pobres llegan a confiscar hasta el mundo de lo posible. Los deja que ejerzan la
dominación, que se  corrompan de apetitos y necesidades, que se pudran de atribuciones. Bragado se ríe: el
poder no tiene que ser absoluto para corromper absolutamente. Y es entonces cuando se torna “origenista”,
cuando nos hace dar un paseo por la génesis mostrando la regeneración de las mismas cosas. La muerte sin
remitente es una evidencia artística acerca de la futilidad del cambio revolucionario; un decidido
cuestionamiento a los radicalismos.

Esta resultante es mucho más curiosa si tenemos en cuenta que el autor es, políticamente hablando, uno de
los críticos más decididos del autoritarismo político. Mientras en sus columnas periodísticas en Diario las
Américas (Miami, Florida, USA) fustiga las componendas y las medias verdades, en su arte escritural, en su
novela, se torna persuasivo, entendedor. La muerte sin remitente tiene como la estatura suficiente para
mostrar a todos sus personajes equidistando, sin preferencias en el libreto de Dios. Creo por eso que es una
obra atravesada por una constante ética: la piedad.

Es una novela dura, por momentos obscena; y a la vez conmovedora, llena de amor y simpatía por la gente.
Reinaldo Bragado atraviesa el mal y se sitúa más allá de él con todas sus criaturas y visiones; es suficiente:
no es necesario ahora que se ubique más allá del bien. Gracias a esta novela he podido comprenderle. Esa
es mi más grande ganancia como lector.

Muchas cosas podrían ser dichas desde dentro de las páginas de La muerte sin remitente; esta nota,
ciertamente, pudo haber sido más internalista. Pero es mejor leerla sin dictámenes, libremente, con gusto y
disgusto. Leerla a todo cuerpo, que es la forma en que su autor asume la literatura. He recorrido estas
páginas con Augusto y  Fonseca de principio a fin, envuelto en el hechizo de todas esas verdades que
contienen estas exactas mentiras y he hablado de ella a mis amigos con una exaltación que, por momentos,
me hacía enardecer hasta los 40 y ¼  grados.
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Bragado, Reinaldo. La muerte sin remitente. Arteidea Editores. Perú, 2003. 170 pp.

 

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