Rafael Rojas: la sutil comunión con la cubanidad
He tenido la suerte de ser amigo de Iván de la Nuez y Rafael Rojas, dos mentes privilegiadas de mi generación y de las cuales se puede decir que ya, en rigor, poseen eso que se da en llamar "obra". Sus itinerarios intelectuales se cruzan en un punto que hasta el momento ha sido básicamente de encuentro: ambos, desde un epicentro cubano, aspiran a lo universal debatiéndose entre cosmopolitismo y universalismo, que es su verdadero opuesto desde una perspectiva epistemológica y no, como se ha creído, el provincianismo, que procede también de manera "universalista". Solo el cosmopolitismo es diferente, y lo es por "relativista".
De la Nuez se graduó en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana en Historia, terminando al cabo por hacer un doctorado en Filosofía en Barcelona. Rojas se licencio en Filosofía, y opto por doctorarse en Historia por el Colegio de México. Han completado, cada uno a su manera, el ciclo que proponía la institución de la cual partieron; sin embargo, la aceptación de sus puntos de llegada entre sus antiguos profesores, colegas y ex-condiscipulos ha asido asimétrica. Mientras la debilidad de la comunidad filosófica insular ni se cuestiona el derecho de De la Nuez a trabajar en referencia filosófica, algunos miembros de la llamada Escuela de Historia, por momentos muy conservadora, se resisten, a pesar de todas las evidencias, a considerar a Rafael Rojas un historiador. Como se comprenderá, esto no se trata de un problema gnoseológico sino "epistemocrático", tiene que ver con las distribuciones de poder en el ámbito de las instituciones y cuya estrategia Kant revelara en EL CONFLICTO DE LAS FACULTADES. No creo que en este punto se pueda hacer mucho, a no ser, como decía Max Panck para el caso de la física, esperar la desaparición de las generaciones conservadoras. Dicho sea de paso que, en sentido estricto, el celo de esta Escuela de Historia llega al cuestionamiento de historiadores como Eduardo Torres Cuevas y Eusebio Leal, quienes se han tenido que inventar zonas de poder epistémico alternativo dentro de la historiográfica oficial y, en virtud de su consolidación, obligar a pactar. Un ejemplo: el prologo de Leal al DIARIO PERDIDO de Carlos Manuel de Céspedes le alcanzo para obtener un doctorado en historia en un "grupo de presión" (P. Feyerabend) que se acepto a duras penas la convincente tesis sobre Céspedes del estudioso cubano Rafael Acosta de Arriba.
Yo he presenciado discusiones acerca de la legitimidad que asiste a Rojas como historiador cubano; en verdad, han sido para mi tertulias tramposas. Aun cuando se acceda a reconocer que el estudioso es, ciertamente un historiador, el reconocimiento es relativo porque lo limita ; resulta que Rojas es historiador, pero no es solo un historiador. La profesora Aleida Placencia solía decir esto respecto a Julio Antonio Mella, decir que fue un "líder estudiantil" simplifica el problema. He dicho lo mismo de Fernando Ortiz, quien no era (solo) un antropólogo, un sociólogo o un abogado: era un poeta de la nacionalidad cubana. Malinovski le dice "funcionalista" tres o cuatro veces en el PROLOGO al CONTRAPUNTEO CUBANO DEL TABACO Y EL AZUCAR, pero enseguida agrega: "Ortiz trabaja con vena volteriana"; es decir, como ilustrado, intelectual, sentidor sutil de la cubanidad. Igual que Rojas.
Digo todo esto porque el autor de UN BANQUETE CANONICO, refiriéndose a su libro, le ha calificado como "incursión de un historiador en la literatura"; veredicto que acepto no como una revelación sino como un presupuesto. Este libro se estructura como unidad de naturaleza doble. Es ensayo de critica literaria y es antología de literatura; si Rojas lo permite, digamos que una "antología teleológica".
La primera parte se centra en una lectura del libro de Harold Bloom EL CANON OCCIDENTAL; establece presupuestos de análisis, aporta hechos "internos" y "externos" a lo propiamente literario que ayudan a una comprensión del problema planteado por el profesor de Yale, así como su propia respuesta; después se dispara hacia las cumbres de la "culturología" y la filosofía de la historia.
Todo esto, aderezado con lucidas y eruditas incursiones en el ámbito de la literatura cubana, nos va preparando para El Banquete, una conversación "construida" por el autor, con una tendenciosidad platónica, entre los seis escritores cubanos canonizados por Bloom: Guillen, Carpentier, Lezama Lima, Cabrera Infante, Sarduy y Arenas. Además de las sugerentes reflexiones de Rojas, se agradece también el archivo erudito de las opiniones que sobre sus obras intercambiaron, o se reservaron, los seis escritores que forman el canon
literario de Bloom.
Rafael Rojas descubre durante la "construcción" de la sobremesa todos los problemas que supone el mismo convite y que van, desde el tema civilizatorio hasta la rumoración cotidiana. En este extremo asoma una evidencia: el tema predilecto de los escritores cubanos es hablar de otros escritores cubanos; generalmente mal. A la manera en que había procedido John Rawls, ganando para la academia el tema de la envidia, Rojas alcanza a intelectualizar el "rumor", que Lezama había dejado a medio camino dentro de la poesía. Así nos habla de una "ética de la lectura moderna" y una "política(s) de la amistad"; con esto "adecenta" las querellas de la ciudad letrada y el objeto asoma sin rencor al investigador.
Con este libro Rojas deja el "streep tease" de la cultura insular en un punto definitivo; después de el se deben alcanzar ya, de una vez, espacios de sinceridad que desinflen las hipócritas reivindicaciones identitarias de la intelectualidad latinoamericana. Existe un canon de doble naturaleza, mercantil y académica; ese canon se dicta desde las zonas metropolitanas de poder epistémico y todo el mundo quiere participar en el: desde los economistas chilenos hasta Rigoberta Menchú, desde Ricky Martin hasta Fidel Castro. No hay tal "robo de cerebros" desde el punto de vista del cerebro hurtado: las elites del Tercer Mundo, en la era de la globalización, están en venta. Es cierto, Harold Bloom ignora hechos en su invención de Latinoamérica, pero en las inducciones estos deben ceder ante la construcción de teorías; son prescindibles, como pasa en las visiones románticas. Bloom se equivoca, a veces exagera, pero esta en Yale University, es decir, en el momento preciso y en la cátedra adecuada.
Recuerdo que un día lluvioso, mientras esperábamos en el apartamento de una amiga en México para asistir a una conferencia de Fernández Retamar, que al final evitamos, Rafael Rojas formuló la definición más completa y simple que he escuchado de la treta metodológica de Jacques Derrida: "Deconstruir es mostrar el montaje". Eso precisamente propone UN BANQUETE CANÓNICO, un estremecimiento de la identidad desde una experiencia púdica de lo cubano; un valiente esfuerzo de quien, como ha dicho Rojas de otro escritor cubano y que también aplica para el, sabe "congeniar la afectividad moral y el juicio crítico".
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Rojas, Rafael. UN BANQUETE CANONICO. Fondo de Cultura Económica, México, 2000. 164 pp.
Emilio Ichikawa (2001)