Pablo Medina y el “cross under”.
En su obra Sistemas sociales Niklas Luhman había recurrido a los trabajos
del biólogo Humberto Maturana y el neurobiólogo FranciscoVarela para poner a
funcionar en una concepción global de la sociedad el concepto de “autopoyesis”.
Autopoyéticos serían los sistemas autorregulados, capaces de nutrirse de sus propias
disfunciones; disfunciones que, por acabar colaborando con dichos sistemas, no serían
tales.
Estas cuestiones de “segunda generación frankfurtiana” tendrían una continuidad con el
programa de creación sociológica lanzado por la escuela un tiempo atrás: ¿cuáles son los
límites del capitalismo tardío?. Constituye efectivamente todo un problema: si el sistema
puede autorregularse manejando sus propias disidencias, entonces el capitalismo sería
incontestable y paradójicamente habría alcanzado por medio de la historia su fase natural.
En conclusión, la revolución se haría imposible; y esa imposibilidad evidente desde el
momento en que ninguna fuerza insurgente se niega a pagar impuestos: aún los artistas
más contestatarios colaboran con el presupuesto.
En estas coordenadas, el llamado “cross over”, es decir, el paso de un artista o una obra
de arte desde una zona subordinada a otra de dominancia, se convierte en un movimiento
demasiado explícito; mientras, el movimiento “under ground” en algo demasiado
hipócrita. Lo “under ground” está excesivamente pegado a la superficie para ser
realmente “alternativo”; todo el tiempo se coteja, se brinda a la seducción y trata de
incorporarse al valor dominante; de ahí la paradoja de su periódico y autodestructivo
reconocimiento.
Para entender el trabajo de Pablo Medina, escritor nacido en La Habana cuya obra se ha
producido básicamente en inglés, es pertinente entender el movimiento de “cross under”;
en el caso de Medina, la presencia literaria cruza el túnel y no el puente, no pulsa la
superficie desde abajo sino que se muestra en ella de una vez, como hecho consumado,
dejando oculto el proceso que llevó a la manifestación.
Medina nos hace ensayar la ceguera; vela sus signos y puede permanecer a nuestro lado
sin siquiera insinuar su extrañamiento. Una de sus “performances” que más me ha
afectado: le he escuchado o leído en cuanta fecha cubana o latinoamericana existe, hemos
conmemorado aniversarios y aparentado cercanía, siendo al final Pablo Medina un
escritor que sobrepasa sus marcas de nacimiento. Y lo que es más radical: nos entrega
una novela llena de hallazgos lingüísticos, un texto abundante en signos y símbolos de
criolla etimología, un recuerdo escrito ligado a la historia insular pero que, como
resultado, aplica como una historia universal de amor escrita en idioma inglés.
Me refiero a la novela El forjador de puros (Nueva Imagen, México, 2005), que es la
traducción al español (Roberto Andrés Haas García) de The Cigar Roller (Grove Press,
USA, 2005).
Este libro de Pablo Medina es la historia del forjador o torcedor de puros (tabacos)
Amadeo Terra. La novela se mantiene interesante todo el tiempo, algo que la diferencia
de otras novelas y, sobre todo, de ese tipo de cuento contemporáneo que sacrifica todo al
logro de un sorprendente final. Hay descripción de pasiones, alusiones históricas,
evasiones políticas, todo bien enhebrado hasta que ya hacia el final, en la página 147, se
hace una grave revelación que pone en entredicho la justicia del personaje Amadeo Terra:
“Yo lo maté. A tu propio hijo. A mi propia carne y sangre que nunca amé. Jamás amé a
alguien. ¿Ni siquiera a ti mismo? No. ¿Y a Julia? ¿Y a tus hijos? No. Y ellos lo sabían;
por eso nunca vienen a verme.”
Esto se dice Amadeo Terra en el asilo Santa Gertrudis, la estación final del exilio
tampeño, y la confesión nos hace creer que si no hay justicia poética por lo menos se
ensaya una venganza literaria. Para el lector que sabe de la excesiva carga biográfico-
testimonial que padece la literatura de nuestros días, este parlamento se torna impactante.
Sin embargo, resulta conmovedora la evolución que a lo largo de la novela tiene el
tratamiento de la relación entre Amadeo Terra y su esposa Julia. En este sentido es
posible dudar de las citadas palabras de Amadeo pues en cuanto a Julia, uno percibe que
a pesar de todo existió alguna ternura, cierto querer, al menos un sentido. Ese sentido
estoico que transpiran los martirizados pero duraderos matrimonios tradicionales.
Amadeo está cercado por su pasado y su presente. Vive entre el recuerdo utópico de su
existencia insular y el achacoso presente en Santa Gertrudis; Amadeo está atrapado entre
la vivencia y la sobrevivencia. En esas evocaciones se deslizan hallazgos discretos,
incluso algunas “tesis” emanadas de una experiencia duradera; como aquella inapelable
que alcanza a ligar la historia insular más a lo patético y ridículo que a lo trágico y
sublime.
Lo que marca la sobrevivencia de Amadeo en Santa Gertrudis es el desamparo ante una
evocación enfática; ese recuerdo alcanza a veces el goce y también la ternura,
permitiendo al lector manejar cierta irritación con el personaje. En este sentido, a
diferencia de Boarding Home, de Guillermo Rosales, que conduce al vértigo
balanceador, El forjador de puros nos lleva a la compasión; acaba mostrando, en medio
del camino hacia la muerte física cuya insignia es la decadencia, ese costal poético que
contiene el error familiar.
A pesar de todo su desmarcaje identitario, resulta curioso (incluso simpático) ubicar en la
escritura de Medina los símbolos fatales de la cubanidad, huellas de un acta de nacimiento
cultural que implica palabras, frases y hasta párrafos “ambiente”. Descubrimos, por ejemplo,
la martina desconfianza en el mar y también una geografía confesional: “A pesar de ser una
isleña nativa, desconfiaba del mar y sentía que nada bueno podía provenir de él.” (p.19). En
este punto, además del famoso y crítico verso “El arroyo de la sierra me complace más que el
mar”, Medina casi alcanza a repasar el poema martiano “Odio el mar” y el tema de la
desconfianza, personalizado en su novela por un personaje insinuado: la abuela de Julia. Hay
cubanidad literaria cuando el autor describe los peculiares olores de Julia (pp. 46-47) o una
celebración con abundantes signos de identidad (p.105), algo muy coherente con el
epicureísmo contextual en que se ubica filosóficamente el ambiente de la novela. (p.86)
Es curioso cómo las narraciones noveladas ceden a los sueños positivistas
de precisión. En El forjador de puros, por ejemplo, aparece una “definición” de
Tampa: “…un pueblo adormilado e infestado de mosquitos que sólo contaba con
setecientas almas.” (p.23); un diagnóstico del estado sensitivo del personaje: “Amadeo
Terra no siente nada; recuerda todo.” (p.27) Un recuerdo de estilo “funesto”, exacto y
singularizador, como el que mezcla labios, sinsonte, miedo, naríz, guerra … (p. 54).
Pablo Medina nos pasa de contrabando temas de alta elaboración conceptual; lo hace
cuando sus personajes aluden a “la vanidad de Martí” o Amadeo Terra se
pregunta explícitamente (aunque es cierto que con reticencia): “¿Qué significa ser
cubano?”. (p.57); mas por encima de esos encumbramientos, El forjador de puros es una
historia de amor, un libro amable que cautiva con su historia y nos adorna un viaje, un
café, un alma ansiosa de eventos.