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| Osvaldo Navarro: el derecho a mentarle la madre a los tomates. La felicidad es una pistola caliente. John Lennon. La libertad es poder mentar la madre de los tomates. Osvaldo Navarro. A diferencia de trabajos anteriores, en los que a falta de señas hay indagar con prudencia para remitirlos cronológicamente, en la novela Hijos de Saturno (Edit. Debate. Madrid. 2002) Osvaldo Navarro (Santo Domingo, Cuba, 1946) desperdiga pistas que nos hablan de la época exacta que le determina perspectiva y escritura. Se trata del momento de resumen de la experiencia histórica castrista, aquel en que la formalidad revolucionaria se conserva pero al costo de un revisionismo político, intelectual y sobre todo ético que parece cuestionar la prédica inicial del proceso redentor bajo el que se formó el escritor villareño. En sentido general Navarro se afilia a la sensibilidad romántica de la historia revolucionaria, considerando que el presente no es más que una degradación ilegítima de una gloria inicial, de una edad de oro de la revolución cubana representada por los años 60s. Algunas de sus criaturas literarias, como el guerrero Gustavo Castellón Melián de El Caballo de Mayaguara (La Habana, Edit. Política.1984) o el Comandante Eustaquio de la Peña, de Hijos de Saturno, piensan lo mismo que él. Hay guiños que fijan esta novela a la época del derrumbe del comunismo internacional como forma de entender una estructuración estatal y nacional; digamos que del “comunismo del siglo XX”, evento que obligó a las élites intelectuales cubanas a una revisión de fondo de la biografía individual. De esas revisiones resultaron diversos y hasta contradictorios saldos. Por ejemplo, el escritor Jesús Díaz, ya fallecido, dictó respecto al significado histórico del proceso: “...una revolución que no necesitábamos.” El trovador Silvio Rodríguez, sin decir una cosa o la otra, hizo un acto de fe: “Yo me muero como viví.” Por su parte Osvaldo Navarro considera, a juzgar por sus novelas El Caballo de Mayaguara (1984) e Hijos de Saturno (2002), que la revolución cubana de 1959 fue un evento necesario, pero que se malogró por caer en las peores manos. Navarro no aclara sin embargo si ese errático mecanismo de selección donde sobreviven los “peores” o “menos dotados moralmente”, es una deformación frente a la que la misma revolución fue víctima o, por el contrario, una herramienta consustancial (un epifenómeno) que en un inicio sus artistas e intelectuales no fueron capaces de percibir. La referencia al mito de Saturno, quien se traga a sus propios hijos, reforzada en la edición por un detalle del cuadro homónimo de Goya, así como por el epígrafe de El paraíso perdido de Milton con que se inaugura el texto, ya nos adelantan la tesis general del autor. Hijos de Saturno es la historia, digamos la tragedia, de una persona que es devorada por aquellas mismas cosas en que un día creyó. Técnicamente tiene que ver con esa narrativa testimonial, esa literatura de la memoria que tanto ha marcado la novela cubana de las últimas décadas. Navarro, poeta y periodista, encuentra en ese género un sitio cómodo desde el que emitir sus credos de artista; sin embargo, considero que es también un método creativo que lo aguanta demasiado; es decir, que limita el vuelo del verdadero artista. A diferencia de El Caballo de Mayaguara, cuyo personaje es diáfano, convicente, y que como libro emerge naturalmente de una época precisa y se inscribe con fuerza en otra hasta el punto de que toda la generación de los `80 le tiene al menos como un título familiar, el Comandante Eustaquio de Hijos de Saturno tiene demasiadas aristas “postmodernas”, regustos del momento que nos lo hacen más rebuscado que misterioso. De ninguna manera encantador. No importa que la novela sea de carácter testimonial: el encanto puede escasear también en el ámbito de lo real. Por demás supongo que, aunque está justificado, no me gusta como lector, sobre todo como lector de Osvaldo Navarro, que aparezcan de manera tan fácil temas del “instante” (2002) como las jineteras, las minorías, las religiones afrocubanas, La Habana, el exilio, la conversión comunista otra vez vinculada a la eterna excusa de enfocar la revolución castrista como una fatalidad posbatistiana. Me da la impresión que con estos tópicos Hijos de Sarturno queda ubicada muy explícitamente en las apetencias de lo temporal. Sintoniza muy cómodamente. Quisiera aclarar que los lances comparativos entre las referidas novelas del autor están justificados al menos por estas razones: a-Por la familiaridad procedimental que hay entre ellas; se trata, en ambos casos, de testimonios novelados. b-Porque, en efecto, son resultados del coherente universo intelectual de Osvaldo Navarro. c-Porque hay una afinidad biográfica entre sus protagonistas; referida incluso explícitamente en Hijos de Saturno: El Comandante cabalgó toda la noche bajo chubascos intermitentes, y sólo a media mañana del siguiente día logró encontrar a quien buscaba, un hombre conocido como el Caballo de Mayaguara, al cual lo unía una amistad mantenida en silencio, como si no existiera, pero sostenida por ambas partes con suficientes muestras de voluntad... (edic. cit. P. 22) Por demás, es precisamente esta edición de Hijos de Saturno quien aclara el destino oculto del personaje más conocido de Navarro. Dice el libro en su “Breve explicación final”: El Caballo de Mayaguara (Gustavo Castellón Melián). Se destacó sobremanera en la lucha contra los adversarios de la revolución en el Escambray. A principios de los años 80, se ahorcó, colgándose de una cuerda de enlazar vacas, de un arquitrabe de su casa en Cumanayagua. (p. 302) La historia del Comandante Eustaquio es sorprendente y por lo mismo un tanto ajena. En cualquier caso, uno no alcanza a querer a este personaje; es demasiado rudo, demasiado creído de sí mismo. La sabia ternura de los padres del Comandante, y la independencia social y moral de Engracia Leclerc-Magdalena Chamiso, la mulata griega (tiene sorprendentes ojos claros), son los caracteres más felices de este libro. Las premoniciones ecologistas de este comandante guerrillero resultan raras y un tanto desacomodadas a su rusticidad (que a veces llega a ser familiar guapería); para no hablar de sus opiniones y experiencia con las mujeres, atravesadas por un machismo bastante ordinario aún en el contexto del estereotipo criollo. Por momentos, y con mucha discreción, Navarro intenta ser su propio crítico deslizando en la novela opiniones sobre el arte de escribir, refiriendo obras y documentos, concluyendo que, en fin de cuentas, el verdadero protagonista de esta trama, y del mismo proceso revolucionario, es el lenguaje. Y como se trata de un verdadreo poeta, Hijos de Saturno es también un ejemplo del uso conveniente del idioma (aunque los “españolismos” adulteren el alcance de algunas frases). Navarro dice lo que quiere de la mejor forma que quiere. Juega con las palabras, las arma y desarma, asalta las etimologías. Hay un momento, cuando describe Topes de Collantes y refiere la tuberculosis, en que dibuja lo obsceno a la altura de José Donoso. Y otro, que no puedo dejar de referir, en que inserta una décima que es una de las composiciones de amor más hermosas de nuestra literatura: La mariposa a tu pelo sube volando y se posa, como si la mariposa supiera dónde está el cielo. Feliz el que su consuelo encuentra en ti que lo pierdes. Feliz cuando la recuerdes, hombre de daga de lirio, si vives con el martirio de cultivar ojos verdes. (p. 41) Hijos de Saturno, en todo caso, no es el libro de Osvaldo Navarro. Su genio poético (además de Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, Navarro es de los pocos que son reconocidos como poetas por los sectarios repentistas criollos), su honestidad intelectual, su agilidad periodística, su paciencia profesoral, su cultura literaria y, por último, esa intensidad biográfica que hoy satura con su descomunal experiencia exiliar en Miami (cápsula pre-moderna desde la que miramos la postmodernidad), le han hecho ya inservible ese género de narrativa testimonial tan socorrido para los novelistas indecisos. Vendrá ahora el bardo, el demiurgo, el poeta definitivo o la novela total. Dios no es fútil y sus lectores y amigos no se conformarán con menos. Navarro, Osvaldo. Hijos de Saturno. Edit. Debate, Madrid. 2002. ISBN: 968-11-0561-3 302 pp. Emilio Ichikawa. Sept. 2005. |
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