Nilo Cruz: la maestría imperturbable.
Traducida al español por Nacho Artime y el propio autor, Anna in the Tropics (Nilo Cruz, Premio Pulitzer, 2003)
continúa siendo, imperturbablemente, como documento escrito, aquello que sin rubor suele llamarse una obra
maestra. La pérdida de la mayúscula del locus congregante, o algunos giros incómodos en los diálogos (“¿Será
ese el barco que se ve allá?”), no hacen más que confirmar esa maestría.
Ana en los trópicos (Theatre Comunications Group, New York, 2004), como decía, es una obra maestra. Como toda
obra maestra, la pieza estelar debe exhibir algunas fisuras que testifiquen, además, su capacidad para superar las
conmociones. La más notable: la meada de Marela en la primera escena, acerca de la que el autor apunta que
“Todos se dan cuenta de lo ocurrido”.
El texto de Cruz merece un semestre. Referencias ocultas, subtextos (mucho más interesantes que los que hace
explícitos la edición), analogías civilizatorias, dialéctica de la actuación teatral… es insondable el material al que se
puede aspirar desde un posicionamiento en estas páginas. Por demás se logra intercalar temáticamente, sin ser
forzados, la mayoría de los elementos que requiere una obra para tener “éxito” en el mundo de hoy: desde la historia
hasta el sexo, desde el suspenso al aforismo moral, desde la técnica de la escritura hasta la relación dramatúrgica
lector-oyente-personaje, desde la misología hasta el homoerotismo. Algunos parlamentos se tornan muy exigentes
desde el punto de vista interpretativo; como este párrafo perteneciente a la versión que Conchita le ofrece a Palomo
acerca de sus relaciones con Juan Julián: “Su cuarto se volvió un teatro, y su cama un escenario, y nosotros los
actores. Entonces le pedí que interpretara mi papel, que él se volviera yo. Y él hizo tal como le pedí. Fue como si
estuviera haciendo el amor conmigo misma, porque él sí sabía qué hacer, adónde ir y adónde llevarme.” (p.65)
Ybor City, 1929. Una familia de emigrados cubanos en Tampa maneja una fábrica de torcer tabacos en el límite de
la tradición y la modernidad del oficio. En el micromundo imaginado por Cruz se reproducen todas las tensiones
humanas, el odio y el amor, el ejercicio de poder que revuelve las historias del mundo.
Cruz concibe a Juan Julián, el último de los lectores de tabaquería, y compendia en los debates de oficio el signo de
los tiempos. ¿Cuál es el propósito de la lectura de tabaquería? Una “hermosa tradición”, afirma el propio Juan
Julián manejando un argumento válido pero insuficiente. Insuficiente al menos para Cheché, Chester, que en este
asunto no es solo otro personaje sino, como dice Conchita, “otra cultura”.
Cheché es uno de los personajes más convincentes y orgánicos de la obra. Sus posiciones son auténticas y están
avaladas tanto por un sentido filosófico-instrumental de la vida, como por una experiencia personal: traer otro lector
a la fábrica es acercar un rival en amor y es, además, botar el dinero en una actividad fútil. En la escena primera del
Acto II Cheché y Palomo sostienen un diálogo que implica el sentido de la historia. A pesar de que Cheché no es un
personaje “simpático”, sus parlamentos logran ser muy persuasivos.
En ese mismo pasaje, curiosamente, Juan Julián tiene un parlamento defensivo bastante errático: “Evidentemente
no soy indio, pero como lector me siento un pariente lejano del cacique que le traducía a su tribu los mensajes
sagrados de las deidades.” Una ubicación demasiado asimétrica, un tanto “incorrecta”.
Existe una interpretación filomarxista (tan suspicaz como las visiones postestructuralistas del poder) de la lectura de
tabaquería según la cual los dueños de las fábricas accedían a esta actividad como un medio de racionalidad
económica; según este criterio, la lectura ayudaba al aumento de la productividad y la asistencia a la fábrica, toda
vez que el trabajador quedaba atado emocionalmente por el “qué va a suceder mañana”. Por supuesto, los
personajes de Cruz tienen motivaciones más interesantes y las discuten abriendo la tercera escena.
Por si fuera poco, en medio de esta historia pasional que es Ana en el trópico, el autor nos (se) divierte deslizando
un “debate canónico” acerca de la literatura: ¿cuál debe ser el canon literario de una tabaquería?:
“Palomo: A mí me gustan los cuentos de amor.
Marela: Y a mí también.
Cheché: Pues yo prefiero una novela policíaca.
Marela: Esas no tienen calidad literaria, Chéster.”
Como documento re-escrito (traducido) Ana en el trópico, de Nilo Cruz, es también un hermoso poema. Se trata,
como arriesgábamos al principio, de una obra maestra. A veces solo basta con reconocer el hecho. Y celebrarlo.