| Trama: historia, amor y conspiración. (Una novela de Carlos Alberto Montaner). Se trata de una novela. Vale aclararlo porque es una de esas que son escritas por hombres de pensamiento rotundo y, cuando eso acontece, suele el género ser utilizado como pretexto para exponer doctrina. Pero a veces la inteligencia honra el arte, como no deja de certificar Milán Kundera cada vez que habla de Jack, el fatalista, de Diderot. Algo que no sucede, por cierto, cuando comparece Cándido o el optimismo, de Voltaire, que para peor destino ni siquiera se utiliza en las aulas para exponer su pensamiento sino el de Leibniz. Quien lee Trama (Plaza & Janés Edit. Barcelona, 1987) de Carlos Alberto Montaner, tratando de corroborar lo contrario de lo que aquí felizmente he dicho, se da por vencido definitivamente en la página 248, cuando comprende que debió disfrutar sin recelo esta obra de orfebrería narrativa. Si el lector pudo prever la importancia narrativa que tendría el sexo del último hijo de Paola, ha de reconocer que es sorprendente la forma en que Montaner prepara la situación que hace posible que Mr. Stein se entere del destino de su esposa en La Habana. Existe, en efecto, una “disgresión” en torno a las diferentes formas de lucha revolucionaria barajadas en la insurrección cubana durante sl siglo XIX: el enfrentamiento armado abierto y el golpe focal, legitimado en el mejor de los casos (este de la novela) por la ideología anarquista. Es también cierto que durante la lectura uno reflexiona acerca de que, quizás, el atentado a Cánovas del Castillo o la voladura del Maine significaron históricamente mucho más que las estructuras económicas, la emergencia del nuevo imperialismo norteamericano o la llamada “decadencia española” (no deja de ser una obra inteligente y culta); pero temas como esos no buscan valer por sí, significan novelísticamente algo cuando acaban aportando una solución al sorprendente hilo argumental. Resulta que esa disputa táctica y teórica acerca de las formas de lucha revolucionaria se da en el seno del grupo de Víctor Rey, un connotado conspirador que había sido capitán durante la primera guerra contra el dominio político español sobre la isla. Algunos, convencidos de que ya a fines de los `90 la insurrección armada abierta es más viable que la conspiración grupal, abandonan al capitán (y marqués titulado) Víctor Rey y se incorporan a la tropa del coronel Baldomero Acosta (nombre de patriota, aunque suene a bandolero). Son precisamente ellos la fuente de la información que llega a Jacksonville y permite que Stein se entere de la verdadera identidad de Trama (el capitán Rey) y, por consiguiente, da licencia a la novela para que siga con credibilidad hacia delante. Aunque el libro garantiza al final que se trata, en lo fundamental, de la novelación de una historia real, la veracidad de la narración le viene a Trama de la coherencia novelística; de su propia lógica, rocambolesca pero posible en todos los momentos. Es, a la vez, una historia de amor, de aventuras, de suspenso; una lección de historia de Cuba que va más allá de lo hipotético aunque parezca irreal. Es también una reflexión acerca de la psicología del exilio llevada esta vez más allá de lo político: “…como si una súbita relación amorosa fuera el mayor antídoto contra el exilio y el desarraigo.” (p. 28) Y es así por una simple ley del dolor humano: la pena de amor cura la pena política porque la excede. Se pueden seguir las huellas generales del pensamiento del autor, pero esta vez en guiños; en reminiscencias lingüísticas o en evocaciones de lecturas, por ejemplo, cuando usa el verbo “desovar”, tan significativo por su extraño uso fuera de la ictiología, sobre todo si es para referirse a un tema civilizatorio como lo es la fundación de los Estados Unidos de América a partir de la simiente demográfico-cultural inglesa. En Trama destaca el personaje Paola desde varios puntos de vista. Uno de ellos es muy actual: la relación que puede haber entre la mirada de la mujer y la crítica a la revolución como parte de un estilo general que busca la trascendencia por rumbos menos grandilocuentes. Si bien la crítica al revolucionarismo en la reciente historia cubana tiene índices estadísticos muy específicos, también puede captarse en una cierta sensibilidad social remitida al arte. Cuando las noticias de la Perestroika de Gorbachov llegaron a Cuba, se despertó una simpatía reflejada, por ejemplo, en la gran acogida que tuvo el film ruso-soviético El mensajero, donde un personaje reformulaba la gran socialista-revolucionaria en dirección centrípeta: “Yo quiero ser un cero a la izquierda”. (?un cero en la izquierda?). Un dramaturgo cubano reescribiría una Medea criolla en esa clave, una nueva heroína que salva a sus hijos y les exige que fueran tontos, pero felices. En Trama el personaje de Paola, quien fuera una mambisa en la guerra de 1868, es constantemente victimizado por unos ideales que, si bien tratan de buscar la redención de la humanidad, se muestran totalmente torpes en la viabilización de la felicidad personal. Es ella quien pronuncia frases que, junto al desaliento político, muestran un gran apego a la vida: “…mi hijo no va a nacer en una celda y nunca, nunca dejaré que intente convertirse en revolucionario, en rebelde, en anarquista, o en cualquiera de esas palabrotas que me han hecho sufrir desde que era niña… Quiero paz, ?oíste?, quiero paz que no puedo más. (pp. 46-47) Paola, en fin de cuentas, es un personaje que vive en un exilio newyorkino a fines del siglo XIX, que es parida por un escritor exiliado y, sin embargo, está compartiendo la sensibilidad postrevolucionaria que muchos rusos, polacos, caboverdianos y cubanos ostentaban ya a finales de los años `80 del siglo XX. La política es capaz de sincronizar las sensibilidades más dispersas. En esta novela Carlos Alberto Montaner alcanza por lo menos tres cosas más. Presenta la historia de Cuba en una interrelación internacional que rebasa el tópico. Son intereses que se entretejen, destinos que se cruzan, pero igual pasiones que viajan de un lado a otro y tienen en lo político apenas un contexto de realización. Es precisamente esa percepción quien le permite presentar el tema, tan actual, de la comunidad cubana en los Estados nidos como una suerte de ghetto federal plagado de suficiencias y posibilidades. Por si fuera poco, Montaner también consigue tiempo para presentar libros, definir ideologías, ofrecer algunos datos inencontrables en otra bibliografía (aún la especializada) y hacer algunas bromas gremiales; como cuando supone el destino que esperaría a una tabaquería de Tampa en el siglo XIX si se hubiera leído a sus empleados el libro Los meses duros, de J. Díaz; que seguramente no es otro que Los años duros, conocida obra del escritor cubano Jesús Díaz. La lectura de tabaquería, por cierto, puede ser igualmente “deconstruída” en su interpretación altruista habitual si creemos al personaje que asegura que ella ayudaba, entre otras cosas, a garantizar la asistencia de los trabajadores pues quedaban prendidos a la “trama” como si se tratara de un novelón; además, permitía la concentración de los torcedores y el gusto por un trabajo de naturaleza mecánica y rutinaria cuyo objetivo final era la extracción de plusvalía. (!Aplausos marxistas!). Cada libro tiene su momento. Creo que esta novela de Carlos Alberto Montaner, Trama, tiene un buen futuro y muchísimos lectores esperando. Luces frescas, genuino placer intelectual, como si Shakespeare, Locke, Willkie Collins, Virginia Wolff y Arthur Conan Doyle, volvieran a estrechar sus manos. Emilio Ichikawa. Abril-2005. |
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