Milena: aviso y maravilla.

Todas las tardes, mientras entrenaba en el estadio de la Universidad de La Habana, veía pasar a una
hermosa muchacha azorada de prisa desde la colina que bordea la pista de atletismo, exactamente frente al
hospital Calixto García. Ella cubría desde entonces un destinal itinerario entre la Facultad de Letras y la
Facultad de Psicología.

Además de amigos, en Letras Milena tenía un padre, un maestro ejemplar: el poeta Guillermo Rodríguez
Rivera. En Psicología era estudiante de filosofía del profesor Alexis Jardines, el pensador cubano con más
vocación especulativa que yo he tratado alguna vez.

En estos cruces forjó una disposición mental amenazada por dos virtudes: la belleza y la inteligencia; y una
carrera escoltada por dos abismos: la medicina y la poesía, el verso y la terapia. Después de graduarse en la
Facultad de Psicología se consolidó intelectualmente en un grupo de psicoanálisis de corte lacaniano que es,
con seguridad, la comunidad intelectual más coherente emergida en La Habana en los años 90.

En sus memorias Mi último suspiro, después de calificar al Surrealismo como un movimiento moral, Buñuel
advierte que no puede entenderse ese grupo si no se toma en  cuenta que todos, desde Dalí hasta supongo
que él mismo, eran gente guapa. Lo mismo sucedía con aquel grupo de psicoanálisis lacaniano de La Habana:
no se puede comprender la apertura intelectual e institucional lograda, su simpatía internacional y su
aceptación local, sin el dato sociológico de la hermosura de aquellas mujeres y aquellos hombres alegres y
talentosos.

Milena Rodríguez formaba partede ese grupo. Entre sus colegas destacaba por preferir el análisis literario a la
vertiente clínica; aunque manejaba, por supuesto, las ténicas de la terapia analítica. Hicimos el viaje Habana-
Madrid juntos por casualidad, en el mismo asiento, y desde entonces sabía que, como el héroe bíblico, llevaba
dos patrias en su seno: la poesía y el pensamiento reflexivo.

Tensado entre esos ademanes aparece el poemario Alicia en el país de lo ya visto (Granada, 2001) que se
sitúa con mucha suerte en un marco sensitivo predominante de crítica feminista, sensibilidad social y anhelo
reivindicativo. El afán de mujer, esa visión del hombre que a  veces roza la imagen del enemigo vale en sus
palabras por presentar tres créditos básicos:

-Autenticidad.
-Fuerza.
-Belleza.

La fuente de esa autenticidad es doble. Una imaginación poderosa y una experiencia personal imposible de
alcanzar sin esas dotes de talento y hermosura que he apuntado con anterioridad y que, partiendo de Buñuel,
integro decididamente como un elemento estético. Hoy en día, como nunca antes, la obra esta conectada
directamente a la misma corporalidad (o “fisicalidad”) del artista.

La fuerza emana de fuentes semejantes, y se consuma cuando se enlaza a un uso radical del lenguaje. Hay
desafíos poéticos en este libro que, por versos, alvanza a veces la intensidad del descaro. Por supuesto, nada
de esto tendría  valor sin la belleza, es decir, sin el trabajo aplicado de los textos.

El libro está formado por cuatro cuerpos poéticos: Puta de papel, Memorias del subsuelo, Dar la vuelta al
mundo, Otra vez el mar. Se viaja en ellos desde la sensitividad feminista de la primera persona hasta el asomo
final de lo político; pasando por tópicos de la poseía occidental como son la soledad y la muerte, tema explícito
de Memorias del subsuelo.

Fuerza hay en el poema “Puta de papel”, que es una suerte de agresión  profesional expresada bajo un estado
de pasión sana. Desde el mismo tópico feminista, sale de él hacia una tensión genérica con la escritura:

“Mas la vocación no hay quien la vista
con disfraz:
me he vuelto una puta de papel
(el papel no falta nunca).”

En Milena, a diferencia de otras escritoras que emiten sentido poético desde una sensibilidad feminista, el
hombre, incluso el hombre anatematizado o relegado (a través de la reflexión o la ironía) es, o cuando menos
ha sido, un hombre amado. No hay un desdén (no lo veo yo) por el ser masculino, sino por ciertas conductas
desdichadamente convertidas en hábitos, en rutinas del género: la resistencia a la admiración, la incapacidad
de amar niveladamente, el miedo a la exposición. Milena capta todo esto y lo desecha, lo tira con  fuerza y sin
maldad. Hay incluso como cierto dolor resignado en la constatación de estas simplezas masculinas; afloran en
“El reposo del guerrero”, “La princesa encantada” y “El llamado de la selva.” Este último poema presenta un
cancansio explícito ante la previsibilidad masculina y el  rol determinante de la mujer en la tradicional ficción
de la “conquista” masculina:

“A mí déjenme sola en mi jaula:
voy a sentarme
a morder mi corazón despacio,
bien despacio,
para no tener nunca
que volver de cacería.”

Se encuentran por doquier temas disciplinantes de la poesía occidental como la soledad y la muerte. La
sección Memorias del subsuelo presenta el tema de la muerte en dos dimensiones fundamentales: la muerte
física y la inercia, ese dejarse llevar que establece la muerte por cansancio o comodidad. Aquí es necesario
apuntar que el tema de “los muertos que andan” es una obsesión del arte bajo una revolución; Milena,
seguramente, lo ha conocido en la generación de escritores y trovadores bajo los que se formó en Cuba y, de
alguna manera, en esa sensibilidad altruista y redentorista que es posible encontrar en algunos ambientes
intelectuales del sur de España. La siguiente estrofa del poema IV de Memorias del subsuelo me recuerda a
Silvio Rodríguez citando a Brecht en la canción   Sueño con serpientes, de su disco Días y flores:

“No se puede negar que son prudentes:
llevan tres, cinco, siete muertes en el alma,
y si les falta alguna,
van corriendo a meterse dentro de la otra.”

En el libro aparece también la nostalgia, el amor a lo diferente, las reminiscencias de islas y, finalmente, en la
última sección titulada Otra vez el mar, todo el desasociego vital anterior, la predominante experiencia
femenina, con evocaciones políticas y referencias literarias intelectual de notable rango. Aquí la escritora es la
mujer que dialoga con Sor Juana Inés de la Cruz y Alfonsina Storni; que pueba a ser Eva, Lilith, Lesbia, Cinthia,
Helena; o mujer de un político de partido que “puede pasarse nuestro corazón/ por su mismísima célula.”

Con
Alicia en el país de lo ya vivido Milena Rodríguez  avanza hacia la consolidación de una obra literaria
que incluye la edición, la antologación y serios lances en el ámbito de la reflexión crítica. Los lectores de este
libro comprenderán la seguridad que nos reporta apostar por ella.

Emilio Ichikawa.
New York. Jan. 2003.
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