volver
menu
Miguel Fernández: el cierre de la “desmitificación” martiana.
(Acerca de un libro sobre la muerte de José Martí).


                               Una higuera pensando en una higuera se hace
                               fructífera.

                                        (Proverbio árabe de Emerson).

Hace ya más de una década parte de la intelectualidad cubana inició, o retomó, un programa que pudiéramos reconocer
como de “desmitificación” o “deconstrucción” martiana. Se trataba de un proyexto polémico, pues contestaba la
sacralización oficial de la figura que el gobierno cubano y sus ideólogos utilizan para dar cobertura, digamos que un
poco de decencia, a sus políticas. Tuvo al menos tres inspiracciones fundamentales:

1-El amparo teórico de lo que se llamó “postmodernismo”, que contenía en su paquete de propuestas el
cuestionamiento de los discursos legitimantes. La conocida “deconstrucción”, que fue un lema más que un método,
alcanzó sobre los ideologemas martianos algunos de sus pocos saldos efectivos.

2-Las propuestas de microhistoria, historia inmediata, minoritismo, feminismo, culturalismo y sociologismo que hicieron
las escuelas francesa y norteamericana en La Habana de los años `80 y sobre todo`90, y que bajo cierto signo de
novedad llevaban al cuestionamiento de los valores estructuradores de la historiografía cubana más ortodoxa.

3-La saturación generacional con una “martianidad” usada como ideología y “texto sagrado”.

Este programa alcanzó al arte, al periodismo, la historiografía y otras zonas del pensamiento. Llegó a ser de índole tan
plena, que se convirtió finalmente en una moda: todo el mundo llegó en algún momento a considerarse portador de “ un
nuevo Martí”. Quisiera por tanto atreverme a diagnosticar, ante todas las evidencias y resultados, que aquel programa
que llamaba a desmontar el mito martiano ya se ha satisfecho; insistir en él no es entonces novedad sino exceso.
Indiferencias o búsquedas más audaces nos esperan.

La audacia de la indiferencia estaría dada por la evidencia de que por mucho que nos harte Martí, la política cubana ha
adquirido en él uno de sus códigos fundamentales. Después de todo, Martí es como una clave de intercambio, un
lenguaje: hasta una jerga. Es casi imposible hacer política práctica en Cuba sin apelar a una demagogia disfrazada de
martianidad. Es una fatalidad. Desde el punto de vista pragmático, incluso del “marketing”, cualquier político cubano del
futuro deberá venir en nombre de José Martí, propóngase lo que se proponga. La audacia de la búsqueda se refiere al
carácter irrenunciable que tiene su legado, el más alto en el marco de la cultura cubana y frente al que no se puede ser
más que continuador; incluso en la ruptura o en la referida indiferencia.

Después de haber repasado críticamente ese período tan afanoso de cuestionamiento del mito y las solemnidades
martianas, sobre todo de aquellas que tenían una intencionalidad ideológica (que abarca incluso a las que se hacen,
usando a Martí, en contra del Martí de Castro), creo que el rol simbólico de “cierre” y “salida” de esa etapa se puede
asignar al libro de Miguel Fernández La muerte indócil de José Martí (Edit. NPC, Miami, 2005).

Un proceso análogo al que refiero se llevó a cabo en la Universidad de La Habana a mediados de los `80 con el legado
marxista. En torno al mismo recuerdo una interpretación con pretexto filológico que el profesor Alexis Jardines realizó
sobre la obra de Federico Engels traducida como Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. El profesor
Jardines se interesaba en que la palabra alemana “aufgang”, traducida en el título como “fín”, significaba más
exactamente “salida”. Según su lectura, en la filosofía clásica alemana se encontraba no solo el “cierre”, sino además
las nuevas alternativas a que podía apelar el saber discursivo para sobrevivir entre las nuevas exigencias de la
modernidad. La propuesta de Jardines, sin dudas de mayor alcance, se movía contra un espíritu antifilosófico que se
había entronizado en la Universidad de La Habana en nombre del ideologismo y la ciencia; y contenía también, ella
misma, nuevas salidas para el filosofar.

Con el libro de Fernández sucede lo mismo. Respecto a Martí, no solo “cierra” o “finaliza” el ciclo más reciente de la
“desmitificación”, sino que a la vez contiene algunas nuevas direcciones, “salidas”, que reposicionan a nuestra cultura
respecto a uno de sus esenciales legados.

Uno de los grandes méritos de La muerte indócil de José Martí es haber sorteado con éxito los dos peligros básicos que
tiene el pensamiento contemporáneo: el “periodiquismo” y el academicismo. El periodismo ha terminado por acoger
aquel epifenómeno del saber especulativo que en un texto introductorio a la Crítica de la razón pura Kant llamara
“filodoxa”. La “filodoxa” es una suerte de “famalogía”, una explotación del “evento”, una insuficiente rehabilitación
metafísica del instante. Es, en resumen, la diletancia discursiva. El academicismo, por otra parte, es la “diplomatización”
del saber; la profundidad cosmética.

Miguel Fernández conoce la filosofía, el derecho y el periodismo; los conoce bien, y es probablemente eso lo que le haya
permitido salir airoso en las intersecciones. Su libro, por ejemplo, se estructura en capítulos brevísimos, veloces (como
Mercurio, a la manera de Italo Calvino), pero sus hipótesis y revelaciones están protegidas por una convincente
bibliografía. Los libros y documentos referidos por Fernández logran una voz coherente; los materiales rescatados y re-
descubiertos, es decir, tanto sus fuentes primarias como las de órdenes derivados, intercambian con coherentemente
(aunque a veces parezca que sin finalidad) con los textos y criterios de más actualidad.

Hay un gran manejo de fuentes, un amplio archivo de las alternativas historiográficas, una certificación de los intereses
políticos detrás de los temas, y ninguna ingenuidad filosófica. Miguel Fernández sabe a donde va, y su subjetividad
procede de manera objetiva. A veces, cuando es parcial, domina los límites de esa parcialidad suya, electiva y plena en
su criterio, que es lo que la tradición filosófica moderna reconoce como “criticismo”. Es alegrador para cualquier
estudioso de la filosofía verificar que en el capítulo IX Fernández pasa de una consideración historiográfica específica a
referir el problema de la dialéctica entre “lo posible” y “lo necesario”; de ahí a Hartmann y sin detenerse a Diódoro de
Cronos y uno de sus grandes “argumentos” (pp.118-120)

La muerte indócil de José Martí es un libro de historia atento a las más recientes polémicas. Fernández mueve sus
criterios en torno a eventos inscritos en el tan difícil “pasado inmediato” (Américo Castro) como aquellos realizados en
torno al cincuentenario de la revista Orígenes (1994); la Conferencia Internacional “José Martí y los desafíos del siglo XXI”
(Santiago de Cuba, mayo de 1995) o los coloquios celebrados por el centenario de la muerte martiana en la Universidad
de La Habana y que culminaron con la publicación de la antología Homenaje a José Martí en el primer centenario de su
muerte en combate (Morelia, 1997), un trabajo conjunto entre la Facultad de Filosofía e Historia y la Universidad
Michoacana. Fernández polemiza, refiere y acata con nombres y apellidos; sabe identificar el destinatario, y esto nos
habla también de la autenticidad de su trabajo, que desborda valentía y sinceridad.

El autor hace, en este sentido, un rescate arqueológico del pasado inmediato; habla de lo que no se habla y de lo que a
veces se habló, convierte en sujetos de la cultura, merecedores de críticas o alabanzas, a personajes que de otra
manera hubieran acabado, tristes, en el olvido. Por eso el libro engendra “Ser”, hace historia en el marco de una cultura
que, a pesar de todo su narcisismo, está gravemente herida en su estatura. Y aún más: en su delicadeza.

Cualquier cosa puede ser dicha de las historias que en su libro nos refiere Fernández; incluso que son historias de
gente valiente, hábil, emprendedora, pero jamás de personas delicadas y nobles. Incluso en el mejor de los casos, en
aquellos donde la posición historiográfica está avalada por la  honestidad del estudioso, Fernández nos revela la
existencia de una jerga teratológica, agresiva, propia de los peores inquisidores del cristianismo; en la página 12, por
ejemplo, cita una persona que llama a “repudiar” los “desmantelamientos ideológicos en contra del corazón de la
patria”. ¡Qué lenguaje tan moralista y a la vez tan cruel!.

Entre los eventos más interesantes que interesa Fernández, y que lo son no tanto por asumirlos sino por la forma en
que los trata, con una mezcla de suspenso y lenguaje exacto donde va implicando a casi todo el mundo, se encuentra el
de las famosas páginas perdidas del Diario de José Martí, correspondientes al 6 de mayo de 1895. Fernández insiste el
explícito disgusto de Maceo, pero esta vez da un motivo que no suele referirse y que se nos hace muy creíble cuando nos
adentramos en el conocimiento de la “política real”; esa que será alguna vez el material oculto de la historia. Según
Fernández, Maceo estaría disgustado por el uso de los fondos para la guerra, y es eso, con datos concretos, parte de lo
que habría alcanzado a certificar José Martí en su Diario.

Habría que creer que el documento fue entregado por completo al General Máximo Gómez, según los testimonios del
Coronel Ramón Garriga y que son expuestos y razonados con exactitud por Fernández en el capítulo III de su libro.
Garriga confirmó acerca de las páginas en cuestión: “Yo las ví cuando las escribió. Yo guardaba el diario en mis alforjas.
Cada vez que Martí me lo pedía, se lo entregaba. Gómez lo recibió completo de mis manos.” (v. p. 37) Y dice Fernández
en torno al delicado asunto: “Luis Miranda escribiría que las cuartillas arrancadas contenían una relación al detalle de
cómo se habían distribuído los fondos para principiar la revolución, incluyendo `las cantidades enviadas para distintos
patriotas`.” (v. p.37)

Hay algo que habla a favor del hecho de que, al parecer, a Gómez le disgustaran tanto las notas acerca de la repartición
de fondos, asunto que lo llevaría a censurar las páginas del 6 de mayo. No se justifica que si, en efecto, la motivación de
Gómez o de quien fuese el censor estuvo en silenciar, para el bien de la causa cubana, algunas críticas que Martí pudo
haber hecho a Maceo después de la entrevista, no arrancara también las del día 5, donde alcanza decir que Maceo “le
hiere” y a él “le repugna”.

La muerte indócil de José Martí es también un libro importante para seguir el comportamiento de la prensa ante la
historia cubana. Se refieren y se ubican con claridad las posiciones de los principales periódicos norteamericanos en
torno al asunto; se identifican a los periodistas más relevantes, ya sean partidarios o detractores.

Es necesario insistir en esta manera de escribir un ensayo con múltiple interés. Fernández sabe ir a las fuentes pero sin
fatigarnos con transcripciones, ni ceder así ante el facilismo de que su mismo libro sea empleado como fuente
documental; usa un lenguaje puntual pero incurriendo en evocaciones literarias, cediendo a veleidades poéticas que,
por su intermitencia, salvan al texto de lo meloso formal y de la cháchara moralista. Polemiza con adversarios
identificables y no marea con las referencias, que fue todo un síntoma de la primera escritura de una reciente
generación de ensayistas cubanos.

Fernández saca de la opacidad gremial a un grupo de trabajadores y comprometidos estudiosos oficialistas del  
pensamiento martisano: Luis Toledo Sande, Rolando Rodríguez, Efraín Hidalgo, y no deja de comentar, y a veces de
simpatizar, con otros nombres: Diana Abad, Oscar Loyola, Jorge Ibarra. Hay, sin embargo, una nueva generación de
ideólogos del castrismo, más arriesgados y descarados también, que valdría la pena estudiar, e incluso comprender.

El tema martiano posee sus conexiones con la política a través de cierta interpretación del legado literario, como
demuestra la última etapa del trabajo de Cintio Vitier; también, se revuelve en ella de manera directa. La periodista
Soledad Cruz y el escritor Luis Suardíaz, por ejemplo, inventaron en su momento un José Martí partidario de la muerte
para justificar algunos fusilamientos realizados por el régimen de La Habana. La periodista Rosa Miriam Elizalde se ha
inspirado hace poco en una dirección similar.

El profesor Roberto Fabelo, por su parte, encontró en la tradición un eco para una filosofía de los valores capaz de
legitimar la muerte de tres jóvenes que querían abandonar la isla por mar; lo que no parece más que un sobrentendido.
Según Fabelo, habría en el crimen una dialéctica excluyente “entre vida y vida”: para salvar al pueblo, habría que matar a
esos jóvenes: que uno viva supone que no viva el otro. El libro La muerte indócil de José Martí es por eso también un
documento que llama a la responsabilidad, a la necesidad de que el sector intelectual comprenda que cuando se trata
con una tiranía totalitaria, las acciones no suelen consumarse impunemente. Y el silencio es una acción bastante
escandalosa.

En el “Epílogo” de su libro Fernández hace una observación exacta: “la historiografía cubana abunda en obsesiones
morales”. (p. 142). La historia, como la muerte de Martí, es efectivamente indócil: mira atrás para avanzar. Lo hace a
veces. Y siente pudor del reojo ante el presente que aguarda.


Fernández, Miguel. La muerte indócil de José Martí. Editorial NPC. Miami. 2005.
ISBN: 0-9742473-2-4
159 pp.


Emilio Ichikawa.
Agosto-2005.