Todo por un par de `zuecos`
(Sobre un libro de Miguel Correa)

Pedro Páramo pudiera irrumpir en alguna reunión de escritores cubanos y sentenciar: No es la política, son los
tiempos. Esquivar la política, se entiende, es un elemental acto de sobrevivencia profesional en una isla colmada;
pero es también evadir la sensibilidad de la época, con sus cuotas de historia e intimidad. ¿O acaso se ha
alcanzado nuevamente lo insólito: una humanidad literaria fuera de lo histórico y lo íntimo, del poder y del placer?.

En cierta ocasión, alrededor del año 1995, un periodista del diario español “El país” me confesó en La Habana: “La
redacción en Madrid me pide noticias. Dice que ya basta de colorines. Se sabe que los cubanos pueden inventar
cualquier cosa para sobrevivir.” No es la política: son los tiempos.

Al parecer, toda esa literatura de colorines que floreció en los años `90 en Cuba y que de alguna manera sobrevive,
tiene que ver con la entrada de “los tiempos” en un estatuto de farsa. Descripción de ardides de sobrevivencia,
registro de tácticas existenciales en el contexto más favorable según los mercados (editoriales e incluso a veces
simples imprentas, conferencias y congresos ocasionales, premios), son horizontes de parte del llamado arte
cubano. El propio ejercicio de dominación totalitaria ha perdido seriedad, lo que condiciona que la comedia se
convierta en un lugar común y la preferencia estética un negociado.

Al parecer fue la llamada “generación Mariel”, ubicada en un interregno geográfico e histórico, la que alcanzó a
expresar literariamente los mecanismos de obediencia y castigo que estructuraron a la utopía insular. Distante del
heroismo y de la caricatura, los escritores de este grupo alcanzan un tono tragicómico muy pertinente firmando una
complicidad léxica. Es una cualidad que asiste al libro de Miguel Correa “Al norte del infierno”, editado en Miami por
“SIBI” en 1983.

Creo que el encuentro tardío con este trabajo forma parte de un proceso natural de complementación de la cultura
cubana. Igual que sucede en la isla respecto a los que están fuera, el exilio ha llegado a acumular una cantidad de
obras que no es posible asimilar sino progresivamente. De ahí que no exista propiamente un pasado exiliar, y que
los autores se vayan reactualizando, incluso renaciendo en la medida en que el tiempo (“los tiempos”) e incluso el
azar dispongan los encuentros posibles.

El libro de Correa cuenta con un prólogo de Arenas que, a pesar de su brevedad, es uno de los momentos
autorreflexivos más elocuentes del escritor. Arenas titula sus palabras “Con el oleaje en la mirada”, que comienzan
deslindando entre dos tipos de buena literatura; una ligada al orden y la lucidez, y otra más trascendente, viral y
visceral, que “inocula” más que narra.

Considerando que toda aparición de un libro, por más inarticulado que sea, supone al menos la sistematización de
una decena de notas, sopongo que lo que está en juego en el fenómeno literario es la segunda dimensión. No es el
estudio o la erudición lo que define la cualidad artística de una escritura sino la autencidad, la verdad, la sinceridad.

Ese elemento “catarático”, visceral, carnal, está presente de forma notable en la literatura de la Generación Mariel;
en el arte pero también en la “obra”, lo que incluye biografía, visión existencial, automitologización e incluso manejo
de las relaciones personales dentro y fuera de la literatura. El trabajo de Arenas, Victoria y, por supuesto, de Correa,
inscribe ese elemento sanguíneo que según el prologuista de “Al norte del infierno” requiere la trascendencia
literaria.

A propósito de Correa, Arenas formula dos juicios esenciales. Primero, otorga y comparte con el escritor una fe
estética: “Creo en esa literatura que hace trascender nuestras propias humillaciones, magnificándolas”. (p. 11)
Después, ratificando el espacio dual que señalamos con anterioridad, hace una observación cuya agudeza rebasa
el caso particular que pretende y alcanza su propio trabajo: “El sentido del humor, en medio de las situaciones más
siniestras, hace que esta obra oscile del coro griego al punto guajiro, otorgándole una cubanidad trascendente.” (p.
12)

Al terminar de leer “Al norte del infierno” tuve necesariamente que pensar en el disfrute que provocaría en los
numerosos lectores naturales que este documento tendría en la isla. Es un divertimento heridor, un acercamiento a
la verdad que contiene sus propios rasgos: absurdo, humor y crueldad. Es tan desgarrador el mundo que maneja
Correa, que apenas existe tristeza en lo que cuenta. Entendiendo por tristeza, claro está, una crueldad más leve, un
dolor filoso aunque poco contundente. Tampoco, por cierto, experimento tristeza con los libros de Arenas; es acaso
Victoria el escritor de mayor sensualidad afectiva en este grupo. Es en Victoria donde hay realmente (penta) agonía:
en Arenas hay hecatombe; en Correa, quiebre.

“Al norte del infierno” es un libro intenso. Entre otras muchas cosas, asombra el natural manejo de temas y técnicas
que lo harían aún hoy interesante para los estudios críticos y los programas académicos: los juegos de lenguaje, el
uso desprejuiciado del léxico, los temas minoritarios, la aparición de narradores femeninos, las alteraciones
formales, la intertextualidad y superposición referencial.

La pieza (¿cuento?) titulada “Discur-s-o-s” se centra en la oralidad y los manejos linguísticos. Se ridiculiza la
solemnidad de una discursividad política degradando al final la pretensión comunicativa. Por su parte “No mirarán
para arriba” es el cuento de la delación y de la evasión, el escape de la utopía en la versión kantiana del “irse por el
irse”. El arte de la fuga, en su exacto sentido crítico o criticista. Correa nos hace asimilar como lectura lo que en la
vida es inaceptable como experiencia; inventa una posibilidad estética para lo abominable: “Porque aquí hasta las
alimañas más repugnantes cooperan, echan para adelante, echan para atrás, denuncian, espían, informan, delatan
sin compasión, chismorrean, le sacan a uno lo que uno no quiere decir.” (p.22) Al final, convierte a un pantano en
delator; una hipérbole que muestra la crueldad adjuntando un ingrediente humorístico.

En “No iremos aunque digamos sí” plantea el tema de la humillación en el recurso específico de las “reuniones”,
que son una suerte de iglesias meta-físicas del totalitarismo. Correa juega con la epopeya en “Un contacto bien
para arriba” y trabaja asuntos muy caros de la Generación Mariel como la incomprensión familiar (y social) que
rodea al escritor. En un contexto cultural machista el escritor es una cuestionable criatura afeminada, improductiva
por más señas. La voz femenina (a veces neutra) que elige enfatiza aún más esta situación: “Y yo aterrada. Y él
escribiendo más. Y yo prendida a todos los santos y las vírgenes. Y él velándome a mí.” (p. 34)

Más filosófico por entrar en temas como la trascendencia y la calidad de ser diferente es “Universo: Caguayo”. El
término “vidita” (“?quién va a pagar la sangre que la tierra absorve”, decía una canción a la Columna Juvenil del
Centenario) que maneja al final del cuento roza lo conceptual; nos habla del tiempo perdido, de la elusiva relación
entre la eternidad y el manojo de tonterías diarias con que cualquier existencia está comprometida.

Otros cuentos poseen, además del interés literario general, una importancia especial. “Two T-Shirts in the Shop”
avanza uno de los temas dilectos de la literatura cubana “postmesiánica”, el del “jineterismo” y el “escape” a partir
de relaciones con extranjeros. Por su parte el titulado “Dándote vueltas y botándote de la universidad/del mundo”
trata de las purgas docentes que estremecieron los nervios, incluso las vidas de muchos jóvenes; por demás, en
este trabajo Correa introduce una relación bastante inexplorada aún: el vínculo entre el camino del exilio y una
determinada comprensión del sexo.

Por último, y entre otros de interés, son sobresalientes “Claves para una felicidad en crisis” (afín al universo
Kundera), donde la broma en torno a una bebida malteada desata un destino político; “Una mujer decente”, donde
se trata el autorrebajamiento humano, y “Como se fueron”, que es una incursión en el exilio y la dignificación del
mundo de las cosas. Si tenemos en cuenta la pacatería parroquialista con que el moralismo ha esclerosado
nuestras mentes y conductas, ya sea en la isla o en el exilio, entonces hay que conceder que la frase con que
Correa cierra este cuento es de una valentía memorable: “Si esos zuecos no son importantes, ¿qué es entonces lo
importante? Al menos para mí, que me he lanzado al mar por ellos, no hay nada más imprescindible. Y por eso es
que me voy para ese otro país, aunque mis razones le parezcan ingenuas, sobre todo si usted ya tiene los zuecos
bien lustrados. “ (p.85).

 

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