El cartel de Medellín y la elusividad de Castro.
(Sobre el testimonio del lugarteniente de Pablo Escobar)
Saddam Hussein escribe poemas, Osama Bin Laden es hábil para escancear un espumoso té verde en las jícaras
de sus mílites, Fidel Castro concibe recetas de camarones bajas en colesterol para su amigo Frei Betto, Hitler juega
con su perro mientras Stalin escucha música con un hijo en las piernas. Se dice que al destacar algunos rasgos
sensitivos de los tiranos se logra humanizar el mal, lo que indirectamente sugeriría la ubicuidad del bien. Coartada
perfecta.
Mientras El gran dictador de Chaplin dejaba al nazismo en ridículo, no cesan los intentos por (sobre) estetizarlo
(como ha recordado un amigo, el nazismo implica una estética): asesinos que son capaces de apreciar la música,
torturadores que planchan sus uniformes antes de ser codenados por sus crímenes, viudas que cronometran
artísticamente el envenemiento de sus hijos.
El gusto por el gesto humano del criminal equivale a virar la cara en el expressway para ver un cuerpo roto, o
detenerse a contemplar la cinética descomposición de un animal muerto. Como postula Aristóteles hacia el
segundo párrafo de su Poética, se trata de manifestaciones naturales del “morbo”.
Se inscribe en esta línea el libro El verdadero Pablo. Sangre, traición y muerte... ( Ediciones Dipon/Ediciones Gato
Azul. Colombia-Argentina, 2005); suerte de “confesiones” desde la cárcel del Sr. Jhon Jairo Velásquez Vásquez,
alias “Popeye”, lugarteniente del narcotraficante Pablo Escobar, certificadas por la periodista colombiana Astrid
Legarda.
El libro, como asegura una amiga colombiana conocedora de su país, dijo a Colombia cosas que no se sabían.
Con nombres y apellidos de personas, citando instituciones y revelando datos exactos. Hasta ahí, efectivamente,
hace honor a la promesa de “verdad revelada” que porta en su título: El verdadero Pablo... Ahora bien, respecto a
Pablo Escobar, exjefe del cartel de Medellín, si bien aporta algunas conductas con implicaciones inmorales, no hace
más que profundizar (a veces de manera escandalosa en su admiración) en la versión populista de un Escobar
sensible, de un narcotraficante “nacionalista” con el advertido lado humano que busca inducir clemencia
(¿objetividad?) sobre ciertos criminales.
“Popeye” militó desde muy joven en el cartel de Medellín, permaneciendo junto a Pablo Escobar hasta sus últimos
momentos. Sus confesiones son emitidas desde una doble cercanía: la física y la emocional. La primera da
credibilidad a su relato; la segunda lo plaga de subjetividad que a veces hace caer al libro en un plañir laudatorio.
No quedan claros los objetivos últimos del documento. No se comprende finalmente si está dedicado a mostrar una
“verdad” que rectifique la visión piadosa que algunos conservan de Escobar o si, por el contrario, trata de
contrapesar las visiones críticas hasta el punto de hacerlo un héroe. Tampoco es nítida la proyección social del
texto. En la dedicatoria Popeye asegura que tiene fe en la verdad, que le pesa el sufrimiento del pueblo colombiano y
cree que una guerra como la que ellos desataron “jamás debe volver a ocurrir...” Sin embargo, sus presupuestos en
la comprensión del problema del narcotráfico, así como la visión que de Escobar nos transmite, evidencian una
satisfacción en lo moral y una inevitabilidad en lo histórico del tráfico de drogas.
Veamos entonces dos aspectos del documento:
1)-Las conclusiones de Popeye; esa suerte de “filosofía” del narcotráfico que presenta fatalmente el fenómeno.
2)-La inflación del mito. Su hiperbólica admiración por Escobar, que no es más que una reafirmación biográfica de
lo anterior.
Para Popeye el narcotráfico significa la oportunidad de los “sin fortuna” en una sociedad desigual. Es el mecanismo,
revelado en uno de los casos que presenta el libro, capaz de metamorfosear un mecánico de autos en un poderoso
multimillonario.
En verdad sugiere que la ambición, la justicia, la valentía o cuanto pretexto pudiera anteponerse para justificar el
narcotráfico no son sino oportunidades que crea la gran causa (o la gran culpable): la demanda de drogas en el
mercado Occidental, específicamente el norteamericano. Una demanda que, si se asume como disfuncional al
sistema, ayuda a presentar al narcotraficante como un luchador antimperialista. El silogismo es elemental: la DEA
persigue a los narcotraficantes/si los persigue es porque la droga perjudica al orden americano/si perjudica al
orden la oferta es antiamericana, antimperialista, revolucionaria. Un silogismo con bases falsas que, sin embargo,
sirve para dar cierta cobertura política a este negocio; y de alguna manera sitúa en perspectiva las relaciones de los
carteles de la droga con las guerrillas, los sandinistas y los castristas, según la exposición de Popeye.
Estas confesiones resumen uno de los puntos de vista de mayor contundencia a la hora de enfocar el problema del
narcotráfico: La mafia no muere, simplemente cambia sus caras. Mientras la sociedad decadente de Estados
Unidos y Europa siga demandando y consumiendo cocaína, habrá alguien en Colombia que se arriesgue. Las
utilidades son tan monstruosamente fantásticas, que bien vale la pena correr el riesgo... (p. 315)
Esta tesis puede abalar una conducta política. No está muy claro el ideal político (si lo hubiese) de Pablo Escobar.
Lo cierto es que tenía amistad con viejos revolucionarios del área, decía sentir pasión por los pobres y un odio
profundo por las clases tradicionales, y creía en la viabilidad de la lucha armada para provocar efectos de poder. Era
lo que suele llamarse un “patriota”, un “nacionalista”; se ha hecho famosa una frase suya: “Mejor estar muerto en
Colombia que vivo en una cárcel norteamericana.” Algunos también piensan lo contrario. Escobar concibió la
posibilidad de fundar un movimiento revolucionario llamado “Antioquía Rebelde”, que permaneció siempre en los
límites de un proyecto utópico.
Las admiraciones de Popeye hacia Escobar que predominan en este libro llegan a ser vergonzosas. Como cuando
expone el gusto por compartir una mujer con el “Patrón”, a la que al final acaba asesinando por orden del mismo; o
cuando lo celebra por lo elevado de sus gustos, por la frialdad de sus acciones, por sobornar políticos hasta el
punto de introducir la “no-extradición” en la Constitución colombiana.
Si Escobar fue realmente un hombre con el valor que se comenta, es muy difícil creer que soportara (por muy dado
al sometimiento que fuera) el nivel que alcanzan las adulaciones narradas por Popeye. Es preferible pensar que su
lugarteniente está reconstruyendo literariamente “el sucedido”, desde una soledad multiplicadora y no puede
contener su imaginación. Quienes lean el documento podrán comprobar la amplificación del mito en cada uno de
sus puntos; me limito a citar esta descontrolada sentencia: Lo lloramos sin lágrimas los hombres que lo habíamos
dejado solo y ahora estamos en prisión. Yo miro con pena a mi alrededor por haberlo abandonado a su suerte, me
doy cuenta de lo grande y poderoso que era el Patrón, cuando andábamos juntos lo miraba con respeto y
admiración, porque en realidad era un gigante. Un visionario de la dignidad nacional... (309)
Para la opinión pública colombiana ha resultado escandaloso la permisibilidad del gobierno en el período en que
Escobar estuvo encarcelado en “La Catedral”. Comunicación privada, visitas constantes, arquitectura remodelada
del presidio. Recibía gente de todos los niveles, lo que le permitía seguir dirigiendo el cartel desde la misma
“celda”. El relajamiento de su vida carcelaria fue tan grande, que a los juegos de fútbol invitaba a importantes figuras
de la sociedad, entre ellas al mismo portero de la selección nacional René Higuita, famoso por esos días.
Aunque creo que el libro debe ser leído por muchas razones, entre ellas para comprobar el influjo avasallador que
puede tener un caudillo sobre la gente sencilla, o la impunidad con que participa el narcotráfico en la política
institucional latinoamericana, creo que no deben ir los lectores cubanos con la esperanza de encontrar algo
excepcional en el capítulo dedicado a la conexión castrista, que es el número XXV. (pp. 219-225)
Advierto esto porque el libro fue promocionado en Miami asegurando que se decían cosas nuevas y convincentes
acerca del vínculo de Fidel Castro con el narcotráfico; tantas y tan creíbles que, se aseguraba, podía servir el
documento para llevar de una vez a Castro a los tribunales. Nada de eso. El libro se queda en los límites de repetir
que Escobar admiraba a Fidel Castro; como se ha mostrado aquí, muchos tópicos de la demagogia del capo eran
compatibles con la jerga del Comandante: nacionalismo, antiamericanismo formal, populismo, matonería. Pero
Escobar no lo conoció jamás personalmente y, a lo que más llega Popeye es a involucrar a Raúl Castro y a los
condenados en la llamada Causa1-89, “el juicio a Ochoa”, que ya es de dominio de la opinión pública cubana. Al
parecer Escobar quería una versión soviética de los cohetes tierra-aire para poner en jaque el helipuerto del palacio
gubernamental de Nariño. Pero ni siquiera ese negocio se le dio con Castro.
La periodista Astrid Legarda ha hecho su trabajo. De paso, también alcanza a “humanizar” al Sr. Jhon Jairo
Velásquez Vásquez. Un trabajo fútil pues la arista “humana” de los criminales existe sin necesidad de edulcorar sus
incisos: resulta que el pecado es original, pero al final todos somos hijos de Dios.
Legarda, Astrid. El verdadero Pablo. Sangre, traición y muerte... Ediciones Dipon/Ediciones Gato Azul.
Colombia/Argentina, 2005.
ISBN: 958-97-6047-3
318 pp.