Lucía Ballester: el poeta es una bestia colmada de imágenes
(Nota sobre “Una suma de frágiles combates”)

Lucía Ballester ha escrito y publicado versos. Algunos de sus títulos certifican que proceden de un lugar preciso,
numerado: “áreas exclusivas señalizadas” (Edit. Praxis, México, 1990) y “En la décima noche de Saturno” (Ediciones
Extramuros, La Habana, 1992). Estos fueron versos de ubicación, parece. Estos de ahora, sin embargo, vienen de
un espectro lejano; gozan o padecen un linaje, pero su genealogía poética es muy difícil de precisar.

“Una suma de frágiles combates” (Edit. Betania, Madrid, 2005) contiene dos libros: ese que le da título al volumen y
“El año del pájaro”. Son sendos poemas privilegiados por la autora. Tienen, como dirían los músicos, un “opus”
merecido. Se trata de un díptico poético coherente en su escritura y sonoridad.

La libertad de la poesía de Ballester es relativa; cierto que no apela a la rima tradicional, pero la escala de sus
oraciones es precisa. Sus poemas, siempre breves, tienen un “ruido interno”, un silabar diastólico que les da vida.
Tira las puntuaciones y decide pautar la lectura midiendo musicalmente las palabras.

No hay en su escritura falsa vanguardia. Su temática se mantiene en el rango de los temas eternos y de eso que
podemos llamar, con el perdón de la poeta, “subjetividad ganada por el siglo XX”: valorización de lo femenino, visión
crítica de “lo hombre”, simbología naturalista, etc.

Decía que es difícil precisar de donde viene todo este “ambiente Ballester”. Nos da un solo rastro explícito de sus
acreedores intelectuales: Paul Eluard en el poema “a medianoche”. Lo demás son ecos: ecos de Ibarburo en “la
dulce clemencia”; ecos de Bécquer en “augurio”; ecos de Vallejo en “piedras pulidas”.

“Una suma de frágiles combates” es un libro dibujado. Las texturas y pulimentos abundan en los versos, así como
los géneros de expresión pictórica. Ballester se percibe en su “autorretrato” como un expectador cómplice, que de
tanto ver ha llegado a la amargura

“me he vuelto amarga
viendo la vida
girar en todas direcciones
he visto hermanos
dolidos de su muerte
sin descubrir la culpa”

Pero ese ser amargo canta al hijo; le habla de un amor descansado y batallador que recuerda a la “almohada” y la
“espuela” del paternalismo modernista. Y hace Ballester también una ofrenda a los hombres que ha amado; un
solo ser que concibe en tres mutaciones: “estatua”, “jardín” y “pez”.

Le alcanza también a la poeta “amarga” para dulcificar la ciudad perdida, “la habana”, escrita siempre en señoriales
minúsculas. Le escribe en el poema “viejas caracolas”

“he visto su sala
su imagen
el candil para vislumbrar
el tenue oscurecer en la habana”

Y  continúa en “aires de la habana” esa curiosa evocación sombría de la ciudad

“el humo se aferra a mi perfil
como un cachorro dócil
aires de la habana
vienen con este danzón
que llega dulce a una tarde prudente”

En “Una suma de frágiles combates” existe una simbología recurrente que es posible ligar a una comprensión muy
personal del arte de hacer poesía. El poeta como araña, por ejemplo, la poesía como tela o como red (¿como
trampa, como ardid?). Pero Ballester alcanza un nivel más alto de atrevimiento: cuando considera al poeta como
“bestia”.

La “bestia” es una imagen repetida más de una vez en el libro, y la poeta nos deja la opción de entender
(desnudamente) la escritura como una cacería

“me transformo en una bestia
inconmovible
los recuerdos
ya no cuentan
ni el placer

sólo mi centro es este espacio
de tiempo
en que debo saltar sobre algo
y mantenerme”

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Ballester, Lucía.  “Una suma de frágiles combates”. Edit. Betania, Madrid,  2005.
ISBN: 84-8017-233-9
79 pp.

 

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