La guerra extraña
(El libro de notas de un soldado español)
Fue en las clases de Historia de Europa, que en la licenciatrura en Filosofía Marxista-Leninista de la Universidad
de La Habana de los `80 se ofrecía como Historia Universal, donde la profesora Leonor Amaro (que junto a Lilian
Moreira formaba el dúo de las más severas pero justas) nos enseñó el término “guerra extraña”. Ella lo utilizaba
para referir el conflicto franco-alemán, donde las tropas iban a la guerra con cierta prudencia, con suspicacia,
pudiendo permanecer meses auscultándose de frontera a frontera sin halar un gatillo o disparar un cañonazo.
La lectura de algunos textos sobre la guerra hispano-cubana de 1895 me deja esa misma sensación de
extrañeza, aunque en este caso con tiros y desmadejamientos. El conflicto entre cubanos y españoles durante el
siglo XIX, sobre el que Manuel Moreno Fraginals relativizó muchísimo, al igual que los historiadores Consuelo
Naranjo y José Manuel Hernández, es uno de los eventos históricos fijados en la escuela que más ajustes me
sufre.
Recuerdo un día de 1998 en que el Departamento de Promoción y Desarrollo de la Biblioteca Nacional de Cuba
preparaba una exposición de fotografías acerca de la guerra de 1895-1898. Yo permanecía tranquilamente sentado
en la oficina mientras algunos especialistas seleccionaban las fotos en la Sala Cubana y las montaban en una de
las galerías de la institución.
Cuando se abrió la muestra, quedé un poco perplejo. Había escuchado alguna vez al historiador Jorge Ibarra una
tesis acerca de que el Ejército Libertador “Mambí” había sido el espacio donde se resolvieron “avant gard” las
diferencias raciales de la colonia; sin embargo, en las ilustraciones expuestas aparecían los negros caminando
junto a la caballería, asando los cerdos ante la mirada de ilustres guerreros blancos, con la ropa raída, los pies
descalzos e hirsuto el guano de sus sombreros. Experimenté, también aquella vez, una sensación de “extrañeza”
ante la historia; y casi agradecí estar plagado de prejuicios, pues resolví estudiar a fondo el devenir de las cosas,
para ver si con esto conseguía hacer estallar por el aire mi conciencia.
Igual de estimulante ha sido la lectura del libro 1102 días en el ejército español (Recuerdos de un soldado en la
guerra de Cuba (Ediciones Boloña, La Habana, 2001); son notas del “quinto” José Moure Saco, quien solo hacia
el final de su servicio militar obtuvo el grado de “cabo”. Es decir, se trata de la mirada de un hombre común, donde
el apunte no contiene el mismo tipo de interferencia subjetiva que los diarios de los grandes oficiales. Otra
moralidad, otras pasiones y aspiraciones mueven el recuento de “lo real”.
La edición estuvo preparada por el riguroso editor cubano Rinaldo Acosta y presentada por Eusebio Leal,
historiador de la Ciudad de La Habana. La compilación de los materiales y el prólogo pertenecen al Dr. Ramón
Dacal. Fue este quien realizó el trabajo de revisión y autentificación del documento, que por demás forma parte del
patrimonio familiar de sus descendientes. Acerca de la naturaleza y origen de este cuaderno dice precisamente el
Dr. Dacal: “Al leerlo se puede observar que el mismo parece generarse de un diario de campaña, que fue pasado
en limpio por el propio autor y en donde, en ocasiones, completa algunas ideas”. (p.15)
Debo decir que aunque José Moure fue un emigrante español que, en rigor, se enroló en la guerra como enemigo
de los cubanos independentistas, su relato nos deja una (?extraña?) sensación de simpatía hacia su persona.
Son divertidas muchas de las cosas que le suceden, y parece estar acompañado por algunas características que
son apropiadas para triunfar en un medio criollo: era listo, tenía capacidad de inventiva para sobrevivir, le gustaba
la vida y por si fuera poco tenía muchísima suerte.
Avalan esto algunas anécdotas graciosas, por ejemplo, aquellas donde cuenta que se esconde debajo de un
asiento para salvar la vida, pasaje que refiere con toda franqueza, sin asistirle el complejo de héroe ni de mártir; o
aquella otra donde, en medio de una batida, se encuentra un cofre cerrado con el que piensa ha resuelto su
situacion económica y que, sin embargo, al ser abierto con un disparo solo contiene un grupo de figuras religiosas
chinas; o cuando se para en medio de un combate, recostado a su fusil, para que el enemigo (los cubanos)
terminen con su vida y milagrosamente no lo toca una bala; o cuando la batalla lo sorprende en el río y se bate
desnudo con los arreos puestos o, finalmente, esa donde va a acampar y pasan un riachuelo donde ve un par de
camarones, depertándose después en la noche para cambiarle el curso y secar el charco hasta lograr pescarlos y
comérselos.
En fin, que con los recuerdos de Moure nos sucede casi lo mismo que le sucedió a Juan Padrón cuando llevó a
España las aventuras de Elpidio Valdés. Los españoles no lo consideraron ofensivo, al contrario, simpatizaron con
las visión de aquellos “quintos” de a pie que, mientras los oficiales sorteaban la guerra en medio del bienestar,
ellos (miles de Moure) cargaban con lo peor del conflicto (“!Y uno de bestia!”).
José Moure saco nació ee Gustey, Coles, Orense, en 1875 y llegó a Cuba en septirembre de 1892. Según el
censo de 1887, existían por entonces en la isla 125 092 españoles. Sus notas comienzan en 1892 y terminan el
28 de noviembre de 1898. En este período fue destacado en Sagua La Grande, como parte del Batallón de
Extremadura de la Tercera Brigada a las órdenes del General Juan Godoy.
Don Moure cuenta lances de esta guerra que nos mueven un poco la vision de frente abierto que teníamos sobre la
misma; incluso, se derrumban las versiones de las escaramuzas y emboscadas planeadas, de las meticulosas
combinatorias de tácticas y estrategias. Nos habla de combates en las fiestas, de recibimientos y despedidas
entusiastas en los pueblos donde hacían tranquilas estancias; o de sorpresas en los guayabales donde, igual que
se veían, se escondían unos contrincantes de otros, o pasaban de largo cuando no tenían deseos de combatir. A
veces la confusión era tal que los dos bandos huían al unísono. (ver pp. 44)
La guerra hispano-cubana, debajo de la desavenencia militar, propiciaba sin embargo una fusión civil entre
cubanos y españoles. Dice esta anotación del 13 de julio de 1896: “Este fue el día para nosotros triste al dejar el
pueblo que tanto tiempo hacía estábamos donde todos estábamos también relacionados muy amistosamente
habiendo pocos que no tuviesen por lo menos una novia a la que querían y que llorase su despedida.” (p. 45)
Es un poco sorprendente que Moure llame “asesino” a Weiler, lo que constituye un tópico de la historiografía
oficial cubana. Por demás, cuando refiere la campaña de este General, queda la sensación de una guerra primitiva
donde la destrucción fue extralimitada por el uso indiscriminado de medios de destrucción como el fuego: “El
enemigo se cebaba por un lado encendiendo con un tizón para impedir el paso de las huestes de Weiler y las
hustes de este continuamente con el fósforo, encendiendo para sacarlo de su escondite.” (p. 62)
Es también interesante la visión de Moure acerca de la entrada de los norteamericanos en el escenario, en
particular, el cruce de los elementos bélicos y los festivos, una integración en la cotidianidad del tiempo de guerra
que rara vez nos transmiten los libros de texto. Anota ya en mayo de 1898: “Empezó para nosotros este mes con
un sin fin de calamidades a la vez que fiestas siendo celebrada una cuando se tuvo noticias de que se había
declarado la guerra entre España y los E.U. de América y otra en conmemoración del dos de Mayo de 1808 en
Madrid: grande epopeya que aquí esperaban muchos Quijotes, como cosa hecha con nuestros enemigos los
americanos.” (p123)
Don José Moure termina sus notas durante la ocupación del poblado de Auras, un paso previo a la ocupación de
Gibara, acción esta que queda inconclusa pues la guerra termina con la rendición española. Este soldado
español, al concluir la guerra, obtuvo el licenciamiento oficial del ejército al cual pertenecía. Permaneció en la isla
donde continuó estas anotaciones hasta el año 1935. Visitoó varias veces a España y formó una familia cubana
ejemplar; es esa familia la albacea de sus memorias, una visión muy singular de una porción esencial de la
historia de la isla cubana.