Japoneses en Cuba

Cuando yo vivía en la isla era un cubano de esos de 100%. Ahora que vivo en otro país, como dicen mis papeles, no
tanto: supongo que soy cubano 50%. El problema es que la convivencia en los Estados Unidos inclina a vivir la
“identidad”; a veces hasta a manipularla. La circunstancia multicultural de esta nación interpone un recurso de
pertenencia “minoritaria” y el emigrante saca sus trapos genéticos a relucir. Para algunos amigos yo soy ahora un
“cubanjapanese”, como otros son “afrocuban”; o “hispanos” o “latinos” a regañadientes.

Recuerdo que hace unos años, cuando comencé a participar públicamente en algunos debates en los medios de
Miami, un televidente del programa matutino Buenos días Miami, que conduce Tomás García Fusté, dijo en un tono
amenazante: “Así que Ichikawa. Bueno, que recuerde Pearl Harbor”. Fue simpático.

Pero las “japonerías” no son extrañas a esta vida cubana que se experimenta por igual en un lado y el otro del Estrecho
de La Florida. Se sufre, se goza y se padece en tonos bastante parecidos. El cubano común, sobre todo si tiene
pretensiones intelectuales, o pretende algún “caché”, se las da de buena onda con lo japonés. Lo hizo Casal, quien más
que estar fascinado con Japón estaba en verdad atrapado en la fascinación parisina por ese país asiático. Igual que lo
está hoy el poeta de calle 8, o el profesor del  colegio, o el pintor anhelante, o el conversador ubicuo; todos ellos saben
que lo japonés puntea, por eso se apresuran a ponerlo como referencia, a hacerle un guiño.

Se ve en el casi unánime gusto que el “culturoso” cubano dice sentir por el suchi, el sachimi y el wasabi de la que aquí
se sirve como comida japonesa. Es casi sospechosa la unanimidad con que nuestro gastroletrado asiente ante estos
platillos, tan distantes en su textura del lechón que enfrutece la brasa insistente o la almidonada yuca que se relaja
después de un aguacero de mojo.

Y sin embargo el cubano culto está ahí. Genio y figura hasta la descompostura. Traqueteando el arroz con “los palitos” y
tragando sin paz el bambú hervido, mientras escuda el paladar en su tolerancia a las tempuras, particularmente a las de
boniato.

Cuando paseo con los maestros y amigos Enrique Patterson y Arísdides Falcón a las 6 de la mañana por la 5ta avenida
de NYC, siento que debo corresponder a sus trajes de fino hilo blanco con un kimono de fibras de loto. Cuando leo un
haiku de Orlando González Esteva, cuando escucho en el descanso de la escalera un mantra de Ramón Alejandro o
asisto a un plante de serenidad de Glexis Novoa, o a un tifón creativo de Arturo Cuenca, creo que lo japonés está  puesto
en mí como algo más que una asistencia.

El catálogo de mi amistad está lleno de presencias japonesas. De cuando estudiaba en la Universidad de La Habana
suelen recordárseme los nombres de Idris Iwaki, de Jobabo, Las Tunas, Maisú Istokazu, de El Vedado, y Sayuris
Ishikawa, la más joven, de la plena Habana. Para complementar me quedan, de los buenos tiempos de Georgetown
University, la hermandad de Ishiro Maruyama, quien acompañaba sin hablar y estaba cuando no estaba; y Yuko
Watanabe, quien siempre reía, con una de esas risas que superaba su delgadez. Y ahora Silvio Fudisaku, un poeta
“nipocarioca” casado con una hermosa amiga alemana, que me dice primo. Japón, pues, tiene en mis días una índole
de piel; y esa dimensión del cuerpo se destaca a través de los más sencillos eventos. Por el recibimiento de un libro, por
ejemplo.

Esta vez fue el necesario trabajo investigativo de Martha Guzmán y Rolando Alvarez titulado Japoneses en Cuba
(Fundación Fernando Ortiz, La Habana, 2002), en una edición financiada por el Ministerio de Turismo de Cuba y The
Japan Foundation. Este documento, perteneciente a la serie “La Fuente Viva”, mezcla la escritura convencional, el género
de “informe”, con las entrevistas, la referencia bibliográfica y la investigación histórica. Con todo esto se logra ofrecer una
idea suficiente de la emigración japonesa hacia Cuba; es decir, de otro factor humano de la cubanidad.

Los vínculos culturales entre Cuba y Japón anteceden a la implementaión de fenómeno migratorio. Suele fijarse su
inicio hacia el 23 de Julio de 1614, cuando hace una escala de tránsito en La Habana una delegación en la que
destacaba el samurai Hasekura Tsunenaga. Más tarde, en 1881, se conoce la llegada a la isla del botánico Minamigata
Kumakusu; pero lo que suele asumirse como fecha de llegada del primer inmigrante japonés a Cuba, que es a su vez lo
que se celebra oficialmente, es el 9 de septiembre de 1898, cuando arriba desde México el vapor “Olinda”, con un
japonés a bordo quien fue reportado a las autoridades con un nombre español. Ese evento fija el comienzo de una
llegada más regular de japoneses a Cuba.

Pocas veces se dice que la inmigración asiática a Cuba, además de chinos y japoneses, incluye tamnbién a indios, que
se asentaron sobre todo en la parte del Camaguey hacia el primer tercio del siglo XIX.

La presencia oficial de japoneses en Cuba en calidad de inmigrantes aperece por primera vez en el censo del año 1899,
que confirma la presencia de 8 japonees, entre ellos una mujer. Al parecer estos primeros japoneses llegaban de
terceros países, y no necesariamente de Japón. La ruta más usual incluía escalas en San Franciasco, Mexico y Panamá.

En su libro, Alvarez y Guzmán dan cuenta del aporte japonés a la cultura cubana; en el arte de la pesca, en los deportes
(particularmente el judo y el beisbol), en la comida, en la agricultura. Mencionan algunos nombres sobresalientes. En
esa galería lo más me llamó la atención fue la referencia al botánico Kenji Takeuchi, por formar parte de unos recuerdos
de infancia.

Takeuchi, un importante floricultor que llegó a tener reconocimiento internacional, fue uno de los creadores del famoso
orquidiario de Soroa, en la occidental provincia de Pinar del Río. Durante fines de los años `60 y principios de los `70 mi
madre me llevó a verlo algunas veces a su finca del Wajay, en la que podía encontrar dulces y caminar entre exóticas
orquídeas. Mi padre había dejado en Bauta unas extraordinarias orquídeas malvas, las más conocidas en Cuba, que
florecían anualmente en un número que podía rebasar el centenar, haciendo del tronco del naranjo donde vivían un
espectáculo global que incluía a abejas, zánganos  y mariposas. Las orquídeas de Ichikawa eran, no obstante, muy
modestas comparadas con aquellas de Takeuchi, algunas de las cuales estaban sembradas en tierra rara, pudiendo
mezclar el negro intenso con un centro rojo, un espectro de media decena de morados, o la corona de encaje blanco
centrando un fondo amarillo.

El libro Japoneses en Cuba hace merecida justicia al trabajo de Kenji Takeuchi, en quien comprobé una compartida
costrumbre por llevar los pantalones recogidos hasta la media pierna, y esa capacidad para profesar una risa severa,
amonestadora y condescendiente, que es un  enigma para muchos de nuestros compatriotas.

A pesar de la politización formal (a veces una lamentable impostura) de varios de sus análisis, creo que el libro recoge
importantes capítulos relacionados con la historia de la vida de los japoneses en Cuba. Destaca el pasaje referido a la
encarcelación de más de un centenar de ellos en campos de concentración en Isla de Pinos, y de algunas mujeres en la
cárcel de Arroyo Arenas durante la II Guerra Mundial, utilizando un método muy parecido al empleado en los Estados
Unidos.

El gobierno de Fulgencio Batista decretó la guerra al Japón el 9 de diciembre de 1941 (el 7 había sido el ataque a Pearl
Harbor por parte de la aviación japonesa) por Ley No. 32. Y ya el 12 de diciembre, por Decreto Presidencial No. 3343,
específicamente por su artículo 1, se ponían a los japoneses en Cuba a la merced de la “intervención y fiscalización” del
poder ejecutivo.

Fueron años de dura prisión que aún aguardan por una sostenida investigación historiográfica. Una prisión que se
extendió hasta 1946 y que, hasta donde sabemos, no tuvo compensación alguna. El libro de Alvarez y Guzmán considera
que el triunfo de la revolución de Fidel Castro fue una suerte de justicia histórica general que incluyó, por fin, también a
los japoneses en Cuba.

Habla de la incorporación de algunos a la lucha insurreccional y a las tareas vinculadas con la implementación del
castrismo, pero se olvida mencionar que, igual que el resto de la población, y por muy modestos que hayan sido los
bienes conseguidos, otros japoneses en Cuba se vieron afectados por las expropiaciones castristas; así como que
estuvieron sometidos, en determinadas encrucijadas históricas como Girón y la llamada crisis de los misiles, a las
suspicacias con que durante un tiempo el gobierno y la policía castrista miraba a los extranjeros.

Japoneses en Cuba (La Habana, 2002), de Rolando Alvarez y Marta Guzmán, multiplica la complejidad demográfica con
que suele ser enfocada la cultura cubana. Por esa razón, lo decíamos al principio, es un libro necesario.

 

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