Ivette Vian: el trote de la espuma


No se trata solo de elegir el libro, disfrutarlo y llevarlo a vigilar al estante. Ahora el texto implica accidente, casualidad,
chance. Es él quien visita regido por ocultas motivaciones y nosotros le imponemos la nota para residirlo; nos
aferramos a su impresión porque el libro, como los antiguos vecinos, viene y se va. Olvida y se olvida.

De esta manera ha llegado el libro “Coco Pascua” (Edit. Gente Nueva, 1997), de la escritora cubana Ivette Vian. En
esta nota intentamos retenerlo. Vian derrocha caballos en sus páginas; las bestias, llenas de fuerza, se hacen aquí
también bellas. De ahí su trote legendario, y de ahí también lo de la “espuma”: noble palabra que recuerda una
genealogía y la adscrición a una literatura que enhebra música, poesía, mirada puesta en el amor y en la vida.

Decía que Ivette Vian era una escritora cubana; aunque su filiación ciudadana apenas es visible en este libro. Salvo,
quizás, en algunas dedicatorias que insisten en nombres artísticos de la isla: los pintores Carlos Cárdenas, Tomás
Sánchez y Glexis Novoa, el poeta Aquíles Nazoa, el escritor Onelio Jorge Cardoso... Hay guiños cubanos también en
el manejo de ciertas claves, como cuando refiere “las gardenias gemelas de una canción popular”, o cuando
describe un pueblo llamado “Las Quimbambas” con su “bruja mandinga”, o cuando en el cuento “Kilo Millo” se
evoca “una chiva llamada Juliana que bailaba conmigo el montuno camagueyano”, o se habla explícitamente del
barrio de El Vedado, la ciudad de La Habana o el pueblo de Catalina de Guines, donde un Congo tenía una famosa
cafetería eternizada por un no menos eterno septeto musical.

Pero más allá de estas discretas certificaciones, “Coco Pascua” es un libro de ensueños y leyendas cuyo referente
flota en el mundo íntimo y deslocalizado de la imaginación literaria. Se trata, técnicamente, de un libro de cuentos
infantiles (los niños de Ivette –Carmina, por ejemplo- son también protagonistas de leyendas) de esos que se
pueden leer en un rincón o en la sala de casa. La deuda profesional sin embargo remite a la más selecta literatura.

“Coco Pascua, payaso retirado”, el cuento que da título al libro, actualiza en la historia el caro mundo del circo y
convierte en protagonista a un actor retirado. El agua, las luces y la música matizan una historia de amor descrita en
una prosa poética que tiene, en tanto poesía, un valor autónomo (independiente de la historia): “Y le cogió el gusto a
la nieve, al silencio, al color blanco, a los atardeceres; al paisaje sin fin...”

El cuento “Jardín”, dedicado a Dulce María Loynaz, ratifica las intenciones poéticas de estas narraciones. Y con la
dedicatoria hace visible la que es, quizás, influencia mayor en este cuaderno. “Jardín” se atreve con el amor infantil,
un tema de mucho riesgo. Y avanza entre flores y evocaciones a Cenicienta hacia un desenlace exitoso. “La luna en
Las Quimbambas” es el cuento de la fuga; es la historia de las gentes que habita los “mundos flotantes”, como diría
el escritor anglojaponés Ishiguro. Es la historia particular de Carmina, de un trote lleno de magia y de ilusión. En
“Kilo Millo” la autora habla de la muerte y juega con la poesía mostrando habilidad. Rima lo que quiere, cuando
quiere; elemento que hace más simpática la lectura de su historia.

“Una historia de amor”, el cuento donde la música es protagonista, posee un creíble tono autobiográfico. Su
desenlace es elegante y profundamente sensitivo. “El mago” y “La hermana del niñito” le dan coherencia al libro al
introducir personajes y referencias de otras narraciones. No se trata se una simple antología personal de cuentos;
estamos en presencia de una obra montada con mucha conciencia y orden literario.

“La isla y la nube” es, por decirlo de alguna manera, un cuento muy cubano sin huellas explícitas de cubanidad. Sin
falsa criollez. Vian parte en su historia de una de las más caras metáforas de Reinaldo Arenas: la isla sacada a flote
por la acción de sus habitantes. Una condición que tampoco resuelve el problema imaginario de la salvación pues
no se sabe hacia dónde conducirla. Pero no es política sino poética la isla flotante de Ivette Vian; y la única historia
que sucede es una historia de nombres. Este cuento, con sobradas razones, podría formar parte del programa de
literatura de cualquier escuela cubana.

Igual que “El mundo de María”, donde se hace poesía con la etimología de los nombres; o “Toda vestida de negro”,
“El ingeniero” e “Historia de un caballo que era bien bonito”, donde el elemento didáctico es esencial. Y es
imprescindible también “Filino, el cantante”, una historia dedicada a la lealtad al talento y el amor a la profesión.

“Coco Pascua” de Ivette Vian es un libro que enseña, un texto ejemplar capaz de volver buena a la gente que se
empeña en su lectura.

 

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