Kazuo Ishiguro: los olores de la historia
-El olor a quemado me sigue molestando.
Hasta hace poco aún lo asociábamos al fuego
y a las bombas. (Ono)
-Ahora, cuando huele a quemado es porque algún
vecino está arreglando el jardín. (Matsuda)
Kazuo Ishiguro nació en Nagasaki y se trasladó a Londres en 1960. En Inglaterra, donde recibió una sólida formación
(estudió en las universidades de Kent y West Anglia), su obra ha sido aceptada y premiada con amplitud. Lejos de los
trajinados asuntos de la “identidad”, nada impide sin embargo descubrir en ella los temas de la “japonidad” (nada que
ver con el “orientalismo”); es decir, su carácter, sus riesgos y fatalidades.
An Artist of the Floating World (Faber and Faber, London, 1986), traducida al castellano como Un artista del mundo
flotante (Anagrama, 1989 y 1998), logra narrar en un tiempo breve (octubre, 1948-junio, 1950) lo esencial de la vida del
pintor Ono. Es, si se quiere, la historia de una traición donde no se percibe condena ni complicidad. Una traición que
perdura más allá de los sueños, el éxito y el agotamiento.
La novela es contada a través de los lugares de la historia: un puente, una casa, un bar, un parque, un hotel. Todos los
eventos transcurren en loci muy bien definidos, en espacios necesarios que son los únicos facultados para propiciar la
trama.
Primero es la historia de una ciudad y una casa; la casa de un hombre que la hizo una residencia específica. La vida y la
muerte vestal de Akira Sugimura. Una casa con un puente que permite la experiencia a quienes pisan sus maderas y
que, de alguna manera, siente él mismo. Esta suerte de animismo arquitectónico alcanza hasta el prosaico momento
de la venta, que exige a los aspirantes vencer una “subasta de prestigio”. No basta con desear la casa, es preciso ser
digno de ella. Se trata de una casa viva, que ha superado la guerra y también la paz, y que tiene una personalidad que
rebasa la de sus mismos habitantes. No es solamente una casa propia, es una casa que es propia.
Además de los bombardeos de la guerra, casa y gentes, gentes y personajes, deben sobrevivir la “invasión” del civilismo
occidental; es decir, ajustar la vida real a la nueva formalidad democrática, asumir los nuevos valores que van
adquiriendo los jóvenes descendientes, ver el cine preponderar sobre el teatro, acatar las premoniciones de Godzila, las
espinacas de Popeye, las frases de los vaqueros, la nueva dieta.
Esta novela es por eso también la historia de un acople, del esfuerzo de una representación y, de paso, de un
resurgimiento.
Nos habla de la persistencia del imperio bajo nuevos pretextos, del empuje de los prejuicios nacionalistas que
sobreviven la misma derrota de las armas, la canción y la pintura nacionalista. El patriotismo sufre metamorfosis y se
arrastra incluso bajo las nuevas formas de divertirse.
La presentación del Japón de la posguerra resulta familiar a otras culturas políticas que son capaces de sobrevivir sus
propios quiebres. La experiencia compartida de alguna manera nos emancipa de esa esclerosis que generan las
percepciones exclusivistas de la historia. Lo que nos ha pasado, aún cuando nos ha pasado solamente a nosotros, es
una distinción con la que cuenta todo el mundo. Si la repetición es vulgar, el exclusivismo es patético.
Es por eso que la lectura nos provoca una sensación de cercanía. Y una escalofriante familiaridad esta confesión que
por fín hace el maestro Ono al final de la novela: “Yo soy la persona que ha proporcionado la información por la cual está
aquí. Me llamo Masuji Ono, soy pintor y miembro del Comité de Cultura del Ministerio del Interior. Más concretamente,
soy consejero especial del Comité de Avtividades Antipatriotas.” Es entonces cuando el arte, que no puede ser aplastado
por las temporalidades de la política o de la misma historia, cae rendido de mediocridad ante la confesión, ante estas
mismas palabras que son como poesía, verso, basura.
Por vanidad el artista desmerece el perdón; prefiere la responsabilidad moral que implica la sobrestimación social de
su obra, que la inocencia de la mediocridad. Pero al final tampoco hay salvación, no es la política quien lo condena sino
la cobardía estética a que conduce la cobardía moral. No hay excusas, la traición no estuvo en desmejorar la suerte de
alguno de sus discípulos; tampoco, en haber debilitado los contornos de los cuerpos dibujados o en haber traficado arte
por influencia. El castigo viene por violentar la lealtad del mundo flotante. Y el castigo es el naufragio en el recuerdo.