The Reveal, Oil on canvas, 26" x 32 ", 2007

Humberto Castro: “still death” e imágenes del mito


Humberto Castro vive hoy en Kendall, Florida. Vive en los Estados Unidos. El viaje le proporciona la posibilidad de
una asimilación integral de la cultura norteamericana, lo que incluye y rebasa la propia identidad del sur. Tiene la
playa de Miami y el océano de Rhode Island. Entre 1989 y 1999 vivió en París, donde maduró una forma de mirar el
mundo y diseñar la cotidianidad que había germinado en La Habana de los años `80.

La visión de continuidad es esencial en la forma en que reconstruye su linaje. Es un artista exiliado, conciente y
hasta necesitado de su errancia. Incluso orgulloso. Tiene empero una certeza: el viaje no ha terminado. Ni en su
biografía ni en su obra, donde la jaula, el equilibrio, el espacio vestal, el equipaje, muestran una constante
preocupación por el camino.

Humberto Castro nació en La Habana en 1957. Estudió pintura y dibujo en la Academia de San Alejandro y se
graduó con honores en el Instituto Superior de Arte en 1984. Su primera exposición individual fue “Hallazgos”,
realizada en el Teatro Mella en 1980, a la que siguieron casi dos decenas en Francia, Estados Unidos, México,
España y otros centros culturales del mundo. Entre los premios obtenidos destacan el Primer Premio Internacional
de Dibujo en la “Trienal Intergrafic” (Berlín, 1984), el Primer Premio en “printmaking” en la VII Bienal de San Juan
(Puerto Rico, 1986), el Primer Premio en “printmaking” de la Casa de las Américas (La Habana, 1987) y el Toison
d`Ors (Cannes, 1994).

Entre sus más significativas muestras de su última etapa de trabajo se encuentran la conocida como “The Hunter,
the House and the Bait”, realizada en el Kendall Campus del Miami Dade College (2003) y “The Paris Years”, en el
Museo de Arte de Fort Lauderdale (2001).

Humberto Castro es un pintor consistente y singular; maneja el dibujo con virtuosismo y con mucha claridad de
objetivo la escultura y la “performance”. No hay símbología, densidad o color en sus series sobre las que no tenga
control intelectual.

Humberto Castro es un artista que puede moverse en las oposiciones sin temor. Algunos creadores, por haber
plagado su obra de símbolos explícitos de la política y de la “identidad”, acabaron por fijar su trabajo a lo efímero, a
lo accidental. Para compensar, esta levedad estética les obliga a elaborar un discurso, más bien una pose de
universalidad donde el rechazo formal a la política y a la simbología identitaria forma parte de una fórmula salvífica.

Humberto Castro, por haber concebido un arte fiel a unos códigos tan íntimos como trascendentes, se puede dar el
lujo de politizar o “nacionalizar” sus cuadros sin temor a rebajar un universalismo que ya está ganado de antemano.
Puede decir lo que desee, puede hablar sin miedos de su exilio y enjaular islas cubanas sin ningún tipo de
culpabilidad provinciana. En la obra toda de Humberto Castro, desde los lienzos que se manchan en su estudio,
hasta la comida que se sirve en su sala, el universo tiene una residencia vestal.

Bretch habló un día de un hombre que iba por el mundo con un ladrillo en sus manos para mostrar a la gente cómo
era su casa. El hombre caracol de Humberto Castro es el peregrino de Brecht. Su pintura es un clamor por lo íntimo,
una defensa de la libertad. Su obra nos hace libre en el azul, en la espiral que se fuga, en la escalera que mira al
cielo, en la jaula y en la reja que se rompen.

La fuga es un arte y es también un riesgo. El ser humano de Humberto Castro es un equilibrista, un remero que
puede tener el pecho atravesado o ser ahorcado por el mismo elemento que le propicia el escape. Ese es el aviso
de su pieza  “Maredón” (2001), donde el hábil neologismo muestra además esa pasión lingüística tan característica
de su generación.

Casi todos los críticos de su trabajo coinciden en señalar que Humberto Castro ha influído en las nuevas
generaciones de artistas con su obra y su “actitud hacia el arte”; una actitud que define la palabra “autenticidad”. En
él no hay panfleto. No hay, en primera instancia, cotidianidad explícita. Pero hay en cambio una problematización de
lo íntimo, hay una crítica del poder, un canto a la fecundidad que, en fin de cuentas, es la esencia de lo cotidiano
mismo. El trabajo “Invasión” (2001) contiene todos esos elementos, incorporando ahora un predominio del azul que
muestra su encuentro con una nueva luz. Un aviso de lo que alguna vez pudiera ser su “american time”.


Home Sweet Emoh, suitcases and wood, 2003

En la muestra presentada en el Kendall Campus del Miami Dade College (2003), Humberto Castro incluyó una
instalación que resume la diáfana contradicción de su mensaje. Se titula “Home Sweet Emoh” y consiste en una
casa hecha con madera y maletas. Maletas con sus sellos de viaje, con sus cuños de aduana. Ladrillos
bretchtianos rebosantes de vivencias, de afectos, de razones. Es el viaje construído a través de las paradas, el
movimiento a través del reposo; es la flecha de Zenón en su vértigo, es Aquiles a un segundo de la tortuga, el
mensaje zodiacal en la punta de la estrella.

La obra de Humberto Castro es una paradójica fuente de “still death”. “Naturaleza viva”, aún muerta: pujando. Una
resurrección que es, como él mismo ha dicho, una vida nueva que de algún modo ya se encontraba en la vida que
fue.
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