Habana Blues: mil verdades y una mentira


En los últimos tiempos hemos podido disfrutar de filmes que tratan de biografiar grupos musicales, compositores,
cantantes obsedidos por el genio, el público o la fama. “Beyond the See”, “Ray” o “Walk the line” son algunos
ejemplos.

Nos narran la llegada de los artistas al estrellato, de su salto empresarial, sus caídas momentáneas, de su
perdurabilidad. Son historias que siguen una ruta, un plan; se muestran vidas que encierran una lógica, la de la
cordura o la de la locura, pero siempre una lógica.

La película “Habana Blues” de Benito Zambrano, sin embargo, parece que no cuenta nada. Contiene una avalancha
de sucesos y sentencias, cada cual de tan fuerte significado, que merecen una propia historia. En la obra se trabaja
todo a medias, como el que no quiere, no puede o no sabe llegar.

La sociedad cubana emergida de los eventos inaugurados el primero de enero de 1959, ya se sabe, es una
sociedad plagada de contradicciones. Fue bueno reconocerlo, porque hubo un tiempo en que el socialismo se
autoconsideró con cierto descaro una sociedad libre de contradicciones o, ya después con un poco de más pudor,
una sociedad sin “contradicciones fundamentales”. A esta altura ya sabemos de sobra que las contradicciones
existen.

Sin embargo, captarlas siempre es bueno ya que, además de dar una imagen más certera de lo real, se ofrece un
balance de pro y contras que es el símbolo externo de un valor antes privativo de la política, específicamente de la
diplomacia: la corrección.

Al contar las contradicciones de Tito y Ruy, la película certifica muchas verdades. Y tiene momentos de aciertos
sociológicos, como cuando se burla del “turismo oficial” o cuando la empresaria española descubre que en la isla
hay “buenas ideas, buenos conceptos, pero mala producción”. Para decirlo de una forma más simple: hay talento,
pero no hay dinero. Lo que es grave, porque la falta de dinero hace que el talento se malogre y se prostituya, como
captan los protagonistas. La resistencia y la aceptación de esta realidad es lo que provoca el diferendo fundamental
entre ellos.

La película, por cierto, padece los mismos problemas que predica. La música que promueve es buena, pero las
grabaciones no. Igual que la calidad de la imagen y la iluminación.

Todo lo que muestra “Habana Blues” es creíble; le he tenido que insistir a una amiga que hasta esa imagen de
gentes que todo el tiempo baila, tiene sexo, bebe y canta es cierta también. En la La Habana actual hay gente que la
está pasando muy bien; gentes que hasta ese mismo hedonismo asfixia alguna vez. La inmersión en el placer
habanero es ideal cuando se hace intermitentemente: pero eso es potestad del extranjero. El cubano común, o se
larga, o se exprime en su propia fiesta.

Ahora bien, donde la película miente (fíjense que no digo que se equivoca ni que ofrece otro punto de vista, digo
“miente”), donde falsea la verdad es cuando sin motivo alguno lanza una diatriba contra Miami y hace decir a un
personaje, entre bobo y retador, que a él no lo van a utilizar, que es muy fácil eso de llegar a Miami y hacerse famoso
hablando mal de “aquello” o “esto”, que es como se le suele decir al engendro castrista como sociedad.

La verdad es esta, y la digo para que lo sepan los músicos de la isla. A ningún músico cubano, por muy bueno que
sea (¡y hablo incluso de músicos con más talento que algunos de los que ví en “Habana Blues”!) le será fácil venir y
triunfar en Estados Unidos, específicamente en Miami. Da lo mismo que hablen bien o mal de Fidel Castro; en fin
de cuentas, la gente que gusta escuchar hablar mal de Fidel Castro, como la que gusta escuchar hablar bien,
sumadas ambas, no conforman un mercado suficientemente grande para la música que se les propone. No digo
que por mala, algunos incluso aseguran que porque es demasiado buena; el caso es que no basta ese mercado
para sostener un artista hasta los niveles que ellos mismos están pensando.

No obstante, si algún músico quiere tener una guía para conducirse políticamente en Miami, USA, esta es la escala:

1-No hablar de política.

Y este consejo lleva dos cotas:

1.a. No hablen de política y punto. No justifiquen el silencio: en una democracia es un derecho no hablar. Si se
ponen nerviosos y se justifican con que no hablan de política porque son artistas y el verdadero arte no es político y
toda esa bobería, entonces sí la fastidian. Eso aquí en Miami es tomado ya más como un pujo que como una
excusa. No sirvió.

1.b Hay que recordar que Celia Cruz, Paquito de Rivera, Olga Guillot, Lecuona, y otros pocos, no son la regla sino la
excepción. Importante: saber tomarse las medidas.

2-Hablar bien de Castro.

3-Hablar mal de Castro.


Pues sí queridos amiguitos, aunque ustedes no lo crean, hablar mal de Fidel Castro en los Estados Unidos le
puede crear más problemas que defenderlo. Se trata, para quienes recibieron educación castrista, de una verdad
tan descomunal que cada cual debe descubrirla )o padecerla) por sí mismo.

Menos la mentira referente a este punto, todo lo que cuenta “Habana Blues” puede ser creíble.

 

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