| ¿El enemigo de la promesa?. (A propósito de “Inventario secreto de La Habana”, de Abilio Estévez). Mientras la subcivilización comunista se “desmerengaba” en Europa del Este, algunos escritores centroeuropeos se apresuraron a universalizar discursivamente sus obras para salvarlas de una supuesta sospecha de provincianidad. Así, Milán Kundera arguyó que no había escrito contra el polikburó sino contra el poder; que no le interesaban los “procesos” ni los “castillos” sino la historia y la arquitectura. Mostraba, de esta manera, complejos ajenos a la otra “K” de su cultura, para usar el jocoso rebautizo nominal de Karlos Fuentes. Cuando en la isla cubana el tema de la homosexualidad se “academizó” y comenzó a ser tratado como historia, es decir, como una discriminación entendida en términos de “innecesario error del pasado” (habría, de hecho, cierta compatibilidad ideológica entre el homosexualismo primermundista y el castrismo), algunos artistas que habían tratado el tema decidieron trascenderlo. Tomás Gutiérrez Alea, por ejemplo, en lugar de reafirmar el compromiso con una defensa de la libertad de los homosexuales cubanos a existir manifiestamente incluso dentro del esquema de una política machista, aristocratizó el asunto diciendo que la película Fresa y chocolate era una crítica a la intolerancia, a cualquier tipo de intolerancia, a la intolerancia en general. Es decir, a ninguna. El arte, tomando autoconciencia a través de abstracciones, más que en el error cae en el ridículo. Fue ridícula la crítica (sobre todo la periodística) que rodeó a la película referida. Lo mismo sucede con el asunto de la “identidad cubana”. Cierto día de abril del año 1996, el corresponsal de un importante periódico español en La Habana recibía esta orden desde su redacción en Madrid: “No queremos más artículos de colorines, ya sabemos que los cubanos harán cualquier cosa para sobrevivir. Necesitamos noticias”. Sobrevivir y resolver, por cierto, como hicieron los españoles en su momento; no hay más que leer la novela Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, para verificar el paralelismo; criadera de cerdos en el baño incluída. Es decir, cuando el mercado de la “cubanidad” comenzó a dar muestras de agotamiento, empezaron a aparecer por todas partes los escritores cubanos “universales”, gente que a toda costa evitaba escribir “guayaba”, “Marianao”, “guaracha”, delatándose en el sumo cuidado respecto a la “huella del delito identitario”. Ignoraban, o pretendían ignorar, la fuerza irresistible de un signo mitológico como es el del estado-nación; suponían con ingenuidad que este no tuviera tácticas más indirectas de hacerse legible. Así, aparecieron escribidores trascendentales en la comunidad cubana en México, Hialeah, Union City, cuyo objetivo era abrirse un hueco en el espacio cubano de las editoriales, precisamente como los escritores cubanos menos cubanos. Trataban de forzar la puerta del fondo poniéndose prestado el kimono de Casal y plagiando su “nieve” criolla: : “desciende del brumoso firmamento/en copos blancos la irisada nieve” (¿). Lo trascendental, cuando se fuerza, cuando se usa como pretexto, se adultera. No se trasciende por proyecto, se trasciende por fatalidad. La arbitrariedad transforma entonces la vocación en fuga inútil (toda fuga lo es porque no hay refugio), en exilio vano (lo es todo exilio porque cualquier cosa es patria), en “embaraje”. Algo de esta futilidad existe en las urgentes argumentaciones pro-universalistas de Kundera, Gutiérrez Alea, Abelardo Estorino, Abilio Estévez y otros creadores con complejos de provincianismo y politicidad. Son los viejos discursos de autoprotección generados por la intelectualidad de Occidente, el más famoso de los cuales es El conflicto de las facultades, de Enmanuel Kant. Hay arte, y artistas, que están más expuestos al análisis sociologista que otros. Aquellos que han recibido el vector del totalitarismo, como Kundera y Estévez, son cómodas víctimas incluso del enfoque marxista: todo en ellos es sociedad, política; hasta la metafísica y la religión, el filosofema y el salmo. Abilio Estévez no pertenece a un linaje reflexivo tan sostenido como el que hereda Kundera; por esa razón le es más fácil remitir hipótesis, fabricar causalidades. La falta de prestigio cultural de nuestras divagaciones filosóficas permite que escritores y personajes “amateuricen” sobre el espíritu con impunidad. Estévez ha dicho en la Unión de Escritores (y esto se comprende), por ejemplo, que su drama La noche no es una crítica al autoritarismo político sino a una torcedura psicoanalítica (que no voy a citar por respeto), como propone el propio texto de la obra; o que el Manual de las tentaciones es una celebración epicúrea de la inclinación al mal y no, como también puede ser, el eco fatal de la critura evasiva bajo el stress verdeolivo. El hábito, convertido en método, de hablar en perífrasis, no se ejerce impunemente. El miedo se puede convertir en atributo y fijarse en el escritor incluyo más allá de las fronteras de la libertad. El exilio es una hospitalización (en la democracia), no una cura. Como demuestran la mayoría de los casos, el totalitarismo provoca un daño irreversible; el saneamiento de la lesión no es de ninguna manera de índole geográfica, por eso perdura más allá de los aeropuertos. El escritor cubano, al parecer, siempre encontrará pretextos para no decir lo que debe decir. En este caso la ironía, de ser un quite elegante en el ruedo de la censura, se convierte en una excusa vulgar. La burla intelectual y la tengencialidad, práctica de inciación que podemos disfrutar legítimamente hoy, por ejemplo, en Antón Arrufat como una sobrevivencia dialógica lezamiana, es una impostura cuando irrumpe en la esencia de una escritura que debe corresponder a la naturaleza del objeto que pretende. El escepticismo en el párrafo es fútil cuando hace metástasis; el sarcasmo reiterado en un ámbito de libertad es inconsistencia. Estas son varias de las impresiones que me ha provocado la lectura de Inventario secreto de La Habana (Tusquets, 2004), la última novela de Abilio Estévez. Salvo algunas metamorfosis referenciales, como es la valoración positiva de algunos creadores cubanos radicados en Barcelona con los que antes era crítico, muy crítico, tal parece que se trata de un libro escrito en la peor de las Habanas. No hay ninguna revelación, argucia o belleza que nos confirme que Abilio Estévez es un escritor en libertad. Libre. Hecho que confirma una vez más que la censura, al menos en el caso cubano, tiene naturaleza extraterritorial. ¿O es que las razones de los censores cubanos tienen ahora la apariencia, más inofensiva, de conveniencia empresarial?. Estévez guarda la misma forma; no es sofisticado sino elusivo; no oscuro sino opaco. Lo mismo, ahora significa menos: lo que era mérito en Tuyo es el reino (1999), es un vestigio en Inventario secreto de La Habana. Por si fuera poco, y a pesar del buen comportamiento, Estévez ya carece del plus antropológico que ofrece una residencia en La Habana (que no en la tierra). El título de su trabajo no es comercial, es vergonzoso. El “inventario” es un género de creación (administrativo) oportunista; más aún que el “informe”. Inventariar es tarea de los notarios y de la burocracia; es certificar, decir lo que hay. “?Qué hay?”, “¿quíai?”: la perplejidad no alcanza a significar una pregunta por el ser sino por el quedar. “Inventario” es, por demás, una palabra de muy mal sabor en la sensibilidad cubana. Pero resulta además que ese inventario es “secreto”; es como una promesa explícita de revelación. Propaganda. En este tono general en que se vende la obra, llega a dolerme el capítulo dedicado al “joyero japonés”. Estévez trafica con una memoria que no le pertenece; o que sí, pero que no respeta. Comercia con una lesión ajena y habla de muertes que no comprende. Desde el punto de vista de la empresa y el mercado puedo entender lo exótico que resulta referir a un japonés que tiene peces de colores y se suicida en La Habana. Pero desde el punto de vista del escritor se trata de un facilismo; desde el punto de vista del amigo, de una deslealtad. Emilio Ichikawa. Agosto-2005. |
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