Un héroe del Escambray en la corte del reformismo.
Y esto me trajo todos aquellos problemas…
Hasta vejaciones… y fui degradado de
oficial del Ejército Rebelde.
(El caballo de Mayaguara).
El jueves 17 de febrero de este 2005 compartí el programa “A mano limpia”, que de 8 a 9 pm conduce el periodista
dominicano Orcar Haza por el canal 41 de Miami, con el profesor Enrique Patterson y el escritor Osvaldo Navarro, a quien
conocí esa misma noche.
No había logrado retener su nombre desde aquellos tiempos en que yo estudiaba en la Universidad de La Habana y él
era un escritor con reconocimiento internacional. Pero al final del encuentro, casi a la salida del set, escucho que
Navarro había escrito en los años `80 un libro titulado El caballo de Mayaguara (Primera Edición, La Habana, 1984), y
entonces todo se me aclaró. Como dicen que anhelan los escritores, aunque yo no recordaba el nombre del autor, sí
había retenido claramente el título de ese libro suyo (tiene escritos y publicados varios, muchos más).
Sin embargo, el recuerdo de El caballo de Mayaguara me chocaba con la posición que Navarro había defendido aquella
noche en el programa televisivo que, por demás, se movió al son de un escrito que había publicado cuestionándose el
mito y el revolucionarismo martianos. Osvaldo Navarro, precisamente el escritor que había perpetuado el mito de un
héroe guerrillero del Escambray, varaba ahora en una radical incredulidad sobre la violencia y la revolución en la historia.
Me parecía tan insólita la travesía que enseguida se me ocurrió releer su libro, el cual me prestó el propio autor en la
edición que en 1990 hizo la Editora Política de La Habana.
Esa relectura fue una experiencia singular, casi una aventura, que me reconcilió definitivamente con Osvaldo Navarro.
El caballo de Mayaguara pertenece a un género literario híbrido, se pasea entre la novela, el cuento, el testimonio, la
entrevista; y, sin embargo, a pesar la versalitidad que exige, es también una técnica de escritura muy difundida en la
literatura generada por la revolución cubana. Esta profusión del mediocamino entre periodismo-literatura-testimonio,
que como Navarro han cultivado Norberto Fuentes, Jaime Sarusky, Miguel Barnet, Eduardo Heras León y otros, pudiera
tener una de sus causas en la complacencia con que la academia norteamericana, particularmente la de orientación
epistémica relativista y política de izquierda, mira este tipo de eclecticismo literario.
Pero pudiera ser también el resultado del manejo de un género de expresión sincronizado con una etapa de la
experiencia revolucionaria donde la riqueza vivencial casi obliga a la cosecha testimonial.
Desde el punto de vista metodológico contextual, las fechas de edición del esta novela (1984 en su primera, 1987 en la
segunda y 1990 esta última) contienen en sí mismas importantes elementos de juicio.
Cuando El caballo de Mayagura aparece el comunismo cubano de matriz bolchevique, así como la propia Unión
Soviética se encuentran, aún sin toda la conciencia del hecho, en un borde terminal. Unos meses más y empezarán las
reformas que pondrán fin, al menos explícitamente, al experimento histórico soviético.
Sin embargo, en 1984 (!el plazo dado por Orwell para la consumación de la “utopía”!) el derrumbe aún no se avisora; por
lo que la novela aparece en un momento en que la ortodoxia castrista y comunista mantienen su hermetismo; y si eso
es así cuando se publica, lo es aún más cuando Navarro la escribe.
Esta mirada historicista nos permite entender la osadía de este libro; resulta que, comparado con otros héroes
revolucionarios, el caballo de Mayagura, cuyo nombre verdadreo es Gustavo Castellón, resulta un personaje demasiado
complicado. Con la “mitologización” que hace Navarro de Catellón (él, que está dispuesto a cuestionar el mito mayor de
Martí, cede ante el arrojo del guajiro villareño) la inconografía revolucionaria debió sufrir un gran estremecimiento. El
caballo de Mayagura es un héroe con muchos, demasiados matices. Representa la base social de la revolución venida
a menos en la historia de la institucionalización de la misma, elemento que le resta continuidad y hasta “legitimidad” a la
forma en que se ha querido presentar el castrismo: “ellos hubieran sido como nosotros, nosotros como ellos”.
Por esta razón la novela de Navarro fue sometida a la censura por parte de las autoridades culturales castristas.
Solamente en la edición de 1990, cuando la Perestroika era más que una certeza y el castrismo jugaba la “glasnoscita”,
el autor logra incorporar un párrafo aclaratorio de algunas andanzas editoriales, y ciertas alusiones a la muerte de
Castellón que antes hubieran sido imposiblen de entregar al público.
En el panorama internacional del comunismo y en particular en el ambiente político-cultural de Cuba, el año 1990
representa el último chance histórico donde revolucionarios como el caballo de Mayaguara podrían salvarse. Navarro
apela aquí a una interpretación romántica de la revolución. Es decir, Navarro y su interlocutor-personaje creen que ha
habido un desprendimiento de un tiempo áureo de la Revolución, que el gran proyecto inicial se ha pervertido y que
aparece ahora una oportunidad de renacimiento donde la justicia será impuesta. El caballo de Mayaguara es quizás el
último libro de la narrativa de la revolución cubana. Su edición de 1990, el estertor final. La lealtad y obstinación de un
autor que, sin saberlo, ha fijado desde la literatura el itinerario final del castrismo como revolución.
Con El caballo de Mayagura no solo se sepulta el mito que contiene a la revolución cubana, sino se entierra incluso el
(supra) mito de la resurrección de esa revolución. El castrismo revolucionario pasa a convertirse en un castrismo
conservador, incluso reaccionario; por otra parte, de mito pasa a “descaro”. Proceso muy interesante pues la pérdida de
la cara obliga irremediablemente al uso de las máscaras, es decir, hace impresncindible el “enmascaramniento”.
Por demás hay que decir que la propia re-fabricación del mito revolucionario por Osvaldo Navarro en su personaje revela
algunas características que se revierten como obstáculos a la conversión del personaje en paradigma moral. Con las
dotes de excepcionalidad que Navarro advierte en su héroe revolucionario liquida, de una vez y ojalá que para siempre,
la posibilidad de que este tipo guerrero se eleve a patrón moral de una nación pujante.
De ahí que, si al principio me parecía que entre la actual defensa que hace Navarro del reformismo pacifista y su antiguo
voto por el heroísmo revolucionario había una contradicción, ahora me parecen dos estaciones de un mismo proceso;
dos momentos coherentes de un intelecto que se mueve con sinceridad, de un escritor que no se ha anquilosado en
viejas reputaciones ni lucra de urgencia con efímeras metamorfosis. Las “conversions” en Navarro son el fruto genuíno
de una mente en constante búsqueda.
Ahora bien, si la etapa revolucionarista del pensamiento de Navarro encontró su encarnación tipológica en una hombre,
y ella a su vez en un libro que la contuviera, creo que sería interesante que en esta etapa de crítica y resurgimiento
Osvaldo Navarro haga una nueva elección y, empleando el mismo método, regale a estos tiempos la novela-testimonio
del un héroe reformista.
El caballo de Mayaguara es, por estas y muchas otras razones que perteneen ya a la intríngulis de un texto que este
comentario sociologizante apenas si me ha permitido referir, una obra imprescindible en el estudio de la historia y el
proceso de la revolución. De cualquier revolución.