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| “CUENTOS DE CONTAR”. Echerri, Vicente. “HISTORIAS DE LA OTRA REVOLUCION”. Ediciones Universal, Miami, 1998, 90 pp. Existe hoy entre autores cubanos una manera de escribir ensayos que se crispa en citas, referencias y alusiones autorales. Ya que no se trata, creo yo, de falsa erudición o simple amaneramiento de diletantes, tal vez tenga que ver con el pudor, incluso con cierta sana inseguridad de estudiosos que anhelan que le tomen en serio, que consideren a su texto como resultado de un esfuerzo arduo, ya que no de una intuición brillante. También entre algunos narradores prima el objetivo de “hacer literatura” sobre el de “contar”. A veces hasta se imponen una “estética”. Un personaje, por ejemplo una “jinetera”, un “taxista” o un ordinario “buscavidas”, puede resultar un escritor frustrado y por alguna razón (narrativa) encontrar un libro en su camino; argumento que fuerza una descarga del autor sobre el objetivo de la literatura, el libro en cuestión, el arte y la filosofía. Este hecho puede ser sujeto también a comprensión; y se justifica en diferentes grados según vamos analizando un autor y otro. Ya que todo el mundo no es Reinaldo Arenas o Carlos Victoria, Reinaldo Montero o Abilio Estévez, podemos imaginar la altitud de este desastre: “…como Juanita era pequeñita, se encaramo en un libro de su amante caliente para alcanzar la jeringa. Ulises, decía, en el ancho lomo. Ni Joyce ni Esteban Dedalus imaginaron que alguna vez en La Habana…” Y empieza aquí una descarga de nunca acabar donde no pasa ni se descubre nada; que sin haber llegado todavía a ser entretenida intenta ser inteligente. Definitivamente en las antípodas de lo anterior están los cuentos de Vicente Echerri recogidos en el volumen “HISTORIAS DE LA OTRA REVOLUCION” (Edic. Universal, Miami, 1998). Son cuentos de contar; de esos que uno puede leer en voz alta mientras los oyentes permanecen en silencio esperando el final para ver que es lo que va a pasar, para enterarse de como termina la cosa. Son cuentos amables que se dejan leer “novelísticamente”, a lo Dickens, y que se empatan en un algo común, temático pero también argumental. Estos cuentos forman con “LOS ANOS DUROS” de Jesús Díaz y “CONDENADOS DE CONDADO” de Norberto Fuentes una suerte de familia mal llevada; como suele decirse también: una unidad en la diferencia. Comparten un mismo concepto de la heroicidad revolucionaria, pero lo dotan de un contenido diferente. La revolución que refiere Echerri es para quien se formo en las escuelas castristas, efectivamente, una “revolución otra”. No se trata, veo ahora, de una “contrarrevolución”; esta en juego la misma lógica histórica, pero en sentido contrario. Es muy ilustrativo que el propio Norberto Fuentes en su libro “DULCES GUERREROS CUBANOS” haya sugerido que Fidel Castro considerara la posibilidad de ofrecer a su propio ejército, en calidad de paradigma heroico, la resistencia subterránea de un alzado en medio de un cañaveral incendiado. Desde el punto de vista del Comandante en Jefe, en el caso de este “antihéroe” no se trata simplemente de un “contrarrevolucionario” sino de un “héroe” en todo el sentido de la palabra que pertenece a la revolución otra. A través de nueve cuentos, titulados, excepto el segundo (El asalto), con el nombre común de un personaje que destaca en la narración (El pionero, El profeta, El americanito, El enviado, El verdugo, El mártir, El héroe, El muerto), Vicente Echerri capta los móviles básicos que llevan a los seres concretos, en un pueblo concreto a participar de la “historia”; es decir, de la “revolución” y mas específicamente en el “ejercito”. Esto es algo que la sociología histórica se ha propuesto decisivamente: un individualismo metodológico, el enfoque micrológico. El héroe revolucionario, de la revolución “esta” o la “otra”, es mas el fruto de la impaciencia que del afán jurídico de justicia o la idea filosófica de libertad. Así, a partir de grandes móviles, se reconstruye la historia, pero difícilmente se hace. Solo el jefe que no combate puede especular, cuando no mentir, sobre los tarros de miel heroica que la historia vierte sobre los campos de batalla. Las historias de la revolución cubana son protagonizadas por estudiantes y guajiros celosos que se protegen y matan entre los marabuzales espinosos de la sabana insular. La casualidad suele ser acreedora de la trascendencia. Y es sobre todo la literatura, el arte en general, quien tiene acceso a estas fuerzas básicas de lo social histórico; de ahí que uno de los movimientos de autorrenovación que con más recurrencia se da en el ámbito del pensamiento social tenga que ver con la estatización. Lo que hoy se llama en algunas universidades “materialismo cultural”, “historias de vida”, “antropología cultural”, etc., es básicamente una aproximación asintótica entre las ciencias sociales y la literatura, entendiendo a esta como “el arte de contar”. Uno de los héroes de Vicente Echerri encontró a la guerra sencillamente “mas divertida” y al ejercito mas libre, esos fueron sus grandes motivos revolucionarios: “La guerra implicaba, además, vivir al margen del orden y las convenciones sociales en un ámbito de violencia donde solo imperaba el coraje. El lo tenia”. Por si fuera poco, en términos de conveniencia personal, en la sierra se estaba más seguro que en la misma ciudad y se disfrutaba el plus moral que da enfrentar al ejército regular de una dictadura. Lastima que, como decía Hegel, todo lo revolucionario acaba por convertirse en conservador y Gustavo, todo un pionero en los rumbos de la rebeldía, comenzó a aburrirse en el ejercito vencedor; un ejercito que se plegaba a otra dictadura naciente que comenzaba a confundir el odio con el coraje y la furia con la diversión. No, ya aquello no era alegría sino abuso. Y el héroe se alzo de nuevo. Al no tratar de “explicar” una Revolución mayúscula y centrarse en una narración de los efectos de este evento en un pueblo entrañable, Vicente Echerri accede a las mínimas (por eso definitivas) causales de la historia. Nos habla de “lideres locales” de la revolución, vecinos con prestigio, iniciativa y ganas, la materia prima sobre la que se cincela al cacique. Trabaja con protagonistas que distingue por estar emparentados con “los Soto”, con esta o aquella familia; no clasifica a partir de ideologías y esta perspectiva micrológica, afectivista y genealógica le permite una reconstrucción creíble del sucedido histórico. Las expropiaciones y demás formas de castigo, el enfrentamiento entre vecinos, la división de las familias, estaban muy lejos de obedecer a un programa racional de edificación social; eran el fruto del negativismo, del proyecto “anti”, de pasiones básicas como la envidia. La revolución no se hizo leyendo “LA HISTORIA ME ABSOLVERA”; se hizo anhelando, codiciando: “En torno suyo, como siempre ocurre, debió haber retoñado la envidia que, como es usual también, las personas generosas ignoran. Los envidiosos se hacinaban ahora a la sombra del poder”. Las revoluciones acaban cuando se institucionalizan, cuando triunfan. En la historia de Rusia, por ejemplo, resulta mas emblemático como gesto rebelde la revolución de 1905 que la bolchevique de 1917; una revolución desprestigiada por su propio afán de perpetuarse. Cuando decimos “dominación revolucionaria” caemos en el contrasentido; igual que cuando nos enteramos que un jefe ex-guerrillero recibe a sus invitados en un resplandeciente “Palacio de la revolución”. Decirle “palacio” a una guarida de “revolucionarios” es algo tan insólito como hablar de una “barricada de la aristocracia”, o como dice un simpático amigo, referirse a la “burguesía irredenta”. La revolución cubana de 1959 ha sabido acaparar a tiempo toda la simbología y retóricas de la rebeldía. Sus propagandistas usurparon la “misión” antimperialista bajo garantía y protección de los propios norteamericanos, hurtaron la defensa a los pobres desde las tribunas lujosas, igual que se dejaron el pelo largo para prohibir a los Beatles y acosar a los hippies. Mas que “otra revolución”, quizás Vicente Echerri nos este mostrando un mundo al revés: “Algún tiempo después volvió a casa en compañía de un par de amigos suyos que, al igual que el, traían la cabeza rapada porque, según decían, era un modo de protestar contra un régimen que todavía entonces se asociaba con la gente de pelo largo”. Echerri nos introduce también, a su manera literaria, en temas centrales de la convivencia en el ámbito de la revolución, en hechos ya rutinarios e institucionalizados, como la “delación”, la “mentira”, la “simulación”, la “teatralidad”, esa manera tan diestra de superponer lo ficcional a lo real donde lo quimérico resulta mas efectivo como experiencia. No habrá conocimiento cabal de una revolución que se ha hecho en las tribunas, la radio y la televisión sin una “dramatología” de la política. Un héroe (en el relato “El héroe”) lo percibe en una conversación con el guerrero mayor de la hagiografía tradicional criolla, la madre: “Lo que mas le admiraba era la simetría que se había establecido, sin yo quererlo, entre la muerte violenta que primero había visto en el cine y la escena que después presenciara en el parque”. Resta además la intuición artística del rol histórico que juega la desdicha acumulada; en el cuento “El muerto” se describe un entierro sobre otro entierro, la muerte que yace sobre otras tantas muertes. Se trata del sedimento, la reincidencia en eventos que se hacen nuevos a fuerza de repetirse: unos exilios sobre otros exilios, unos desengaños encima de otros, “errores”, marchas, actos de repudio que se juntan sin remedio definitivo: “La podredumbre sobre la que yacía era, sin duda, de otra persona que habían enterrado antes que el y que había comenzado a descomponerse allí mismo”. Y por ultimo esta ese humor extraordinario, no imperceptible pero si difícil y escurridizo; resulta que Echerri logra el efecto relajante allí donde parece que no cabe ya otra cosa que lo trágico, incluso lo apocalíptico. No es frecuente en la actual literatura cubana este relajamiento sutil, fino, en el tono predominante de un morbo épico. Se puede disfrutar, o padecer, en el relato “El profeta”, donde se le da un tratamiento muy original a un verboso personaje llamado, fatalmente, Nehemias. La mayoría de los cuentos que reúne Vicente Echerri en “HISTORIAS DE LA OTRA REVOLUCION” concluyen de manera sentenciosa. Se abre y cierra el eje narrativo. Se hace una pausa y, cuando todo parece haber concluido viene el puntillazo, el “descabello”, como se dice en tauromaquia. Una oración corta que fulmina la inercia. Eso hay que verlo. EMILIO ICHIKAWA MORIN- Homestead, agosto-2000. |
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