El canon literario en Don Quijote.
Hay en la novela cervantina un capítulo que muestra la construcción de un canon literario. El escritor exhibe un montaje
que conoce bien; es decir, lo “deconstruye” valiéndose de lo impúdico.
Cervantes, que no era ingenuo en la elección de público y mercado, trajina ese mecanismo mediante el cual se dicta la
lectura preferente de unos libros sobre otros, que es lo que llamamos canon literario. Se trata del Capítulo VI de la
Primera Parte de Don Quijote titulado “Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de
nuestro ingenioso hidalgo.”
El título del pasaje no puede ser más revelador: todo canon, antes de someterse a sanción, necesita pasar un
escrutinio. Si ese chequeo literario lo hacen un cura y un barbero, como en este caso, y no un profesor o un notario,
como quizás debiera ser, eso no importa; más que una iluminación o revelación espiritual, el certificador del canon
literario lo que necesita es una investidura, la representatividad de algún poder o institución (una iglesia, una
universidad, un ejército, un banco, un periódico) que prestigie socialmente los documentos “ungidos”.
El sujeto canonizador, en tanto individuo, no importa; sus virtudes corporales y mentales son solo la forma externa a
través de la cual se refiere una autoridad superior.
Cervantes, quien es el verdadero “ingenioso”, es además culto; un gran conocedor de la literatura de su tiempo y del
linaje que hereda. En el capítulo referido maneja nombres, títulos, procede como un riguroso crítico literario; decanta
autores, usa el sarcasmo de forma comprometida y responsable; o sea, se burla para decir positivamente y no para
evadirse. Incluso, como “crítico”, llega a “teorizar” sobre los alcances y naturaleza de la novela de caballería y de la
poesía.
El canon en el Cap. VI discrimina a partir de un material inicial que son las novelas de caballeros andantes; después,
aborda otros géneros, como el poético. Los personajes de este capítulo hacen valoraciones, incluso simples
comentarios (la decisión canónica puede ser muy accidental) desde diferentes perspectivas.
Se hacen al menos tres tipos de lecturas, todas parciales; la crítica aquí es “doxa”, aunque ocasionalmente se logra algo
cercano a la objetividad gracias al conocimiento del material enjuiciado. Existe por demás una implicación profiláctica,
una suerte de diferenciación entre “lectura limpia” y “lectura contaminada” ante la cual no habría que tener inteligencia,
sensibilidad o buen gusto sino, como suele decirse “cuidado”. Se trata del tópico de las “lecturas peligrosas”.
Entonces, tenemos que para establecer el canon (la selección de los libros que se salvan) en el Capítulo VI se lee:
a-Desde el sentido común.
b-Desde la perspectiva judicial.
c-Desde la perspectiva ejecutiva.
Según las normas canónicas del Capítulo VI no deberían entrar en el canon, como regla, los discípulos. El canon es
para los fundadores. Una novela inaugural mala, o regular, tendría más chance que una continuadora. Salvo
excepciones, claro está. Recuérdese que el juicio canónico es sumario y sin apelación.
Como tendencia, en el canon literario tampoco deben entrar traducciones; aunque en algunas muy bien hechas deben
saludarse méritos y, en casos excepcionales (como una que se logró de Ovidio), bien merecen ser guardadas con celo.
Cervantes, su personaje, elogia para el canon momentos de la literatura española que considera por encima de otras
literaturas extranjeras (son sus palabras); por ejemplo, de la italiana. Supone además que para entrar en el canon el
localismo es una suerte de virtud, frente al extravío que conlleva una universalidad forzada.
Pero sucede además que pueden canonizarse libros por razones extra literarias; por ejemplo, por la simpatía “política”
que despierta un autor (el elemento de “literatura nacional” ya puede percibirse aquí), o por estar ligado a él por una
gran amistad. En otro sentido, la exclusión puede venir por tratarse de libros que inciten al mal, por ejemplo, a la
imitación de la locura y otros comportamientos cuestionables.
Pero al final siempre se llega a un acuerdo. No importan las perspectivas: el canon no es una ecuación científica sino un
consenso, un pacto, una complicidad. Quien hace literatura no hace canon literario. Excepto si se llama Cervantes, por
supuesto.