volver
menu
Enrique De Risco: el profesor sí tiene quien le lea.

Siempre fue responsable con su formación intelectual. Cuando en la Universidad de La Habana los talleres de
reflexión historiográfica e ideológica se dilataban hasta los límites de la esterilización, Del Risco resolvió
escaparse a través de la literatura. Ejerció el arte de narrar, incursionó en la novela y logró cuentos
memorables que serían traducidos al inglés, polaco, alemán.

Tiempo después, cuando la literatura cubana se hizo autobiográfica y notarial, cuando al comentario del
suceso del día se le empezó a llamar arte, De Risco se dió cuenta que la salvación estaba en emprender el
camino de vuelta. De esta manera, en búsqueda siempre, matriculó un doctorado en Literatura en New York
University, donde también enseña el idioma español.

En el cruce de estos caminos germina su obra, que registra por igual una exégesis original de la historia, el
ensayo audaz, la leyenda, una conferencia ardua y una tesis según rituales. Enrique Del Risco es un prolífico
escritor ajeno al marasmo que sucede a los encargos, o al tedio que acompaña al premio o la adulación. Su
imaginación está a salvo, vive de lealtades e inquisiciones sinceras.

Hoy nos entrega un nuevo libro. Se trata de una recopilación de artículos humorísticos escritos en el último año
bajo el título El comandante ya tiene quien le escriba (Ediciones Universal, USA, 2003), una suerte de
prolegómeno epistemológico a toda risa futura. Es un libro alegre, como el autor. En su escritura no hay un
instante de tregua, los hallazgos se suceden incansablemente mezclando el chantaje a la lógica situacional y
las más variadas técnicas de escritura. A diferencia de otros autores del momento, el humor de Del Risco no es
solo “de final”. Es decir, no se limita a preparar un guión cuyo clímax es apenas un pretexto para un cierre
insólito, sino que va desplegando lo absurdo a cada paso, en cada posibilidad que le permite la escritura.

Hay hallazgos formales y depurada técnica en esta escritura. En cuanto a lo que alcanza, baste decir que la
obra de Del Risco es comprensible en los marcos de eso que alguna vez se llamó “deconstrucción”. Su humor
reduce el mito revolucionario mezcando los recursos disponibles para el caso: la comedia y, a través de ella, el
manejo de cinco elementos adicionales:

1-Una racionalidad contundente.
2-Una formalidad lógica que conduce a la exposición persuasiva.
3-Manejo de un material fáctico de primera mano.
4-Experiencia vital en primera persona de los temas que aborda.
5-Sentido común.

En resumen, Del Risco escribe acerca de lo que sabe, y se ríe de lo que comprende y de lo que ha vivido, que
es una manera (también veremos que incompleta) de reírse de uno mismo.  

Como Enrisco no da muchas entrevistas, su alter ego, Del Risco, incorpora un “Prólogo” al libro que trata de
funcionar como poética. En él nos aclara, con toda la parcialidad que suponen los lances autobiográficos, de
qué va su literarura. El volumen titulado El comandante ya tiene quien le escriba es un documento resuelto
(por eso ya algunos le llaman el libro de Atila, o “volumen huno”); en él se combinan, como dice su autor:
política y sentido del humor. Pero el “Prólogo” no es un simple apéndice al resto del libro; está concebido en su
propia lógica. Igual que el resto de las páginas, nos soprende por la agudeza de sus observaciones y el
carácter simpático de sus lances a profundidad.

Hay muchas seriedades en el libro; es tambié en alguna medida eso que se llama “libro de tesis”, un ensayo de
pensamiento. Pero Del Risco portula como quien viene de vuelta, sin muchas expectativas utópicas. Por eso le
creo. A decir verdad, solo es utópico, hasta idealista, en lo que se refiere a la concepción misma del humor.

A diferencia de Reinaldo Arenas, quien consigue ponerse profundo a ratos (a veces genialmente profundo:  
por ejemplo, en los “Nuevos pensamientos de Pascal” de El color del verano), el humor de Del Risco es
propositivo todo el tiempo. Lleva algo como de fuente, y nos dice de la realidad más que muchas encuestas y
casi todo el periodismo. El humor de Del Risco no tiene que ver con el tono de Carajicomedia sino con la sorna
burlesca, satisfecha y a veces insolente del Siglo de Oro. Específicamente, con su sobrevivencia barroca.

Hay en el libro observaciones esenciales sobre las formas cubanas de convivir, hallazgos que deberían ser
puntos de partida de investigaciones sociológicas. Miami es, con seguridad, la capital del humor político
cubano; no solo por los proyectos dedicados formalmente al empeño (en la radio, la televisión, el teatro, la
prensa: en el resturant Versailles se puede encontrar, en distribución gratuita, el periódico titulado La política
cómica), sino por su práctica cotidiana constante; en los salones donde se exagera la pasión gastronómica, en
los hogares, en los trabajos. Del Risco además observa, con toda razón, que el foro disidente de mayor
intensidad es “la casa de familia”; en ella, hasta los apólogos menos pudorosos del régimen deben moderar el
ejerccio de la adulación: sus madres no se lo permitirían.

Se disfruta mucho en el libro el ejercicio del género epistolar; la celebración de nuevos héroes; los juicios
acerca de nuestra identidad; las evocaciones históricas. En verdad, estamos ante una suerte de suma grácil
de la cubanidad: todo mezclado.

Hay, no obstante, una incompletitud en eso que podemos llamar la poética del autor. Percibo como una suerte
de sacralización del género humorístico (un tanto contradictoria con su misma perspectiva), que aparece
cuando el artista se convierte en apólogo; cuando decide dejar de reírse y pasar a la defensa explícita del
género. Hay un momento, para decirlo claramente, en que un estilo tan veloz y amable como el de Del Risco se
converite al enemigo fatal: a lo “pesao”.

Esa “pesadez” no distancia a Enrique de Risco de la tradición intelectual cubana, sino que lo sitúa
precisamente en su epicentro. La re-incidencia  en la misma nos enseña que la “pesadez”, es decir la
“gravedad”, es algo de lo que nos será muy difícil librarnos. En el “Prólogo” al libro el autor deja caer este par
de párrafos que pesan tanto como el plomo (no son pedazos sino, como solíamos decir, “chorros de plomo”):
“Ahora debo hacerles una confesión. A veces pienso que el humor puede llegar a ser un instrumento de
elevación espiritual y redención humana”. Y más adelante: “Así que los que andan planeando las construcción
de una Nueva Cuba deben saber que además de jabón y desodorante, necesitaremos mucho humor. Pero no
un humor cualquiera, sino un humor realmente elevado, profundo, filosófico y renovador y no el viejo choteo,
síntoma de muchas de nuestras limitaciones que tanto criticara el pensador Jorge Mañach”.

!Tremendo!: “… que tanto criticara el pensador Jorge Mañach”. Me gustaría que el talento de Del Risco
alcanzara al mismo “profesor en serio”. El docentismo, el desacomodo con la “cubanidad que es”, resulta  uno
de los grandes extravíos de unas élites criollas que durante más de dos siglos se la han pasado regañando a
la gente de isla. Después de tanta felicidad, cuando uno lee estas gravedades, no tiene más remedio que
exclamar: !Tú también hijo mío!.

Pero bueno, nadie está definitivamente libre de lo kitsch en el ejercicio de la escritura. Como diría Vicente
Echerri, las “viejitas del idioma” están ahí para manipularlas, no para temerles. Y esto me lo digo yo mismo
también. Por demás dice una amiga, graduada de varias universidades de América y los Estados Unidos y
portadora de un título muy importante en estos asuntos (“Nosoycubana.com”), que esas amonestaciones Del
Risco las hizo a propósito, para reírse aún más. Si es así, pues felicidades. Es una dicha para nuestra
literatura la aparición de El comandante ya tiene quien le escriba, otro fruto en una carrera intelectual que ya
nada puede contener.

Del Risco, Enrique. El comandante ya tiene quien le escriba. Ediciones Universal, USA, 2003.
184 pp.
ISBN: 1-59388-003-0.

Emilio Ichikawa.
Queens-2004.