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A propósito de César y sus “Recent works”

No fue en casa de María Antonia donde conocí a César Beltrán, sino en la del poeta  Néstor Díaz de Villegas,
en la Pequeña Habana. Allí se comentaban las últimas noticias de la isla y los proyectos de emancipación
nacional a través del arte que tiene cada habitante de Miami. Podría dar alguna dirección concreta , pero el
mismo César Beltrán dice que no, que lo importante es el propio concepto de “casa de Néstor”.

El trabajo de Beltrán se concibe en el contexto de una estricta individualidad, que es la manera en que para
el mundo civil del artista se puede rescatar la vieja categoría estética de la “soledad”. Una soledad
desublimada, mas poblada de significado por tres    complicidades urbanas: La Habana, México y Miami.

La Habana de César es la saga biográfica, “el encarne”; México es, según ha dicho, el  encuentro con lo otro,
un otro que incluye la realidad alienada por la propaganda, y la propia Habana escamoteada por recuerdos
intencionados y por formas únicas de vivir que durante medio siglo enseñó la Nueva Escuela a la Nueva Raza.

Pero tampoco se entiende la obra de César sin reparar en su regocijo con la cultura de la “yuma”, en la que se
siente a gusto desde que descubrió en Santo Suárez una sabia sentencia de Milán Kundera: “la vida está en
otra parte”. El imaginario anglosajón, sonoro y pictórico, puede seguirse en la composición de sus cuadros. El
barroco pragmático, esa acumulación de todo y solo aquello que resulta funcional; los trabajos de César están
atiborrados de eficiencia, plenos de posibilidad, no aceptan una sustracción más.

Su biografía artística pudiera ser también reconstruida según esa fórmula: César ha sido un creador que,
sucesivamente, ha dejado de ir perteneciendo; la suya es una historia que supone una avalancha de exilios.

Esa acumulación de infidelidades, por otra parte, le ha permitido ir arribando a quereres más definitivos, como
su familia y su taller situado en un no-lugar, en el primer town que su madurez le ha permitido reconocer:
Florida City. El color de la ciudad cede ahora ante la profundidad del pueblo; el madero vertical de la cruz
reivindica el derecho a poseer el cuerpo.

La imposibilidad de formar en Miami grupos de creación durables, o la dificultad para lograr afiliaciones
estéticas sostenidas (para no hablar de simples amistades), conduce a los artistas a una forzada
postmodernidad. Los talleres, los grupos, la misma bohemia decimonónica cede ante las definiciones del
individuo frente al  mercado. Se trata de un proceso interesante: la creación de “belleza” deja de ser solo una
profesión y se convierte en un gesto biológico, en un acto desesperado de sobrevivencia. El artista florece con
la misma intención que la rosa: para reproducirse, para convertir al admirador en víctima.   

Antes de llegar a esta puerta de los Cayos de la Florida que conducen a la Milla Cero, César disfrutó el mundo
que corría bajo los ademanes profesionales de la plástica cubana. Observó y disfrutó lo que esa cultura
ofrecía: sus principales virtudes y sus pecados extremos, que hoy asoman en algunos de los desafíos que
comprometen la obra del artista. Por momentos los lienzos de César cautivan al espectador a través de la
irritación; y este responde con agradecimiento, otras con amable violencia.

César trabaja con símbolos sacros de la modernidad, específicamente con una iconografía que ha servido
para consolidar el sentimiento nacional que soporta a los estados. Por muy noble e ingenuo que pueda ser el
manejo de esos símbolos, el propio hecho de atreverse a trabajar con ellos alarma al espectador;
específicamente si es un espectador habituado a los mensajes estereotipados.

La muestra “Recent works” confirma la línea de trabajo presentada en “The Centennial” hace un año. Se trató
aquella vez de una exhibición muy polémica donde los argumentos, la mayoría de las veces, rebasaron el
ámbito de lo artístico.

Respecto a las polémicas provocadas por “The Centennial”, el escritor Alfredo Triff había reconocido tras
algunas posiciones un problema de superficialidad interpretativa; estimulado por el uso mixto que hace
Beltrán de símbolos visibles de la “cubanidad” y la “norteamericanidad” según los códigos gráficos del pop-art.
Es curioso que ya el crítico de arte Willian Navarrete haya dicho que probablemente Beltrán sea el único
artista pop cubano en activo.

La gráfica revolucionaria, como es sabido, ha usado hasta la saciedad, muchas veces con éxito, los
instrumentos clásicos del pop-art desde los años 60. Es precisamente la saturación de esa oferta simbólica de
cubanidad para legitimar un gobierno lo que ha generado en una parte del público una especie de fobia
simbólica que no permite captar sutilezas en los mensajes, sino que parte del rechazo directo a la misma
representación.

A pesar de esa dificultad, y sabiendo que entrará en una relación agonística con una parte de sus
espectadores, Beltrán insiste en la utilización de esos mismos códigos para lograr una subversión radical de la
intención con que originariamente pudieron ser utilizados por la propaganda política.

En “Recent works” regresan personajes conocidos de nuestra historia: José Martí, Fulgencio Batista, Teodoro
Roosevelt; con la consabida problematicidad que para muchos tendrá la simple afirmación de que este
político y militar norteamericano, de hecho, forme parte de eso que llamamos nuestra historia.

Hay cuadros muy llamativos en esta muestra. Dos ellos coexisten en una curiosa tensión: “Big Mouth”, que es
un llamado a la sensualidad y “Cuba en chino”. El primero habla de un ofrecimiento en rojo; pero no un rojo
sacrificial sino uno que invoca los placeres y las ganas. Es el gozo que se ubica más allá del principio del
placer, como diría Freud, y más allá del principio de la historia, como alguna vez ha soñado cualquier cubano
agotado por tanta política. “La maldita circunstancia de la política por todas partes”, reclama un Virgilio
apócrifo.

“Cuba en chino”, en el otro extremo, incorpora el humor y la “viveza” (que no “vividura”) a todos los conceptos
anteriores. ¿Por qué Cuba en chino?. Bueno, quizás porque la china es una cultura que ha marcado nuestra
historia; o porque algunos creen que el futuro cubano será chino(apertura económica y apretura política); o
porque a uno de los Castro le dicen el chino; o porque hay que tener paciencia, o comer con palitos o, como
presumen los más pesimistas, porque Cuba tiene un chino “atrá” y que, tal y como van las cosas, será
agotador el trabajo incluso para el médico chino.

Emilio Ichikawa.
Florida City. Mayo, 2003.