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Carlos Ardavín: el nombre de “cuerpo”.

                            
                          
   Ven aquí, tú, tierno corazón dubitativo,
                             que no has encontrado todavía lugar
                             adecuado…
                                    (Ralph Waldo Emerson).


Una obra de Joyce titulada Portrait of the Artist As a Young Man fue traducida y hasta divulgada en español como Retrato
de un artista adolescente. A veces, como “del” artista adolescente. La versión localiza demasiado el mensaje; en todo
caso, se trata a la “juventud” o la “adolescencia” como atributo de un algo particular, sin advertir que en la novela del
escritor irlandés la cualidad de tener una “edad” (o una “era”) podría ser la principal protagonista, la condición del arte.

Quizás sería mejor traducir Retrato del artista como adolescente, o como “hombre joven”, o como “niño”, para seguir la
ruta poyética de Schiller y Emerson.

En sus Cartas sobre la eduación estética del hombre Schiller se refería al artista como un genio, y le adjudicaba
atributos que son excelencias de la niñez; entre ellos, una poderosa capacidad de “jugar”, además de la ingenuidad. Por
su parte Emerson, particularmente en su trabajo The Method of Nature, le daba rango artístico a la niñez al considerar
que era portadora de la esperanza; una dimensión sensitiva que  a su vez hace posible la poesía.

Yo creo que cuando el escritor Carlos X. Ardavín (NY-1967) decide dar el “opus” a un grupo de poemas escritos entre los
años 1987 y 1998, y los compila con el título de Aprendiz de poeta (Edit. Imago Mundi, Puerto Rico, 2001), está afincando
en la niñez del oficio (“aprendiz”) la posibilidad de la poesía toda. No veo esa decisión como un ardid de modestia, una
excusa autoprotectora, sino como una resignación laboriosa. Me atrevería a evocar el título de Joyce de esta manera:
Retrato del artista como eterno aprendiz. Es algo que confirma a Chaplin: “Todos somos aprendices: no hay tiempo para
más” (dijo “aficionados”, pero vale igual).

El aprendiz, el artista en la niñez, en la niña poesía, funda la patria perdida por el creador adulto. El jardín. El tiempo de
aprender es una utopía revertida. Emerson hará del niño el rabino y el fariseo, el inocente y el culpable, el maestro y el
aprendiz: un hallazgo a medio camino entre Threnody y Domestic Life.

Poema a poema se sigue la pista de un sentimiento auténticamente romántico; duele a amor perdido, a desconcierto.
Creo que estos son, sin duda alguna, versos románticos casi arquetípicos:

“Has dejado rastros de amor en mi piel
que dudo puedan borrar otros besos”

Hay “otros versos” que se aferran a un “evento absoluto”, a un instante con índole de eternidad. Una parada, una nube de
Azorín convertida en experiencia descomunal. Azorín: uno de los pocos escritores que cultiva  Ardavín en su libro; amén
de complicidades martianas y sones de Neruda.

“Son sencillos mis versos”, dice el poeta al poeta de “Versos sencillos”. Y llama Neruda repetidas veces “Puedo olvidar
tus besos insomnes”/ “En noches como esta pronuncio tu nombre” (?la tuvo entre sus brazos?, ?se contenta su alma
con haberla perdido?)/En noches como esta la recuerdo”.

Hay una palabra fundamental en Aprendiz de poeta; una palabra-concepto: “cuerpo”. Cuerpo es una “palabra-cuerpo”;
una palabra que se puede cortar, que sangra. No es el cuerpo de alguien: es la propia palabra la que engendra y pierde
la vida. Y hay también palabras engarce que conectan la pérdida y reclamación romántica y se repiten a lo largo de todo
el libro: boca-labios-sonrisa. Toda la constelación oral avanza en la poesía de Ardavín, y algunas veces se transforma en
rosa, luz, caricia, estrella; golondrinas, oscuras sobre todo. Palabras de otro rango las complementan: flor (que no es la
rosa, no es la rosa, no es la rosa), estación (que no es otoño), alma (que es y no es la suya), y se mezclan en estos
versos que hacen música al visitarse entre sí. He probado leer algunos poemas de Ardavín en voz muy alta, en un tono
que no respeta la discresión del sentimiento que acosa al poeta.

En estos versos sencillos parace haber un dolor complejo; una vivencia de bosque, una impaciencia de ciudad. Carlos
Ardavín sigue atado al cuerpo, “su” cuerpo que derrama néctar, que enciende boca, que acepta lebreles, que suspira,
que no da tregua. El poeta brilla en su clase, asombra el salón y permanence atado dentro de un cuerpo-cárcel que
desde hace siglos hizo  declarar la guerra al cantor y arrullar la lira al soldado.

Más que una verdad, poeta enamorado, te deseo que obtengas tu victoria. Tu Victoria. Puede ser tuya: sigue el rastro de
la fijeza y prende su boca en tu mirada.

Ardavín, Carlos. Aprendiz de poeta. Editora Imago Mundi. P. Rico, 2001.
ISBN: 99934-69-00-9
90 pp.

Emilio Ichikawa.
Marzo-2005.