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Carlos Alberto Montaner: primera mano.

En un estudio crítico sobre Carlos Alberto Montaner titulado Montaner y el informe “secreto” (La narrativa de C. A.
Montaner, Planeta/Universidad, 1978-Gastón Fernández Editor) el escritor colombiano Germán Arciniegas
constataba la existencia de una versatilidad expresiva en el autor que le obstaculizaba el afiliarlo a gremio. En esa
carrera literaria son destacables, sin embargo, dos momentos importantes:

1-Un punto de resolución, que exteriormente pudiera indicar rectificación o reacomodo,  donde el escritor opta con
énfasis por una “escritura de tesis” en detrimento de la ficción. Más seguros en la continuidad, nos parece que es el
instante en que el pensador vence al artista y se da una inversión de grados: si antes de este punto la sagacidad
analítica emergía como destello (en la sentencia, la analogía inesperada, la referencia culta, etc) en medio del
argumento encantador, después de ese límite es la prosa elegante, el sentido del humor o el “pensamiento narrativo” lo
que hay que admirar como “aparición” en el contexto general de la escritura inteligente.

Ese viraje se da hacia mediados de los años `70s, con la publicación del libro de ensayos Informe secreto sobre la
revolución cubana (1976), al que sigue, en el mismo año, otro volumen de igual género titulado 200 años de gringos
(1976).

Empeñado en descifrar este vértigo, postula Arciniegas en su referido estudio:  “Surge como un novedoso novelista
cubano, y a poco sus libros van perdiendo cuanto parezca ficción para convertirse en una descarnada denuncia de la
más patente realidad. El Informe secreto sobre la revolución cubana debe tomarse como el libro que aclara sus
llamadas novelas. Quizá él se vio frente a la materia que podría servir a la mejor de sus novelas.” (op. cit. p. 247) Lo
interesante de ese “material” es que, siendo efectivamente real, resultaba en sí mismo “…más una novela desatada que
un capítulo de historia contemporánea”. (ibid)

2-El otro punto importante en esta trayectoria es, por supuesto, el comienzo mismo: la publicación inaugural, en 1968,
del libro de relatos Pocker de brujas, que tiene su segunda edición en español en 1978 (Editorial Magisterio Español,
Madrid).

Es precisamente Pocker de brujas, el cuento que da título al volumen, y quien lo abre, uno de los más sobresalientes.
Sin renunciar a referir a Ortega y a Volta, o de “infiltrar” alguna definición aguda (como la de “artesano”, en la p.31 según
la edición de 1978), Montaner alcanza aquí un cuento con todos los ingredientes del género. La historia de cuatro
mujeres, cuatro brujas fascinantes, nos hace leer con desconcierto y tratar de adivinar, en vano, un final que después
resulta necesario. Un párrafo de este cuento da Monterroso, y un estiramiento de su trama daría Donoso. O lo que se
quiera, porque todo está como insinuado y ya leído al momento de emprender esta escritura.

Hay también, a veces, como una reminiscencia de “costumbrismo” criollo; puede percibirse en un cuento
paradójicamente titulado La cólera de Otelo. Modestias narrativas que representan un cumplido al lector, un acuse de
decencia o la fidelidad a un linaje cultural.

Otro excelente relato del libro es Centauro, las historia de los siameses Toc y Boc, donde al autor alcanza momentos de
finísimo humor, ingenio teológico (“Los siameses surgen cuando la Naturaleza se pone a jugar a la mitología”) y una
escritura elegante, además de pletórica de imaginación. Una bien llevada historia de una amistad, que es resuelta con
insólita mezcla de amor y semisuicidio. Así mismo.

Por demás, el relato llamado La pesadilla de la señora Verde se cuela subrepticiamente en la actualidad al barajar (se
trata de un pocker) un punto relativo a la “Eutanasia”; y nos sorpende con uno de los mejores instantes poéticos del libro
al considerar a las mariposas como “celestinas de la Naturaleza” (sustantivo que Montaner suele escribir siempre en
mayúscula).

Pero Pocker de brujas contiene además una antropología desperdigada en observaciones sentenciosas y refranes que
emergerán, ya desplegados, en otros libros del autor. Se trata de “conclusiones de inicio” que marcarán la coherencia
cosmovisiva de quien es, sin dudas, uno de nuestros más sobresalientes intelectuales. Solo su arte oral, tribunicio,
debe ser remitido a este corpus para poseer una definición realmente aglutinante de la obra.

Emilio Ichikawa.
Abril-2005.