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| Carlos Cárdenas: el buen crédito del arte. “No le debe nada a nadie”: predicar esto de un artista, de un pintor; de un pintor situado en el vórtice de un país que se cree epicentro de la historia; de una historia que converge en cada uno de sus súbditos y les sigue en el campo, en la capital, en el exilio, en cualquier rincón o camino del mundo, es casi una exageración. Sin embargo es lo que casi todo el mundo opina de Carlos Cárdenas, uno de los artistas más renombrados en La Habana de los últimos años; un artista que aunque trata de mantenerse en los límites de una discreción forzada, visita casi todos los recuerdos, se recuerda en casi todas las visitas: “?Y viste a Carlos Cárdenas?”, pregunta la gente cada vez que uno ha vuelto de New Jersey o New York. “Oye, ?sabes algo de Carlitos?”, se oficia en cada comunicación telefónica con La Habana. En su libro El hombre y lo divino María Zambrano calificaba a la “envidia” como “un mal sagrado”; la envidia tiene, en el Jardín de la Reina en Aranjuez, una extraordinaria estatua que, según reza una inscripción, fue “ejecutada” en tiempos de Franco. La envidia no se puede entender sino ligada a otros “eventos” de la comunicación, como el rumor, el chisme, la delación. No es broma, ni es levedad, ni ignorancia, ni ridiculez: en la Cuba de nuestra emergencia no es el agua, es la delación la maldita circunstancia que nos rodea por todas partes. Y es también una maldición en el exilio, en Miami es una maldición también: informan sobre la gente cuando se abre una emisora, cuando se reúne una antología, cuando se prepara un Congreso o condimenta un cerdo. En Cuba, en lo cubano, delata todo el mundo: el profesor, el miliciano, el Obispo, el pelotero… en esa Cuba impúdica, en lo impúdico cubano, cada cual debe alguna. Y uno recuerda entonces con admiración la sentencia: “Carlitos no le debe nada a nadie”. Esa razón forma también parte de los argumentos que explican la soledad del pintor. La escalera por donde asciende al tercer piso es gris; se duele en cada pisada mientras advierte que está húmeda. Sube por ella, casi avanza entre cada uno de los retrocesos que le impone la utopía botánica. Adán y Eva, Epicuro, pioneros insertados por Senel Paz en un tiempo cargado de mariposas; todos danzan con Carlos-Carlitos en el inefable jardín. Hieronimus Bosco, el pintor cuyos detalles justifican cada uno de los cuadros colgados en Daytona Beach; muy lejos de la imaginería de Carlos esos bichitos que juegan en el retablo del primer piso de El Padro; muy lejos el Bosco de la pintura de Carlos y sin embargo… Muy importante. Carlos es muy importante. Es el primero que saca el modernismo para la calle. Inventó un mensaje a la vez irónico, polí- tico, intelectual y jodedor. Tiene una capacidad de trabajo de las más grandes que he conocido. Es de los buenos en el “estilo guajiro de la Escuela Nacional de Arte” (ENA); como otros dos: Finalé, “la mano que pinta”; y Villalobos, “la barba que pinta”. Eran bárbaros trabajando esa gente. Mira que trabajaban. Máquinas de pintar. Carlitos también. César Beltrán. Su itinerario: Las Villas, La Habana, México, Miami, New York, New Jersey. En Miami estuvo nueve meses. Se gestó en Miami y fue a nacer a “la poma”, manzana en catalán y ciertos latines. “La poma”, La Habana, la manzana, Nueva York, New York. El artista ya no recuerda el día que apareció por esta rivera del Hudson: el río que agasaja con dicha intermitente. Asegura que llegó en mil novecientos… Por esta cuenta nació después de exiliarse. Como casi todo el mundo. Es lo que puede aprenderse en un texto exiliar (exílico-exilic-exciting-exitoso-ex) desplegado entre Bauta y Temuco: “Situado fuera de los límites del espacio cartográfico, se recrea un lugar interno, donde su mente es su casa y su memoria el territorio que traza líneas y contornos en un mapa invisible”. El artista, que calla más que conversa suele, a veces, tejer confesiones: “Me gusta más la idea del peregrinaje que la del exilio”; e hinca un trozo de pollo recordando el salmón de un previsible restautrant latino de Union City. Me imagino que hayas conocido bien a Carlos y solo te puedo elogiar su trabajo, que fue de lo más interesante, chocante, a la vez atractivo e inteligentemente subversivo, que gestó el mítico movi- miento de las artes plásticas cubano-habanero de los años `80. Gustavo Acosta. Dice el pintor; quien más que habla, gesta: “No es política, no, pero yo siempre me las arreglé para decir lo que tenía que decir”. Tiene algo de encontrador, de genio cierto. A veces contenido. Y aunque su ego rige, lo tiene a raya. Gobernado, atajado el ego que sostiene y pierde. Esclaviza la vanidad, no la obedece, en la más productiva de las dialécticas del espíritu. “?Sabes que no faltas de ninguna antología de pintura que se factura en la isla?”. Y se ríe. “?Sabes además que, como te decía que decía la gente, te fuiste limpio, sin deber una?”. Vuelve a sonreir. Un hombre se levanta temprano en la mañana, se pone la camisa y sale a caminar por la cintura cósmica de Bergen Line en busca de un express coffee. Se vuelve a reír; alcanza una carcajada pues ha entendido la contraseña. Carlos Cárdenas posee una visión hermética y soñadora a la vez. Organiza el espacio de la obra de una forma infantil, in- genua, muy personal, sencilla, con una sabiduría muy natural. Es un pintor con un lenguaje muy personal entre el “arte out- sider” y “el mundo adulto-infantil”. Carlos es un visionario. Pedro Vizcaino. La ciudad frente a la gran ciudad le mira pintar. Llega la tarde y siembra los pinceles. Deja endurecer las mezclas hasta el punto de la inutilidad. Ahora decide pasear y recoger telas. Y trapos ilusos que él convierte en arte cuando los incrusta junto a la cruz de otro arte. “Puede haber arte en lo que sea. Ahora yo camino, recojo telas abandonadas y las monto adecuadamenete. Y ya eso es arte”. Recuerdo ahora a Bretón y la ingenua pregunta de uno de sus fieles: “Entonces, ?cualquiera puede ser artista?”. Recuerdo también la respuesta niveladora: “No, hay que saber doblar por la esquina adecuada”. A Carlos yo lo entiendo mejor cuando pinta que cuando habla. El es tremendo artista. Detrás de una cartulina de Carlos hay mu- cha filosofía. De Carlos Cárdenas… ?qué te puedo decir?, él es un señor artista. Fernando García. La tela es la tela es la tela. Tu trapo equivocado es tu trapo es tu trapo. Yo creo más en Gertrude Stein que en mí mismo. “Yo soy a veces como si soy ella”. Sí, soy ella. Y el artista va entonces por las calles: Park Avenue, Bergenline, 5ta. Ave, Boulevard East y teje una obra bajo sus pasos. Le pone un poco de aceite al tejido. El mismo aceite de comer que marca unas maderas. Y le sale, de no querer pintar, de nuevo el arte nuevo. En este segundo le brota el genio de una convicción más que de una técnica. Y se ve la tierra germinar en una azotea con flores, y un lago a los pies de la casa, y el mar disciplinándose en río para batir el dique que mediocriza. Carlos Cárdenas era un alumno errante que venía a clases cuando le daba la gana. Con su timidez obtusa y retadora de guajro de Cabaiguán, Manicaragua, Cumanayagua (o donde quiera que sea que haya nacido el ilustre), me presentaba en clases unos dibujos maravillosos que copia- ban a Paul Klee con total descaro. Con su absoluta falta de verbo o articulación apenas podía explicarme por qué pintaba “eso”. En esa época en el ISA la explicación lo era todo; y me temo que yo tengo una culpa muy grande por haber puesto esa moda de moda… Cada vez que venía a la cúpula agotaba rápidamente mi paciencia y me sacaba totalmente de quicio… Y de pronto !boom! Carlos se reveló como uno de los artistas más bri- llantes, provocadores e influyentes de su generación. Yo sí tengo una lección duradera de él; como ser anárquico, “rebencúo”, y a la vez totalmente sofisticado y exquisito… Flavio Garciandía. Y cuando la nieve hace imprescindible el girón vengativo, cuando el hombre que perdió su casa edifica con los hilos del paseo el casi calor que un flyer vestal le pone al cuerpo, el artista funda imágenes en servilletas y humedece de perfiles cada labio de gente. Por ahí merodea Joseph Roth, periódico en mano. El periódico: noticia, hedredón y calendario; hasta reloj de errantes diría. Y el pasar y el asombro y el grito y el crerrar todas las bocas por aburrimiento. Pero él insiste y tizna las nubes con sus manos; aparecen frescos en el cielo, convencidos, los bocetos flamencos una vez disimulados posan. Carlos Cárdenas es un tipo sensible y respetuoso con el arte. Lleva aden- tro la sensibilidad de lo simple, de lo sencillo. Tiene que ver con el sen- timiento, con la finura. Esas acuarelas que tenemos expuestas ahí, él su- po captar enseguida de qué se trataba, lo que la artista puso en la obra. Jesús Rivera. Después llega la fiesta. Con la lluvia no se muere sino que se exalta la discreta galería de Duchamp y en agujas perfectas se precipitan anténticos cardenales, de a tres por cinco, sobre los tejados. Ya de tarde, las ráfagas barnizan los finales poniendo aire donde debiera ir la eternidad. Lo efímero, vivido con ansias de infinitud, es más durable que lo eterno. Dice el juglar que quiso ser novelista a la piedra que tratan de convertir en mito. Durante el mito, llega una voz definitiva; la palabra en la huerta. La relación que yo tengo con Carlos es tierna, es de familia. Yo lo protejo y él trata de protegerme a mí. Es más de familia que artística. Aunque también es artística porque nos admiramos mutuamente. Es como en Cuba, sigue más o menos como en Cuba. Yo como soy, tú sabes, y él en su timidez. Arturo Cuenca. “A mí lo que más me gusta en el mundo es el batido de mamey. Pero el tomate y la habichuela, sobre todo si es verde palmasoriano, también son buenos. Y me gusta New York, aunque me decepcione a veces”. Amanece. El artista llega a un edificio de ladrillos rojos que le guardarán unas horas. Insiste: “Sobre todo con aceite de oliva; el mismo que le pongo al paño para que me de la sensación de tierra fértil. Hay que saber encontrar la tela adecuada. Es sabroso el batido de mamey”. Y entonces cierra los ojos. Descansa. Conozco lo que dejó cuando se fué. Lo que más me interesó en él fue lo formal; yo no lo veo tanto como un subversivo en lo político sino como un virtuoso. Recuerdo sus cuadros en Bellas Artes; el tipo deja- ba el dibujo hecho con lápiz; era otra nueva forma, y eso me gustaba. No pintaba lo que dibujaba. Lo dejaba así. Armando Tejuca. Una paloma llega a la ventana y juega con harina de maíz. Ella cubre cartulinas con un ocre imaginario y el día se fija en apresuradas notas. En efecto, el batido de mamey es la esperanza del mundo. Y nada más. Llega el momento de pintar con la voz del silencio. Nada más después del cariño indiscutible de una amiga que le deja en fuego (fuego sin tono, lástima de escritura) la danza fiel de cada salamandra: Carlitos es de los artistas más sinceros que yo conozco con su obra. El es su obra. Yo siempre lo invito y él no viene. Pero yo siempre lo invito; queremos que venga porque él es de la gente que da, me gusta su compañía. Uno lo necesita. Es muy sincero. Carlitos es muy muy es- pecial. La que ha dicho lo que ha dicho es Lourdes Porrata. Algo que agregar, aseguran sus amigos, solo podrían hacerlo Glexis Novoa y Segundo Planes. Uno en Miami, otro en Monterrey; ambos marcados por ese signo laborioso que les llega desde la legión oficiosa. Hasta el encuentro futuro, lo que ha dicho la que ha dicho, es suficiente para colmar el ahora. Emilio Ichikawa. Union City-Homestead. Sept. 2004. |
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