Arte y disidencia.*

Cualquiera diría que en el título de estas palabras sobra la conjunción “y”, que si se dice “arte” ya se supone
el ejercicio de cierta inconformidad, de una contestación  a la forma dominante: una disidencia. Se trata, como
suele decirse hoy, de una “verdad contrafáctica”: puede ser cierto, incluso cuando no suceda. En lugares
donde la política controla el resto de la sociedad, se hace también arte para afirmar lo afirmado, un arte que
suma poder al demasiado poder. Se hace apología. Pero este arte tiene otro arte que se le opone, uno que
recrea la realidad que la propaganda estetizada obvia. Un arte que no solo denuncia sino que además se
asombra y hasta se burla de las pretensiones salvíficas de un poder inclemente. El cinismo y la falsedad se
devuelve en colores y trazos que por momentos alcanzan la insólita elocuencia de una sublimación de la
desgracia. Este arte cuestiona la lógica totaliaria en todos sus niveles rectificando así al propio Lord Alcton: el
poder no tiene que llegar a ser absoluto para corromper absolutamente.

Parejo con la disención del arte corre la del artista. Detrás de las obras que el público puede ahora obsevar
hay personas ubicadas en un límite riesgoso. Una franja ética en que el ejercicio de una libertad posible
empieza a pisar, casi sin pretenderlo, el terreno de la heroicidad.

*Palabras para una Exposición de Arte Cubano. Washington, 2004.

Emilio Ichikawa.
Abril-2004.
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