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Wendy Guerra
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     Wendy Guerra: la amistad tiene cordones azules.

                                                                            ¡Kate murió con cordones rojos!.
                                                            

El encarne. Encarne es “incorporación”. Meterse. Traspasar la frontera. Perder el contén, la contención. Hacerse
cuerpo en el cuerpo del otro. Invadir. Infectar. La envidia es una suerte de encarnación malsana; lo es, aunque este
veredicto simplifique la ambigua definición de María Zambrano en El hombre y lo divino: “La envidia es un mal
sagrado”.

Conocí a Wendy Guerra gracias a la sagrada maldad, a la envidia, que una profesora le tenía a su poemario Cabeza
rapada; también a su risa, a sus tejidos (es decir, sus “trapos”) y otras índoles. Hacia 1991 La Habana conoció una
falta de delicadeza tan grande, que me atrevo a decir que el 11 de septiembre de ese año, día en que se sublimó la
chambonería criolla, Wendy era la única persona que insistía en rociar poemas con sándalo y pasear vestida de
negro-sastre con un paraguas de espada. Un “as”, por supuesto.

De Cabeza rapada se decía que contenía versos frívolos; que era un cuaderno coqueto, empeñado en seducir todo el
tiempo. La profesora había hecho un descubrimiento, pero le holgaba.

Versos frívolos, en efecto, que captan la otra dimensión de lo histórico: la heroicidad gélida. Palabras que certifican lo
esencial humano; revelaciones que se dan en la sala de la casa, no en el cuartel; en el labio, no en el puño; en el
horno, no en la trinchera.

En toda la poesía épica de la revolución no existe un verso más aglutinador de lo esencial humano que este de
Sigfredo Ariel (otra estrella de la selecta constelación poética a la que pertenece Wendy Guerra): “Comer solo da
tristeza”.

Tras la arbitrariedad docente encontré a Cabeza rapada, y después encontré a Wendy Guerra, que es una expresión
cabal de su poesía. Sin toda esa coreografía de achaques, risas, padecimientos, alergias, vanidades, quereres y
lealtades, ni hay Wendy ni hay, en consecuencia, poesía.

Por eso le ofrecí un día su Elogio de la frivolidad, por eso invoco a Anais Nin antes de leerla, o incluso mirarla. Y por
eso admiro nuestro respeto y nuestra distancia. La amistad de Wendy exige también una porción de
excepcionalidad. De tragedia. La nuestra es acaso la constante despedida, las rutas elusivas trazadas con intención,
la fértil ausencia.

Y la convergencia inevitable en un manojo de amigos y, en especial, en esa lujosa estación donde se nos vara una
admiración compartida; ese puerto llamado Ernán López Nussa y que es, sin discusión, un arribo a la decencia.

En gongorinas condiciones de “forasteridad”, la amistad carece de tiempo. De ahí la importancia de esta reunión
virtual













Y todo esto se hace amiga Wendy para prometerte que, aún sin tiempo, en cualquier lugar que esté, ya sea en
Japón, en Miami, en Manhattan o en Chile, nunca voy a olvidar que el mar tiene el mismo color que los cordones de
tus sueños. Azul.

Emilio Ichikawa.
Marzo-2005.
LEJANA COMO CUBA*

Desabrigada y ajena entre las palmas.
En diatriba con las cosas más simples.
Incomprensible y sola, mil veces sola, en medio de ese mar de
gente ahogándose de ganas.
Lejana y obstinada como ella, con ganas de correr a que la
abraces
desnuda y apartada.
De espaldas a tu ausencia.
Recobrándote en el paraíso de tu lino blanco.
Bandera blanca mi amor, bandera blanca.
Corriendo para no chocar contigo y tropezarte en el mapa de
tus ojos, de mi cuerpo.
Lejana como Cuba. Sin concilio.
Entre las olas que me hacen pequeña y argentada
Con el viento en contra a toda vela, resistida a llorar.
Buscando el nombramiento de un testigo, un peregrino, un
soberano.
Una criatura en mi interior que se defiende.
Lejana como Cuba.
Isla libre vertida entre tus piernas.
Cernida en los milagros que no esperas.
El ultimo reducto de la ausencia.
Lejana como ella. Aproximándose a tu salvación.
Breve al norte voluptuosa al sur.
Dormida sin tu nombre. Perseguida.
Con la brújula al polo y las alas atentas a tus pies.
Esperando por ti. Con todos mis arraigos de tierra y luz.
Sin esa lagrima que te duele y te despide.
Aquí me tienes.
Lejana como Cuba.
ROPA INTERIOR*

Dejamos sobre las duchas de los hombres nuestros cuerpos
bien amarrados a la tubería solar.
Marcamos territorio como animales en celo
con las trusas saturadas de arena y el olor sideral que los aísla.
En los baños quedan restos del sexo que les hicimos ayer,
agua de flores y velas de vainilla derramada.
Lágrimas rotas en el encaje profano de la madrugada.
He perdido mis aretes disueltos en el jabón de una lujuria breve
y las cremas señor untan tus sábanas, como veneno de diosas
argentadas.
Mira como arrebatamos la libertad de sus mentes.
Abrimos la culpa en el paraguas dilatado de la tarde.
Regresamos con sus hijos ocultándole el verdadero apellido
de sus genes.
En ropa interior leemos nuestras páginas persiguiendo sólo su
deseo,
cada línea de arroz es un gemido.
Puedo esconderme en mis sombreros, sin ser descubierta…
¿Adivinan?
Un sayo y un escudo que esquive los golpes del amor.
Hay algo más debajo del sombrero, te lo juro.
Armo el rompecabezas de las palabras sobre la cama,
un plano blanco para patinar desnudos, ropa interior negra, sin
dolor.
y aunque lo diga todo, no llega transparente a tus sentidos.
No lo entiendes. Tendrías que aprender a desnudarme.
Dejamos la antropología de un asentamiento grave,
un asentamiento cercano a esta cultura débil, sexo fuerte,
inseguro, desterrado.
Leo  las líneas que subraya el editor pero no fumo,
no alivio mi ansiedad…y ya no puedo olvidar lo que he vivido.
Tu baño aún conserva mis pociones, mis esencias, mi estela,
mi estampida,
guardo un tren, un alcatraz, una libélula
y la foto de espaldas que me hicieron dormida.
No soy encaje, ni concha ni malvada,
no es sólo lo que ves, porque me he ido.
Mis ideas son más que las espaldas profundas que ves en el
museo.
Soy mi texto y lo que trato de ocultar en el peligro de la
supervivencia,
ropa interior en frasco de otro baño. Otra humedad, mucho frío.
Los abrigos no existen, se regalan a otra mujer que fui en el
ritual ajeno.
no hay nieve en el país y aunque rompa a llorar eternamente,
Solo en ropa  interior logro salvarme.
Dejo mis textos en tu casa pero hay más,
más frívolo y profundo, más pagano. Escribo en los espejos y te
encuentras
nadando en este olvido de artificio…
Tus ojos curioseando en la cartera,
buceando en el pasado como un niño. Sólo ves:
las fotos de la infancia con mi madre.
Poemas extraídos de: Ropa Interior
En el film 21 grams (A.González Iñárritu-2003) una madre llora la muerte
de sus dos hijas y su esposo, atropellados y abandonados por el
agresivo conductor  Jack Jordan (Benicio del Toro). Le duele con énfasis
la muerte de Kate, a quien no pudo ayudar en vida a cumplir su sueño
fundamental: amarrar sus zapatos con cordones azules.

La negligencia, la “falta de tiempo”, a veces truncan la participación en
la hechura de la felicidad del amigo, del hermano o la hermana, del
vecino, la hija: “Odiaba los cordones rojos. Y no hacía más que pedirme
cordones azules, pero nunca le compré cordones azules. Llevaba esos
jodidos cordones rojos cuando la mataron”.