Humberto Calzada
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     Humberto Calzada: conservatismo e innovación.

Cierta vez dediqué energías a estudiar el ensayo, la poesía y alguna pieza oratoria de un notable intelectual
cubano de la República (1902-1959). Había protagonizado dos acciones espectaculares en los años `50:
un asalto armado contra un cuartel militar y un descubrimiento de Dios. Uno de sus desencientes me
confesó que ese vigía, hombre de gran fe, le había dicho antes de morir: "Estoy a punto de irme, y me
intriga el viaje porque no sé lo que hay del otro lado". Algo así.

Yo también estaba en pensamientos acerca "del otro lado" cuando conocí a Humberto Calzada. Me
soprendía que la mayoría de las personas que yo admiraba habían muerto a una edad menor de la que
entonces tenía. Ni hablemos ahora. Calzada colaboró en que aparecieran otro tipo de cotejos en mi
referente; algo más apegado al color, a otras líneas a la vez firmes y amables, innovadoras y estables: una
alquimia semejante a la que el propio Humberto Calzada mezclaba en su vida y su pintura.

De modo que el arte de Calzada me viene en un concepto de la existencia, en una estrategia de ser gente
donde la decencia aparece surcada por la alegría. Para Calzada es arte el gesto, el trato, la amistad. Todo
trato: desde la reverencia al insulto, desde la misa al desayuno diario en el Moulin Rouge.

El es más Lessing, que Loyola. Y más que Ravelais, de nuevo Lessing.

Solemos decir que la pintura de Humberto Calzada es metafísica. Quizás, porque sus espacios y
edificaciones transmiten permanencia; porque la soledad, o la presencia discreta, tiene que ver con aquella
forma tan austera en que los ontólogos pre-platónicos se representaban el mundo. No sé.

Ah, la metafísica...

En un pasaje de la novela De dónde son los cantantes, de Severo Sarduy, un personaje dice: "Metafísicas
estamos y es que no comemos". La metafísica es abstención, renuncia: es el uso de la hambre como
recurso intelectual.

En sus lienzos, Humberto Calzada ha vaciado a sus casas de gentes, a sus sombras de cuerpos, a su
silencio de músicas. Puede que por eso sea, en efecto, metafísica su pintura: es pulcra, abstemia y
genera apetito.

Pero pudiera haber una razón más simple. Resulta que uno de los pintores que más ha estudiado Calzada
es De Chirico; ha trabajado sobre algunos de sus cuadros permutándole códigos y significaciones. Lo ha
hecho, por ejemplo, con "La melancolía de la partida", donde las dimensiones de "la espera" y "el regreso"
(junto a esta de "la partida"), que De Chirico asocia al ferrocarril, son vinculadas al avión.

Partida, espera, regreso: los tres performances fundamentales del viaje, que en español se suele significar
además como "destino". De la nave al tren, del tren al auto, del auto al avión: en esos aparatos viaja
aquello que de cualquier manera vamos a Ser: Ser  en el viaje y Ser en la casa: Metafísica y Ontología:
Arte puro.

Como De Chirico está en Calzada, y a De Chirico se le ha dicho que trabaja una "Metaphysical painting",
pues... ¡bingo! Y hay mucha razón en esta jugada.

Cuando De Chirico regresa a Italia en 1915 provoca un sobresalto por la tan extraña relación que propone
entre la figuración y los espacios vacíos; es decir, por lograr la innovación dentro de rígidos parámetros de
la tradición. De Chirico, dijo Edita Broglio en la órbita de Valori Plastici, tenía un sentido innato de la
geometría. Calzada también.

De Chirico, al igual que Calzada, pudo inspirarse en esa "vigorosa certeza de vacío" que embriaga a los
países jóvenes: el uno, en una Italia unificada que marchaba al fascismo, el otro, en una Cuba exiliada que
había resultado de un duelo entre la admiración y la venganza.

Islas y Penínsulas en su arrebato. Aviones y trenes listos para estallar en cualquier sitio. Con nosotros
dentro.

Emilio Ichikawa.