Arturo Cuenca
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  Arturo Cuenca: el colapso del discurso.

                     
                                        “Artaud pertenecerá al suelo de nuestro idioma, y no a su ruptura…”
                                                                                                                                    M. F.


No puedo decir que el genio esté inconforme con el lugar que ocupa en el mundo, con el orden. Mas bien el genio
es una criatura que tiene la obligación de permanecer ajeno al lugar, al sitio que le asignan. Antes que Schiller
estuviera subyugado por Goethe, pensaba en la genialidad como una gracia, una unción. El genio “juega”. Y
como criatura moderna no “juega a que juega”: sencillamente juega.

Hay dos caminos, interrogativos ambos, que marcan el ocaso de la genialidad:

1-¿Por qué he venido a tener yo menos de lo que debo tener?. Un adiós cargado de resentimiento.

2-¿Por qué me ha sido dado más de lo que merezco?. La fuga a través de la gratitud.  

Pero quizás Schiller se haya equivocado y la genialidad sea como una visitación, una fase, una “posesión”.
Porfirio aseguró que había visto a Plotino iluminado un par de veces; yo quiero confesar que he podido ver a
Arturo Cuenca en trances totales de genialidad; en lúcidos arrobamientos.

Cuando Arturo Cuenca discurre sobre temas del tiempo y de la vida, que él insiste en amasar con andamiaje
político, suele ser profundo, insistentemente brillante y siempre original. En ese orden la calidad de su discurso.

Pero cuando habla de arte, entonces, no quiero decir que habla; usa palabras, es cierto, pero se trata de otra
cosa. Es como si “montara” en lógica y sensibilidad. Cuando Cuenca habla de arte es genial, y también generoso
y tierno.

Las palabras de Arturo Cuenca son constitutivas: están incrustadas al cuerpo de una forma más neurótica que
esquizoide. No hay zanjaduras en su “obra”, es un organismo autofágico que se fuga de cada regreso.

Es él mismo un estado de la cultura. Capta los tiempos, expresa los riesgos de la ciudad global con una
confianza vestal; es en este tópico un Maestro insólito: enseña retando. Cuando halaga parece que regaña. Cree
en los elogios cuando asegura que están desnivelados; y todas críticas le parecen inaceptables; quizás por
insuficientes. No es intolerante: es extolerante.

A veces se multiplica como el artista en el artista. Descubre una imagen. Y uno cree que debe haber una imagen
de cuando descubre esa imagen. Y activa la Mac, y comenta que activa la Mac. Y sentimos que es un desperdicio
no registrar todo esto.

Las verdades de Cuenca suelen tenerse en un espacio neutral; se  reconocen oblicuamente porque son
revelaciones demasiado paralizantes para los afanes promedio. Son palabras que no se pueden anular; pero se
anudan para administrarlas a gusto. Y hacen bien: los procesos en Cuenca con actos que se suceden de forma
vertiginosa alejados de los estiramientos que pasan.

Arturo Cuenca es riesgo, temblor, momento y “memento”, eventualidad absoluta: es “lo acontecido”, “lo que
sucede”: la singularidad convertida en fundamento, un pretexto para lo narrable. Es un “algo” temido por la
Ilustración. Esa institución dedicada a poner límites, tiene en él una elusividad desnuda.

Existen varios tipos de discursos:

1-Las palabras fútiles que se hilvanan sin sentido; un sonar por sonar. Dicen que son los discursos
pronunciados por los “insensatos”.

2-Las palabras desacralizadoras que se posicionan escandalizando las creencias de los comunes. Son los
discursos de gente furiosa.

3-Las palabras que implican significados necesarios, “desobadores”, fértiles. Así creo que hablan ciertos
blasfemos, “libertinos”, gente de singularidad radical.

Arturo Cuenca es la ruptura que conseguirá convertirse en el cimiento de una buena estación; un fundamento
donde apoyar evocaciones y obras.

Por ahí anda, tuerce nucas por donde las miradas enfocan muros. El, pleno de hallazgos, aún no se ha hecho las
fatales preguntas.

Emilio Ichikawa.
Enero-2005.


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Fog-Defog (LampBuilding), 2003.
Oil and acrylic on digital print on canvas.
Ship-Smoke-Wing, 1993.
Acrylic on canvas with object (installation)