| Armando Tejuca s o b r e e l a r t i s t a |
volver menu |
||||
Armando Tejuca: con un mínimo de gestos. Me gustaría decir que esas imágenes danzando sobre los tejados le hacen honor a su nombre. O que el vértigo de alados y faldas como hélices evocan al Chagall de siempre. Me gustaría decirlo y lo digo, con este rodeo que manifiesta el pudor ante el lugar común. Las caras de los seres de Tejuca se inflan como demostrados Boteros. Sus músicos se amplifican de soplar trompetas y saxophones; y después se adelgazan de bailes y de aventuras, como Grecos apócrifos. El pintor, como tantos de su generación, huye de lo que en La Habana, en New York y en Miami llaman “lo ochentoso”; es decir, del desvelo ideológico, de la retórica sobre el arte, de la conversación que corre el peligro de ser considerada apología: “La única justificación que tiene el artista es su arte”, dicen los demiurgos postideologicos agotados de suspicacias. Algunos incluso rebajan su cuerpo oral como certificando una identidad anti-intelectualista: “Me gusta esa pincha tuya”, puede decir un artista cuando se sorprende admirando un hallazgo de un cómplice de gremio. La cómoda palabra desmarca, hace la distancia que, de paso, sugiere que la virtud del artista atiende también a naturaleza y no solo a historia, a Ilustración. El artista exiliado debe dejar claro que el es El. Y nada de circunstancias. Tejuca, sin embargo, es un pintor que piensa con originalidad y orden; además, escribe con estilo. Puede lanzarse a analogizar una experiencia utópica tras los desmanes de un huracán en el Caribe ingles; o puede manejar un mínimo gesto de identidad a partir del rito vestal alrededor de un chorrito de café. El mismo ha sido en enciclopedista de su obra, su máximo curador: quijotes, circus, músicos, musas… todo envuelto en la estera del que encanta y el que vende. Dios y manzana, templo y mercaderes; el gesto intelectual de un artista que tiene ansias, y además contención. Emilio Ichikawa. Dic. 2004. |
|||||
| "Coexistence" |
